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Ana (65) iba a la iglesia, era creyente. Creía en Dios, creía que tenía que ayudar a los demás, creía que la maldad no era cosa de su entorno, creía que, si ella tenía y otro no, había que compartir. Cuando alguien en Bella Unión precisaba comida iba a su casa o a su almacén, que queda a la vuelta, y le daba. Dejaba la puerta de su casa abierta para recibir a quien lo precise y le cedía parte de su patio al hombre que vende choripanes en la vereda de su casa. También le hizo un lugar para que guardara su medio tanque.

Por ser la esposa del médico del pueblo, Ana también solía anotar los datos y los pedidos de los vecinos que llegaban a ella para una visita de Fito, su esposo, o de alguna receta para levantar medicamentos. Cuando su esposo llegaba, Ana le pedía a Fito que revisara a alguno que había aparecido en su comercio con alguna dolencia o le pasaba los datos que había anotado para hacerles la receta.

Era una mujer en actividad. Tenía el almacén hacía diez años y además gestionaba una empresa de camiones zafrales. No una gran empresa: unos camiones que, en general, pasan rotos y están venidos a menos. Seguía en actividad para ayudar económicamente a sus dos hijas que están en Montevideo estudiando en la facultad.

En la ciudad, que funciona como pueblo, Ana también tenía a tres hermanos más y a varias amigas. Una de sus hermanas, María del Carmen (68), vivía en la casa de Ana. Era discapacitada y "de lo único que hablaba era de Dios".

El viernes 24 de marzo Fito dejó su mate a las doce y media de la noche en su casa, la que compartía con Ana y María del Carmen. Tenía que trasladar en ambulancia a un paciente desde Bella Unión hacia Tacuarembó. Esa fue la última vez que vio y conversó con su esposa y su cuñada.

Entre las dos y las tres de la mañana de esa noche, dos hombres forzaron el portón de la casa y entraron para robarles. Ana los vio, los conocía. Eran dos hombres que hacia 15 días que estaban en Bella Unión, habían llegado desde Paysandú, y ella les había dado comida varias veces. Los había ayudado. Creía que ellos no tenían nada y ella tenía que darles. Los hombres agarraron cuchillos de la cocina y las mataron. A Ana y a María del Carmen. 

—Las maltrataron de todas las formas. Las golpearon, les desfiguraron la cara —cuenta su hermana, Rosa, mientras camina abrazada con Natalia, su prima, por el medio de la calle desde la plaza Varela hasta la plaza principal de Bella Unión, la 25 de Agosto.

—Cuando nos entregaron los cuerpos no podíamos creer tanta maldad con dos mujeres mayores, indefensas totalmente —dice Natalia.

—Le pedían un plato de comida y dejaba el comercio solo y les alcanzaba. Yo le decía "hermanita, pero decí que no tenés". Todos eran buenos para ella. —agrega Rosa.

María Eugenia Scognamiglio Rosa, la hermana de Ana y María del Carmen, en la marcha

A las 17 horas del domingo 26 de marzo, dos días después del doble homicidio, las calles de Bella Unión están completamente silenciosas y vacías. Hay 31 grados, el calor es húmedo y en la ciudad parece como si todos se hayan ido. Las casas y los comercios están cerrados y en la orilla del río Uruguay no hay nadie.

A las 18 horas el profundo silencio de Bella Unión de un domingo de tarde se corta. Lo cortan los aplausos de cientos de personas que marchan por las 12 cuadras que separan a la plaza Varela de la plaza 25 de Agosto. El doble homicidio de Ana y María Del Carmen "fue la gota de rebasó el vaso" para que el pueblo tomara la decisión de movilizarse.

Atrás de Rosa y de Natalia camina un tumulto de gente con carteles. Un grupo va junto, tiene un cartel que pide justicia por Christian. Sus familiares llevan remeras blancas con su cara.

