14 de octubre de 2023 5:04 hs

Por Alberto Elizalde Leal

El ataque que Hamás lanzó el 7 de octubre a las 6:30 de la mañana desde distintos lugares próximos a la Franja de Gaza contra la población civil y contra personal e instalaciones militares sorprendió a los dispositivos de prevención e inteligencia locales y en forma más amplia a los de países aliados de Israel, como Estados Unidos.

Lo sorpresivo del ataque, su dimensión y ferocidad que rápidamente se cobró centenares de vidas inocentes no deben tomarse sólo como un escalón más en la aplicación sistemática de uno de los credos básicos de Hamas: la negativa a reconocer el derecho a existir del estado de Israel y su necesaria destrucción.

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La violencia desplegada no se agota en la persistencia obsesiva de las tácticas del grupo y sus objetivos últimos. Hunde sus raíces en las complejidades de los últimos 25 años en la relación entre el mundo árabe y palestino con Israel y constituye sin dudas el tiro de gracia al ya agónico sueño de paz y estabilidad que imaginaron Yitzak Rabin y Yasser Arafat hacia mediados de los noventa con la firma de los acuerdos de Oslo en 1993 y 1995.

El reconocimiento del Estado de Israel por parte de la Organización para la Liberación de Palestina acaudillada por Arafat, la aceptación de las resoluciones 242 y 338 de la ONU, y la renuncia al terrorismo y la violencia, la retirada de Israel de Gaza y Jerico, el establecimiento del estatus de Jerusalén y la creación de la Autoridad Palestina y las áreas de control que tendrían las partes firmantes fueron las pautas que debían iniciar el proceso de la “solución de los dos Estados”, el sueño de dos países, dos pueblos, dos religiones, dos culturas, conviviendo pacíficamente.

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Lamentablemente, desde el mismo inicio del proceso, la cultura de la intolerancia, los     fanatismos religiosos y los nacionalismos exacerbados en sectores de ambas partes empañaron rápidamente el progreso del cumplimiento de los acuerdos. En 1994, durante el Ramadan, el mes sagrado del Islam, Baruch Goldstein, un extremista religioso judío, abrió fuego sobre los fieles que oraban en una mezquita, matando a 29 personas e hiriendo a más de 120. Goldstein fue capturado y muerto a golpes por los sobrevivientes.

El mismo año, Hamás, que había sido fundado en 1987 y rechazaba abiertamente la “solución de los dos estados”, inició -en forma coincidente con la firma de los acuerdos de Oslo- una campaña de atentados suicidas con explosivos que hacia 2003 sumaban 113 en los que fueron muertos y heridos centenares de víctimas israelíes, civiles en su gran mayoría. Hacia 2005 cesaron los atentados suicidas para ser reemplazados por el lanzamiento de diversas clases de cohetes desde la Franja de Gaza contra objetivos básicamente militares.

Pero el hecho que marcó con más dramatismo el torrente de pulsiones destructivas que intentaban empujar al abismo el recién iniciado proceso de paz, fue el asesinato de Yitzak Rabin por un fanático religioso llamado Yigal Amir al finalizar un acto en apoyo a los acuerdos de Oslo en Tel Aviv.

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A dos años del asesinato de Rabin, Benjamín Netanyahu asumió como primer ministro con el lema “paz con seguridad” que resultó un eufemismo para designar la conflictiva relación con Arafat durante su mandato, signada por marchas, contramarchas y acuerdos firmados pero no respetados.

En 2.000, bajo el mandato de Ehud Barak, quien sucedió a Netanyahu, Ariel Sharon, el entonces líder del partido Likud encabezó una visita a la Explanada de las mezquitas, lo que fue visto como una provocación por los palestinos y desató fuertes protestas que se transformaron rápidamente en la segunda Intifada o levantamiento general de la población palestina. La primera, conocida como “La guerra de las piedras” había sido en 1987.

El estado insurreccional se prolongó por espacio de cinco años y el resultado arrojó 5.000 palestinos y 1.000 israelíes muertos.

