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Cuando el arte y la religión conversan

La iglesia San Francisco de Asís, hoy en reforma, abrirá sus puertas durante la Bienal de Arte para alojar dos instalaciones

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21 de noviembre de 2012 a las 19:37

La iglesia San Francisco de Asís está inundada. Pero esta vez, no es por el agua que se escurrió por sus añejados techos actualmente en reforma, sino por una mezcla de aromas que incluyen canela, clavo de olor y nuez moscada, entre otras especias.
Una imagen de la virgen María contempla desde lo alto y parece escuchar atentamente los intensos sonidos que provienen de la instalación acústica Pastores, del artista brasileño Paulo Vivacua.

Su obra consiste en ocho barras de hierro cubiertas por mantas de algodón y ocho canales de audio instalados en diferentes puntos del templo. Cada una de las piezas expresa una voz y el conjunto genera una polifonía que alterna los sonidos de vientos y el silencio, que sumergen al espectador en un estado de calma, parecido al de quien se deja seducir por un discurso religioso.

El aroma que envuelve la iglesia y que le aporta un perfil aun más místico, proviene de la obra Campo de color, de la artista boliviana Soña Falcone, que alude al potencial comunicativo de las especias. Ayer por la mañana dos asistentes trabajaban intensamente en ellas. Y es que la emblemática iglesia de la Ciudad Vieja, ubicada en la esquina de Cerrito y Solís, desde mañana será uno de los espacios de exposición de la Bienal de Montevideo El gran Sur, y promete generar un interesante diálogo con las dos obras de arte contemporáneo que están alojadas allí.

La iglesia fue construida entre 1870 y 1880, pero su historia se remonta a los orígenes mismos de Montevideo. Entre las piezas que se encuentran en ella está la gran cruz ante la cual rezaba Artigas en su niñez. Esta última pertenecía a la capilla de los franciscanos que estaba en la misma manzana, y que se derrumbó a mediados del siglo XIX.

La iglesia San Francisco de Asís, entre otras razones, es conocida por su enorme cripta, que comenzó a ser utilizada a fines del siglo XIX, y por ser poseedora del órgano más antiguo que hay en Uruguay (1886). Este yace ahora señorial y en silencio por encima de la obra de Falcone.

Quizá por ello, ingresar en estos días a la iglesia resulta un viaje onírico, en donde en forma simultánea se pueden escuchar las voces del pasado y del presente, y de la identidad local y de los extranjeros que exponen en la bienal de arte.

“La cultura y la fe son dos cosas que no tienen que oponerse, sino que, por el contrario, se requieren, se respetan y, si bien se distinguen, no necesariamente tienen que separarse”, dijo a El Observador el párroco de la iglesia, Néstor Falco.
El cura, que está a la cabeza de la reestructura de la iglesia y que incluso fue el mentor de un centro cultural que se proyecta en el propio edificio, se mostró entusiasta por la utilización del espacio en la bienal.

“Puede ser un llamador para que otros inversores también se interesen por nuestra reestructura y que lleguen nuevos fondos”, afirmó.
Según contó, la cesión del espacio fue “sin ningún tipo de condiciones artísticas”. De hecho, hasta el momento, ni siquiera había visto las dos instalaciones en construcción. “Confío en el criterio de los curadores. Ellos se van a saber ubicar en qué lugar están trabajando”, argumentó.

Al menos en lo que respecta a la elección de los lugares de exposición, Uruguay estará en sintonía con otras bienales que ofrecieron un interesante diálogo entre los espacios de exposición y las obras de los artistas.

“Todas las bienales suelen trabajar con espacios específicos y muchas veces inéditos, como almacenes de puerto (Porto Alegre), mansiones de los barones del mate (Curitiba), una exescuela judaica (Berlín), una exfábrica de azúcar (Lyon) o el Milenar Arsenale en la Bienal de Venecia, la fábrica más antigua de Europa”, dijo el curador de la bienal, Alfons Hug.
Por eso, una vez que el Banco República (BROU) les ofreció a los organizadores de El gran Sur trabajar en las cuatro sedes no lo dudaron. “Son exactamente estos espacios poco convencionales los que hacen la diferencia entre una bienal y un museo”, opinó Hug.

Así, con una bóveda de 40 metros de alto, la sede central del BROU le resultó ideal para la distribución de grandes esculturas, instalaciones y pinturas, en tanto el edificio anexo, que es un lugar más oscuro y lleno de nichos, le pareció más idóneo para el despliegue de las videoinstalaciones que se proyectan en forma simultánea.

Sin duda, otro de los diálogos que será interesante apreciar, será el que se produzca en el Apostadero Naval, una de las construcciones más antiguas de Montevideo, en donde el colectivo Alonso-Craciun pondrá a interactuar las múltiples facetas que tuvo el lugar (astillero, conventillo y, mucho más recientemente, Museo del Descubrimiento), a través de videos, documentos y encuentros que incluyen arquitectos, pescadores y artistas.

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