En la plaza 25 de Agosto unas mil personas de la ciudad escuchan a través de un parlante a la madre de Christian, que tiembla, llora y, con la cabeza baja, se apoya del brazo de una acompañante para caminar. Está rota.

—Nunca pensé estar en un lugar así pidiendo justicia por mi hijo —dice la mujer, que se esfuerza para que le salgan las palabras entre sus labios temblorosos— Hoy, inundada de dolor en el alma, llena de culpa, pido justicia por mi hijo. Por este hombre trabajador, de familia, amigo, compañero mío, que su padre me dejó. Hoy quiero pedir que la justicia sea justa. 

María Eugenia Scognamiglio Familiares de Christian, asesinado en la casa de su madre

El 5 de marzo Christian llegó a la casa de su madre sobre las 20 horas, donde además tenía su taller mecánico. Estaban su hijo, de un año y medio, su pareja y un hombre que, según el abogado de la familia, tenía un "vínculo amoroso" con su madre, pero que no era su pareja. En la casa comenzó una discusión entre Christian y el hombre, que era violento con su madre, y ahora también con él: agarró un arma y le disparó. Frente a su hijo de un año y medio y de su pareja. 

Otro homicidio en Bella Unión. El tercero en marzo.

En diciembre aparecieron restos óseos en un viejo vertedero de la ciudad. Todo apuntaba a que eran de Luzmila (21). Karina, su madre, camina hacia la plaza junto a la familia de Ana, de María del Carmen y de Christian, abrazada a un cartel con la foto de la joven y la pregunta "¿Dónde está mi hija?”.

Mientras marcha junto con el resto, dice que todavía no sabe qué le pasó a su hija. Desapareció hace dos años y hasta este domingo pensaba que sus restos eran los que habían aparecido hace tres meses.

María Eugenia Scognamiglio Karina, la madre de Luzmila, marchando

Al llegar a la plaza 25 de Agosto, el punto final de la marcha, Karina le habla a sus vecinos por el altoparlante. Las palabras se le cortan.

—Quiero que me den el ADN de Luzmila, porque me lo dieron de forma oral y no quiero eso. Quiero que me den una seguridad. Aún no encontraron al asesino de mi hija y yo quiero darle un descanso. Yo también quiero descansar (...) queremos que esto llegue allá arriba, para que no vuelva a pasar —dijo Karina a los vecinos.

 El lunes supo que los restos encontrados hace tres meses no eran de Luzmila. Todavía no hay un responsable por el crimen.

El tumulto de gente en la plaza se mantiene fiel al silencio del lugar. No hay gritos, solo aplausos a los familiares que pasan por el círculo central para hablarles.

"Estamos viviendo días muy tristes, hay un montón de familias sufriendo", dijo la tía de Luana (18) cuando pasó al frente a hablar. La familia busca a la chica que está desaparecida desde noviembre. Desde ese entonces no tienen noticias de la adolescente y la familia siente que la policía ya ni siquiera la busca.

—Somos un pueblo chico y estamos sufriendo mucho. Espero que alguien del gobierno vea y nos escuchen. No podemos vivir más así (...) queremos empatía, justicia y respuesta. Y queremos saber dónde está Luana —terminó diciendo entre los aplausos de todos.

Dos desapariciones de jóvenes en Bella Unión.

Infierno grande

La ciñaza con la que mataron a Ana y a María del Carmen, el entorno de violencia intrafamiliar en el que mataron a Christian, la incertidumbre y la espera de las familias por la desaparición de Luana y Luzmila describen el escenario que está viviendo Bella Unión.

El 24 de marzo, el día del homicidio de las hermanas, un hombre iba a cruzar una calle del pueblo y se frenó. El semáforo dio luz verde a un patrullero de policía que lo vio y decidió seguir la marcha. El hombre iba con una mochila y solo un champión puesto. Rengueaba. Venía de la casa de Ana y María del Carmen. Recién las había matado.