Hacia el final de la Intifada, la relación entre la Autoridad Palestina y Hamás cambió radicalmente a partir de las elecciones legislativas en las que se impuso el grupo extremista, consagrando así su hegemonía sobre la Franja de Gaza relegando a la Autoridad Palestina a la zona de Cisjordania.

Una de las consecuencias del ascenso de Hamás en Gaza y su actividad orientada por el principio de no reconocimiento del Estado de Israel fue el inicio, en 2007 del bloqueo del enclave por parte de las fuerzas militares israelíes, desplegando un férreo control sobre el movimiento de personas, mercancías y vehículos y aislándolo del territorio israelí mediante la construcción de un muro perimetral.

El “encierro” de más de dos millones de palestinos en una superficie de 350 kilómetros cuadrados ha sido considerado negativamente por organismos de derechos humanos y las Naciones Unidas por ser contrario al derecho internacional humanitario. Amnistía Internacional lo ha calificado como un caso de “apartheid”

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Desde 2008 en adelante se suceden los ataques de Hamás con cohetes desde Gaza y ataques individuales contra puestos militares, policías, militares y civiles. Ese año, después de un ataque masivo de cohetes, Israel inicia una ofensiva de tres semanas contra objetivos en Gaza con el resultado de más de 1.000 palestinos y 13 israelíes muertos.

En 2012 Israel logra matar al jefe militar de Hamas, Ahmed Jabari en el marco de un enfrentamiento de más de una semana con intercambio de cohetes palestinos y bombardeos aéreos israelíes. Mueren 150 palestinos y seis israelíes. Dos años después, como respuesta al secuestro y asesinato de tres adolescentes judíos por Hamás en un asentamiento de la Ribera Oeste, Israel lleva adelante una ofensiva de siete semanas en la que mueren 2.200 palestinos.

En 2017, generando una polémica en el mundo árabe y en algunos países occidentales, Israel declara a Jerusalén como capital del país, decisión que es rápidamente reconocida por su aliado Estado Unidos y Donald Trump declara que en breve plazo mudaría su embajada a la nueva capital, desatando olas de indignación entre árabes y palestinos, para quienes Jerusalén debía permanecer con el estatus de ciudad sagrada para las religiones musulmana, cristiana y judía.

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En los últimos años, unos de los focos conflictivos cotidianos que involucran en forma directa a pobladores palestinos con ciudadanos israelíes es el movimiento incesante de colonos que se instalan en tierras de Cisjordania formando asentamientos muchas veces mediante el desplazamiento de palestinos que se ven privados de sus tierras sin perspectivas de poder recuperarlas.

La expansión de los asentamientos de colonos israelíes se realiza a contramano de normas internacionales e incluso de la propia legislación israelí. En 2022, la oenegé Kerem Navot documentó la existencia de 77 colonias agrícolas en Cisjordania (conocidas como “puestos de avanzada”) que cubrían el doble del área construida de asentamientos anteriores en la última década.

Muchas veces, estos nuevos asentamientos cuentan con el apoyo -explícito o de hecho- de las autoridades israelíes. Como es de esperar, esta realidad provoca innumerables roces, enfrentamientos y ataques entre palestinos y colonos que suelen saldarse con víctimas fatales de uno y otro bando, no pocas veces frente a la inacción de las fuerzas militares y de seguridad israelíes.

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El año pasado fue particularmente violento en la región. Una espiral de enfrentamientos y ataques dejó un saldo de 14 israelíes muertos entre marzo y abril. En respuesta, las Fuerzas de Defensa lanzaron la operación “Break the Wave” que hacia fin del año dejó 146 palestinos muertos, la cifra más alta desde que la ONU comenzó a contabilizar las bajas del conflicto en 2005. Israel tuvo 29 muertos en el mismo período. En diciembre, Benjamin Netanyahu asume su sexto mandato como primer ministro y forma su gabinete con varios representantes de la extrema derecha religiosa, conocida por sus posiciones pro ampliación de los asentamientos en Cisjordania y enemiga histórica de la “solución de dos estados” acordada en Oslo.

