Espectáculos y Cultura > 1999: UN AÑO CLAVE PARA EL CINE COMERCIAL

El club de la pelea, Matrix o Sexto sentido: las películas que cumplen 20 años en plena vigencia

En 1999 se estrenaron numerosas películas que hoy son consideradas obras de culto

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15 de junio de 2019 a las 05:04

Por Gonzalo Palermo

Si actualmente vivimos la época dorada de la televisión, con muchos de los grandes cineastas produciendo series y el streaming captando la atención de las masas, hace dos décadas pasaba algo similar con el cine comercial en la pantalla grande. La de 1999 fue una cosecha histórica para el mainstream. Pero no fue –como tampoco lo es la actual racha televisiva, que en los años 50 tuvo con The Twilight Zone o The Lone Ranger otra gran explosión creativa– la primera vez que en un solo año se estrenaron muchas películas más tarde consideradas clásicos de culto o prodigios del entretenimiento. Los años terminados en nueve, por alguna razón, suelen traer grandes estrenos, según marca la historia.

Ya había pasado en 1939, con los estrenos sucesivos de La diligencia, Lo que el viento se llevó, Cumbres borrascosas, El mago de Oz, Intermezzo, Ninotchka y Mujeres, indiscutibles clásicos hollywoodenses. La lista incluye a directores como John Ford, William Wyler o Victor Fleming, así como a intérpretes de la talla de John Wayne, Vivien Leigh o Laurence Olivier. Eran tiempos de bonanza económica en los Estados Unidos y los grandes estudios –Paramount, Sony, Universal, Disney, Warner, a los que este año se sumó Netflix– se fortalecían con la por entonces reciente Motion Picture Association of America (en esa época denominada Motion Picture Producers and Distributors Association of America), conglomerado que casi monopolizaba la producción cinematográfica estadounidense. En lo creativo, esto cristalizaba en el modelo de guión clásico a la manera del Viejo Hollywood –que siguen muchos de los títulos anteriormente citados–, un manual de estilo a la vez que un eficaz gancho comercial para el público de la época.

En 1969, con Busco mi destino, de Dennis Hopper; Perdidos en la noche, de John Schlesinger; Baile de ilusiones, de Sydney Pollack; y Butch Cassidy, de George Roy Hill, la industria cinematográfica estadounidense registró otro año –terminado en nueve– de estrenos que quedarían para la posteridad, en aquel caso sintonizando con la efervescencia del momento y escenificando en la pantalla la rebeldía –o ingenuidad– juvenil y los cambios sociales que marcaron la década, especialmente aquel Verano del Amor del 69. Es posible incluso localizar otro foco de genialidad en 1979 –el nueve otra vez– con la generación de Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Steven Spielberg, Brian De Palma y compañía, el Nuevo Hollywood que cambió los esquemas ya vetustos de la industria. Apocalypse Now, de Coppola; Alien, el octavo pasajero, de Ridley Scott; Kramer vs. Kramer, de Robert Benton; y Hair, de Milos Forman, se estrenaron casi en simultáneo. De 1979 son también dos hitos fundacionales de la ciencia ficción cinéfila cuyas secuelas gozan hoy en día de muy buena salud: Mad Max, de George Miller, y Star Trek, de Robert Wise. Por fuera del circuito comercial, en tanto, se estrenaban algunas de las obras más populares de Woody Allen (Manhattan) y los Monty Python (La vida de Brian).

20 años no es nada: por qué 1999 fue un año especial

Matrix fue, en muchos sentidos, una película paradigmática. Estrenada mundialmente el 31 de marzo de 1999 (a Uruguay llegó el 30 de julio del mismo año), cautivó al público con un cine de alta complejidad narrativa envasado de manera visualmente impactante. La película de los Wachowski fue un trending topic quince años antes de que los trending topic fueran trending topic. Matrix fue, además, el punto de convergencia de dos factores determinantes que hicieron de 1999 una de las temporadas más potentes del cine comercial: por un lado, demostró que el riesgo de contar una historia “difícil” podía ir de la mano con el éxito en taquilla –costó 63 millones de dólares y recaudó un total de 463 millones y medio[1]–, y por el otro, se convirtió en el primer megaéxito más allá de las pantallas del cine. En 1999 la industria del DVD cotizaba al alza y las majors empezaban a tomar en cuenta al cine doméstico como un mercado en serio. La versión de Matrix en DVD, lanzada el mismo año, se convirtió en la primera película en ese formato en superar el millón de ventas, y desde entonces lleva 30 millones de copias vendidas[2].

