Ver a este Colombia sin James Rodríguez es como escuchar una cumbia triste. Pero no de esas que encuentran su belleza en la melancolía. Es un traje que le va mal a Colombia. Es ver a los coloridos cafeteros vestidos con un overol gris. Esa ropa, que tan bien le va a Uruguay, por ejemplo: la del sacrificio, la lucha y la disciplina táctica, no le queda bien a esos que se hicieron famosos con el toque despreocupado y gol.
En ese viaje de autodescubrimiento a través del sufrimiento, Colombia estuvo a punto de encontrarse. De marcar un página en la historia donde lograra la felicidad desde el dolor, desde el sufrimiento. Desde lo estéticamente feo.
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Pudo ser, si Bacca y Uribe hubiesen anotado sus penales. Pero no ocurrió. Y Colombia recordará el Rusia 2018 como aquel de la expulsión de Carlos Sánchez que le complicó todo el camino, el de la lesión de James que llenó de nubarrones el camino. En el que se puso un traje que no era el suyo, y aunque estuvo a punto de meterse entre los ocho mejores del mundo, se quedó con la duda eterna del "qué hubiese sido sí..."
Ver el 90% del partido fue un suplicio para los hinchas colombianos, o para cualquiera que disfrute del toque cafetero. Fue ver a una selección maniatada, dominada, incapaz de tener la pelota. Con Cuadrado y Juanfer Quintero perdidos, y agigantando la figura del ausente James, ponchado cada dos minutos por la cámara de la tv. James, el corazón, cerebro y titiritero de este equipo, que llegó al Mundial lesionado, que trató de jugar, que se volvió a lesionar, y que vio el último partido vestido de particular.
Colombia no era Colombia. Apelaba a las faltas, a meter el peso, a protestarle a los árbitros. Y así, el expeditivo Inglaterra, el inexpresivo Inglaterra, el fabril Inglaterra, lo controlaba. No tenía talento, pero tenía la fuerza del físico y de la velocidad. De los desbordes y del cabezazo. Y hasta de la viveza sudamericana aprendida, para exagerar algunas faltas colombianas y jugar con un flojísimo árbitro estadounidense Geiger, al que el partido rápidamente se le fue de las manos.
Así, el gol no podía llegar de otra manera que no fuera de la manera que llegó: un agarrón de Carlos La Roca Sánchez a Harry Kane en el área, para el penal que el propio Kane transformó en gol. Gol insípido, gol sin gracia. Gol inglés ante la extraviada Colombia.
La reacción no llegaba por ningún lado. El boxeador herido, groggy. Perdido en un Mundial en que todo fue con fórceps. El industrial Inglaterra estaba más cerca del segundo y de la liquidación que Colombia de un empate para el cual no tenía a James.
Quemó naves, con el overol puesto. Buscó a la desesperada, conciente que no era la noche para jugar. Seguramente no era el Mundial para jugar. Había que pelear, había que forcejear.
Y así llegó el gol. A la uruguaya, si me permite. En el minuto 93, con un cabezazo de Yerry Mina en la última opción posible.
El alargue desarmó a Inglaterra y agrandó a Colombia. Lo lindo del fútbol: una jugada transformó todo. Apareció el toque colombiano, pero no el empalagoso sino uno vertical, que buscó el arco de Pickford y no encontró el gol por poco. Colombia se reivindicaba, aunque en esa nueva sintonía de equipo esforzado y de overol.
Y la gloria pudo ser suya. Si me apura, debió ser suya. Hubiese sido el final más lindo para una historia de redención, de heroísmo, de esas que quedan en la historia de los Mundiales. Con la volada de Ospina para taparle el penal a Henderson cuando estaban 3-3. En cambio, será el de los penales errados de Bacca y Uribe. El de Colombia usando ropas ajenas. El Mundial del "qué hubiese sido si...".
El empate colombiano
El gol inglés