Netanyahu, que asumió el poder cargando con un juicio pendiente por corrupción, lanzó este año una criticada reforma judicial tendiente a debilitar el poder de la Suprema Corte, aumentar el poder del gobierno en el proceso de nombramiento de los jueces y permitir que los ministros desoigan las opiniones de los asesores legales.

La sociedad israelí respondió con amplias movilizaciones que durante semanas congregaron en las calles no sólo a simples ciudadanos sino a amplios sectores de la reserva y el servicio activo de las Fuerzas de Defensa que incluso amenazaron con no presentarse al servicio en caso de que lo requiriera.

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En enero de este año, en una redada en Jenin, las Fuerzas de Defensa mataron nueves palestinos, lo que fue respondido por un atentado en el que un palestino asesinó siete personas que oraban en una sinagoga en Jerusalén Este. En mayo, en bombardeos de la aviación israelí en Gaza mueren 10 personas, incluidas mujeres y niños. El conteo final de víctimas deja 33 palestinos y dos israelíes muertos. En junio, luego de un ataque con helicópteros sobre Jenin es respondido con el asesinato de cuatro civiles israelíes en el restaurante de un asentamiento en Cisjordania. Luego del atentado, cientos de colonos israelíes arrasan las aldeas palestinas, incendian casas y automóviles y disparan contra los residentes. Israel también lleva a cabo su primer ataque con drones en Cisjordania desde 2006, matando a tres militantes. 

Ante el aumento de la violencia, Estados Unidos declara apoyar el “derecho a la defensa de Israel”, pero pide también moderación a ambas partes en conflicto y critica la política de permitir la expansión de los asentamientos. También insta a retomar la cooperación en materia de seguridad entre el Estado judío y la Autoridad Palestina.

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El 7 de octubre a las 6:30 de la mañana, cuando se cumplían 50 años desde el inicio de la guerra del Yom Kippur, Hamas sorprende a Israel lanzando un ataque sobre poblaciones e instalaciones militares cercanas a la Franja de Gaza por aire, mar y tierra, precedida por el lanzamiento de miles de cohetes sobre territorio israelí. Un número indeterminado, pero no menor a un par de miles de hombres armados se despliegan en vehículos y a pie a través de brechas practicadas con bulldozers en el muro que rodea el enclave. Tiradores a borde de paramotores invaden desde el aire. También desde el mar, en lanchas rápidas, decenas de hombres de Hamas arriban a la playa y se traban en combate con fuerzas israelíes.

Los atacantes marchan hacia las ciudades y kibutz abriendo fuego indiscriminadamente contra la gente que huye aterrada. Irrumpen en casas y edificios y toman como rehenes a hombres, mujeres y niños, arrastrándolos hacia Gaza.

Sólo en el ataque indiscriminado contra jóvenes que asistían a una fiesta electrónica se cuentan 260 muertos. El primer balance provisional de víctimas arroja más de 900 israelíes muertos, más de 2.000 heridos y alrededor de 150 secuestrados. Entre estos últimos hay militares, incluso algunos altos oficiales. Un número indeterminado de extranjeros se cuentan entre los muertos y los secuestrados.

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El 8 de octubre, el Consejo de Seguridad de Israel, encabezado por Benjamin Netanyahu aprueba el estado de guerra en el país que capacita al Ejército a realizar las operaciones militares necesarias contra Hamás, incluso la invasión de la Franja si fuera necesario.

Al momento de la declaración, las tropas israelíes habían logrado retomar el control de las localidades atacadas y continuaban las operaciones de limpieza combinadas con el inicio de bombardeos sobre distintos sectores de Gaza, que por disposición del gobierno israelí fue bloqueada totalmente, cortados los suministros de energía eléctrica y agua y prohibido el ingreso de todo tipo de mercancías.

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El repudio al ataque terrorista contra Israel fue generalizado en el mundo. Estados Unidos, la Unión Europea, la ONU, la mayoría de los países latinoamericanos, el Vaticano, Japón y varios países asiáticos sumaron sus voces en la condena a Hamás y el apoyo a Israel, exigiendo sin condiciones la devolución de los rehenes tomados por Hamás En el mundo árabe, el panorama fue muy distinto. Junto a las esperadas posiciones de Argelia, Cátar, Argelia, Siria e Irán en apoyo a Hamás, la Liga Árabe abogó por detener la escalada del conflicto, poner fin al bloqueo total de la Franja y respetar a la población civil en el marco de su apoyo genérico a la “causa palestina”.