En 1999 el videoclub estaba lejos de ser una especie en peligro de extinción –en ese mundo, no hace tanto, existía algo llamado Blockbuster donde alquilabas una película en formato físico y tenías que ir a devolverla en persona, en tiempo y forma– y Netflix era una rentadora de películas por DVD a la que le faltarían 20 años para convertirse en una de las principales productoras de cine del mundo. 1999 es ese año mágico en el que el DVD es una segunda fuente de ingresos para las grandes productoras, que ya no se juegan el todo por el todo en las salas, justo antes de que convertirse en el caballo de Troya que dará rienda suelta a la piratería. El auge del cine doméstico inyectó fondos a la industria clásica y esto redundó en mejores producciones.

1999 es, sobre todo, el año en el que el indie entra abiertamente en contacto con el mainstream. Esto abrió las puertas a directores jóvenes con ideas innovadoras para los estándares industriales, muchos de ellos provenientes del cine independiente. La lista es demoledora: Magnolia, de Paul Thomas Anderson; Belleza americana, de Sam Mendes; Sexto sentido, de M. Night Shyamalan; Inocencia interrumpida, de James Mangold; El club de la pelea, de David Fincher; ¿Quieres ser John Malkovich?, de Spike Jonze; Las vírgenes suicidas, de Sofía Coppola; La trampa, de Alexander Payne; y Milagros inesperados, de Frank Darabont, se estrenaron en 1999.

Mientras tanto, directores consagrados se apuntaban algunas de sus películas más recordadas: Stanley Kubrick con Ojos bien cerrados, Michael Mann con El informante, George Lucas con Star Wars: Episodio I - La amenaza fantasma y Tim Burton con La leyenda del jinete sin cabeza. Hasta David Lynch estrenaba, con Una historia sencilla, su película más –paradójicamente, por su aparente simpleza– extraña. En el terreno de la animación, se estrenaba la película de South Park, Brad Bird presentaba El gigante de hierro y Pixar hacía lo propio con Toy Story 2. Ese año, también, fue el año en el que El proyecto Blair Witch introdujo el terror de la cámara en mano, un recurso desde entonces usado hasta la exasperación pero que aquella vez lució novedoso y aterrador.

Si el cometido de la generación del 69 fue dejar constancia de los movimientos juveniles y sociales de la época, la del 99 retrató el desencanto de la clase media (Belleza americana, Las vírgenes suicidas) y el vacío que se abría ante un mundo cada vez más tecnológico (El club de la pelea, El gigante de hierro). Los nuevos directores trabajaba temas escabrosos –el suicidio, la violencia, la adicción, la locura, la depresión, el consumismo– y exploraban en lo formal –el bullet time en Matrix, las historias paralelas en Magnolia, las vueltas de tuerca de El club de la pelea y Sexto sentido–, al tiempo que comedias aparentemente ligeras como Diez cosas que odio de ti o Juegos sexuales interrogaban acerca de cómo vivían el fin de siglo los primeros adolescentes de la historia portadores de celulares y usuarios de internet.

Es curioso, a todo esto, que haya sido justamente en 1999 cuando se estrenó en HBO la primera temporada de Los Soprano, serie pionera que prefiguró el actual mapa de la ficción televisiva y marcó el camino por el que más tarde transitarían Breaking Bad, Game of Thrones, Stranger Things o Black Mirror, entre muchas otras producciones de televisión y streaming que parecen haber asumido todos los riesgos creativos que el cine dejó de lado –al menos de momento– en favor de las secuelas, las sagas y las remakes.

 

[2] En base a un informe publicado por Forbes el 10 de noviembre de 2003, realizado por Brett Pulley.

 

 

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