—Yo si soy policía paro y le pregunto: “Señor, ¿qué anda haciendo usted? ¿Por qué va con un champión? ¿Qué anda haciendo a esta hora? Muéstreme su cédula”. ¿Y de dónde venía? De la casa de Ana —reprocha Natalia.

El episodio fue confirmado a El Observador por el subjefe de Policía de Artigas, Gabriel Lima. El jerarca consideró que los funcionarios  que se cruzaron con el asesino no cometieron un error al no detenerlo. "Cuando vimos las cámaras pensamos que era una persona renga (...) no quiere decir que a todas las personas que veamos en la vía pública las vamos a parar (...) si tú pasas de noche por Artigas o Bella Unión vas a ver a muchas personas en situación de calle o jóvenes que están consumiendo alguna sustancia de forma legal o tomando bebidas alcohólicas y no salimos y paramos. Eso pudo haber quedado a criterio de los funcionarios que vieron que estaba con un champion solo, a veces se los ve descalzos a los jóvenes (...) no fue un error. Esto no son razias", explicó Lima.

"El problema es la droga" es la respuesta que dan los familiares y vecinos al preguntarles por qué está ocurriendo todo esto en Bella Unión. Pero nadie quiere ahondar demasiado en el tema. Se ríen, de forma irónica, ante la pregunta de si se sabe quiénes son los que la distribuyen. Creen que es una pregunta ingenua, porque dicen que "todo el mundo sabe" dónde están las bocas de drogas, que hay en todos los barrios, que conocen a quienes distribuyen y también a los consumidores. Que todos saben, pero que la policía "hace la vista gorda" y que "mira para el costado".

El intendente de Artigas, Pablo Caram, dijo que "el tema de la droga" en Bella Unión "está muy fuerte" y agregó: "hay varias bandas que se pelean por su espacio. Iba a haber un evento grande de confrontación entre ellos, pero Jefatura aparentemente lo disolvió. Pero, está complicado" y consideró que el trabajo de la policía "es bueno".

El asesino de Christian disparó el arma y se fugó. Tres días después fue imputado con prisión preventiva por 180 días y le encontraron el arma homicida. Pero la familia estima que la pena no va a tener la máxima, de 30 años, y reclaman que se le dé una condena “que acompañe la gravedad del delito", explicó el abogado de la familia Júnior Rodríguez. "Se está fallando en la prevención del delito, porque si bien se logró que esté formalizado y con prisión preventiva, la justicia actuó rápido, pero se está fallando en la prevención", remarcó.

Entre las seis cuadras de gente que marcha hacia la plaza hay familias, adolescentes, hombres, mujeres, un colectivo feminista, todos de distintos barrios de Bella Unión. Aunque los crímenes y las desapariciones se ven desde diferentes puntos de vista según a quién se le pregunte, todos piden lo mismo: que los responsables tengan penas "reales y efectivas" y que el pueblo recupere su tranquilidad.

Mónica, otra hermana de Ana y María del Carmen, considera que el homicidio de sus hermanas "no tiene nada que ver con la violencia de género, de hombre o mujer. Esto fue un robo por dos tipos adictos a la droga. No es una cuestión de género". Sin embargo, la vocera del colectivo feminista remarca en la plaza, frente al pueblo, que "la justicia es por todos" por las mujeres y por Christian. "Que esta gente que viene, que no es de Bella Unión, que la saquen, que la tiren en la ruta, y que acá no entre más nadie", grita y repite: "pido justicia por todos".

La marcha termina al caer la noche en Bella Unión. Las personas se diluyen entre las calles. A la salida del pueblo, en la ruta hundida en la oscuridad, alumbrada solo por las luces del auto, se ven dos vehículos de matrícula brasileña parados en la baquina. Dos hombres buscan algo iluminando con linternas en el medio del campo oscuro. Sin verlos, algunos policías especulan sin miedo al error: lo más probable, dicen, es que estuvieran buscando droga escondida.

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Artigas Doble homicidio

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