En Latinoamérica, Cuba, Venezuela y algunos dirigentes como Evo Morales apoyaron explícitamente las acciones de Hamás.

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Consecuente con su promesa de apoyar a Israel en forma total, el presidente Biden envía una flota de guerra compuesta por el portaaviones nuclear Gerald Ford y decenas de navíos de apoyo y servicio. Por otra parte, la Casa Blanca informaba que había 22 estadounidenses muertos en el ataque de Hamas y 22 se encontraban desaparecidos.

También ciudadanos de otros países resultaron muertos, heridos o desaparecidos durante los ataques, entre ellos al menos 18 tailandeses heridos, nueve heridos y once secuestrados. Diez nepalíes murieron y cuatro están hospitalizados, mientras que la Cancillería argentina informó de la muerte de siete personas y la desaparición de otras quince. Franceses, rusos y mexicanos cuentan también con muertos y heridos como consecuencia del ataque.

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A partir de la promesa de Netanaahu de “borrar a Gaza de la faz de la Tierra”, de la decisión del bloqueo total al enclave, de la continuidad de los bombardeos sobre el enclave y de la posibilidad de una invasión terrestre con la que se especula por la gran concentración de tropas, vehículos y material pesado en sus inmediaciones, crece la preocupación por la situación humanitaria de miles de civiles cuyas condiciones de vida empeoran hora tras hora. Las últimas cifras provistas por el ministerio de Salud gazatí indican que asciende a 1.537 la cifra de muertos -incluidos 500 niños y 276 mujeres- y a 6.200 la de heridos. Cerca de 200.000 gazatíes ya han tenido que abandonar sus casas y de acuerdo con la última orden de Israel, más de un millón deben desplazarse hacia el Sur del enclave en el término de 24 horas. Según la ONU, que ya había condenado el bloqueo total como contrario al derecho internacional humanitario, la orden de desplazamiento es imposible de cumplir en ese plazo

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En una entrevista concedida a principios de septiembre a la agencia AP, Tamir Pardo, ex jefe de la agencia de inteligencia Mossad, dijo que Israel está imponiendo una forma de apartheid a los palestinos, uniéndose a un número creciente de israelíes prominentes que comparan la ocupación de Cisjordania con el extinto sistema de opresión racial de Sudáfrica.

"Aquí hay un Estado de apartheid", afirmó. "En un territorio donde dos personas son juzgadas según dos sistemas legales, eso es un estado de apartheid".

Pardo se encuentra entre los ex funcionarios de más alto rango que trazan el paralelo que alguna vez fue tabú con la vieja Sudáfrica. El ex fiscal general de Israel, Michael Ben-Yair, dijo el año pasado “que mi país se ha hundido a tal profundidad política y moral que ahora es un régimen de apartheid”.

El 6 de octubre, hora antes de que Hamás desatara un infierno en Israel, el ex jefe del Shin Bet, Ami Ayalon, le dijo al matutino catalán La Vanguardia: “En los años noventa, el acuerdo de Oslo fue aceptado por la gran mayoría de palestinos. Llegaron a convencerse de que con la violencia no lograrían su libertad. Arafat los llevó a renunciar a lo que creen que es el 75% de su tierra. Y día a día, esperaban ver la libertad más de cerca. En cambio, lo que vieron fueron más asentamientos, más colonos, más violencia, más puestos militares”.

Y agregó que “así que dejaron de soñar y empezaron a apoyar el terror. La tragedia de Oriente Medio es que son dos narrativas que chocan. La narrativa palestina es: ‘cedimos nuestro sueño y lo que obtuvimos fue más ocupación’. La narrativa de los israelíes es: ‘les dimos todo y ellos nos respondieron con terror’

(Con información de agencias, medios y organismos internacionales)

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