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Después del fuego, el Club de Golf del Cerro intenta recuperarse

Sin dinero y con dificultades para salir adelante, la institución perdió su edificio principal, que no estaba asegurado

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16 de julio de 2018 a las 05:00

El humo todavía sale de las cenizas mojadas y esparcidas en el suelo. Las dos chimeneas de ladrillo y una tercera de piedra de las estufas a leña son lo único que queda en pie del salón principal y la oficina de secretaría. En el piso, retazos de documentos del BPS se mezclan con las maderas quemadas. Más allá, el vestuario masculino mantiene sus tres hileras de casilleros todavía en pie y con los candados enganchados, pero totalmente negros. El verde del parque que rodea el edificio contrasta con el negro de los escombros quemados.

Richard Delgado (42) todavía no logra asimilar lo que pasó. "Es como si se quemara mi segunda casa", dice a El Observador este hombre, vigilante del lugar, mientras mira una pared que hasta el sábado de noche era el vestuario femenino del Club del Golf del Cerro. En la madrugada del domingo la sede de esa institución ardió en llamas y esa área fue la que quedó en mejor estado; el fuego logró llegar hasta la puerta pero no pudo ir más allá. De todas formas, la estructura quedó dañada y las rajaduras se ven desde lejos. "Todo esto lo van a tener que derrumbar", piensa Richard.

El Club de Golf del Cerro tiene 130 socios y una escuela para niños del barrio

Su padre trabajaba como caddie en el Club del Golf y desde los nueve años recorre las 50 hectáreas de campos y los 18 hoyos detrás de los jugadores. Tras su infancia heredó el oficio de su padre, aunque desde hace varios años se desempeña como guardia en el turno de la mañana. El domingo se enteró de lo que había ocurrido sobre la 1.30, cuando su compañero lo llamó para avisarle. "¿Qué iba a hacer a esa hora?", se pregunta sin esperar una respuesta. Cuando llegó a las 8 de la mañana, horario en que comienza su labor, los Bomberos todavía trabajaban en el lugar y vio como de aquel gran salón no quedaban más que escombros y olor a quemado.

El fuego comenzó sobre la medianoche y rápidamente se propagó por todo el edificio, en su mayoría de madera. Bomberos de la unidad de Belvedere llegaron al lugar, en la cima del Cerro de Montevideo, y sobre media mañana lograron reducir el fuego por completo. Del salón principal, la oficina, el vestuario masculino y la cocina quedó solo el recuerdo de las mejores épocas del club. Y eso fue hace ya muchas décadas.

CLUB DE GOLF INCENDIADO
D. Battiste
D. Battiste


"Esos palos deben tener más de 70 años", señala Richard parado sobre las cenizas. En el depósito del subsuelo, entre las maderas quemadas, decenas de equipos de golf que socios guardaban en el club quedaron inutilizables. "Todo eso era de madera", señala hacia la pared como si todavía pudiera ver el salón principal en su esplendor. "La mayoría de los recuerdos a uno le quedan en el corazón", dice y sale pisando las cenizas que echan humo y tratando de evitar los clavos.

En el campo, con el Río de la Plata de fondo, dos hombres juegan al golf como si ese aire blanco que sale desde el piso a 100 metros de donde están no existiera. El sentimiento que intentan transmitir los directivos del club es de optimismo y de que la vida continúa. "Ahora voy a salir a jugar al golf", dice a El Observador el tesorero del club, Alejandro Chertkoff, con las manos en los bolsillos y un gesto casi de resignación.

"Esto sigue" es lo que quiere decir con las palabras pero sus gestos lo contradicen. Su equipamiento para jugar, que estaba en la sede, también se transformó en polvo.

"La escuelita Chimont mañana va a trabajar como todos los días", destaca el directivo, y agrega que los equipos que utilizan quedaron en otro depósito y están intactos. Esa escuela, cuyo nombre deriva de la conjunción de Chicago y Montevideo, se encarga de enseñarle este deporte típicamente catalogado como elitista a niños que lejos están de pertenecer a la clase alta de la ciudad.

El edificio era de 1905 y la instalación eléctrica muy antigua. El precio por asegurarlo superaba las posibilidades del club

Desde hace algunos años el club pasa por un mal momento económico y muchos socios migraron a otros clubes con mejores ofertas, explicó Chertkoff. Cuando en diciembre del año pasado asumió la nueva directiva los afiliados eran 80. Siete meses después la masa social había crecido a 130, habían refaccionado los vestuarios y el entusiasmo era otro. "Había quedado divino", lamenta Richard. Y mira donde hasta hace pocas horas hubo un espejo del vestuario masculino. Además, a través del programa Puerta de Entrada al Golf, en el que había 60 inscritos, el club tenía mayor movimiento y potenciales nuevos socios.

El edificio era de 1905 y las instalaciones eléctricas muy antiguas. Por eso, el precio por asegurar las instalaciones era muy caro y los recursos del club no daban para contratarlo. Nada de lo que se prendió fuego estaba asegurado. Chertkoff cree que el incendio comenzó por una falla eléctrica o por una ceniza de la estufa a leña que puede haber quedado prendida el sábado. La pericia de Bomberos demorará dos o tres días, le informaron.

La mayor pérdida es histórica, dice Richard, y explica que la vida deportiva del club no se ve afectada. Lo importante son los campos, añade, y esa parte no se vio afectada. Tampoco las máquinas que se utilizan para mantener las canchas, porque están guardadas en otro galpón a varios metros de la sede.

Este lunes los socios podrán seguir jugando al golf. Las cenizas siguen echando humo. Después, quién sabe cuándo, volverán a levantar las paredes que, hasta el sábado, guardaban más de 100 años de historia.

Cuna del mejor golfista local

El Club de Golf del Cerro funciona al lado de la fortaleza desde 1905. Su primer nombre fue Chimont, una conjunción de Chicago y Montevideo, por el origen de sus fundadores. Los materiales para la construcción fueron traídos de Estados Unidos y en la antigua casona funcionaba un salón comedor, baños, vestuarios y secretaría. "Los usuarios más frecuentes son diplomáticos, empresarios y profesionales", dice su página web.

Juan Álvarez, el mejor golfista uruguayo de la actualidad, golpeó sus primeras pelotas en esas canchas. Nacido en Casabó e hijo de un caddie de ese club, Álvarez compite en varios de los principales torneos del mundo representando a Uruguay.

Con el apoyo de la Asociación Uruguaya de Golf y el aporte de los socios, en el club funciona la escuelita Chimont que atiende a cerca de 50 niños del barrio, con profesores y alimentación. A los niños se les enseña a jugar al golf y a la vez se mantiene un estricto control de sus estudios.

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