Milongas y Obsesiones > MILONGAS Y OBSESIONES/ MIGUEL ARREGUI

El golpe de Estado de 1973

Una historia del dinero en Uruguay (XXXVI)

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13 de junio de 2018 a las 05:00

Los poco más de cuatro años de Presidencia de Jorge Pacheco Areco, transcurridos entre diciembre de 1967 y febrero de 1972, estuvieron cargados de una abrumadora cantidad de hechos.

Sus años se caracterizaron por cierta recuperación económica, al menos en los tres años iniciales, y por la creciente revuelta estudiantil y sindical, la acción guerrillera y de grupúsculos de extrema derecha, y la sucesión de violencia y muertes.

El presidente mantuvo tormentosas relaciones con el Parlamento y por su gabinete pasaron 46 ministros. También, gracias a sus tendencias autoritarias y a sus gestos de gobernante "firme", adquirió liderazgo político propio, tanto como para intentar, al unísono, una reforma constitucional y su reelección.

El 28 de noviembre de 1971 el Partido Colorado ganó las elecciones nacionales por estrecho margen ante el Partido Nacional. La propuesta reeleccionista de Pacheco Areco, sostenida sólo por él, consiguió 491.680 votos, casi 30% de los emitidos, pero no fueron suficientes. La Presidencia de la República recayó en Juan María Bordaberry, a quien Pacheco había promovido como alternativa si el proyecto reeleccionista fracasaba, que se impuso en la interna colorada a Jorge Batlle y otros candidatos.

Otra vez en caos económico

El 1º de marzo de 1972, cuando asumió Bordaberry, las cosas estaban de nuevo tan mal como en 1967.

El dólar oficial, que permanecía anclado artificiosamente en 250 pesos desde abril de 1968, pasó a valer 495 pesos y el libre rozó los 800. No había un peso en las arcas del Estado, el producto bruto caía y la inflación trepó a 95% a fuerza de billetes nuevos. Si se apretaban los controles de precios, los bienes simplemente desaparecían, pues, razonablemente, nadie estaba dispuesto a producir y vender a pérdida.

El senador nacionalista Dardo Ortiz, quien había sido ministro de Hacienda y entonces militaba en el sector de Wilson Ferreira Aldunate, el 3 de agosto de 1972 dijo en una comisión de la cámara alta: "La verdad es que mucha gente nos viene a consultar preguntándonos en qué pueden invertir. Y uno tiene que callarse la boca para no decirle: Compre dólares". (Citado en Historia institucional del Banco Central del Uruguay, de Julio de Brun, Ariel Banda, Juan Andrés Moraes y Gabriel Oddone).

El viejo Ministerio de Hacienda, que en 1970 pasó a llamarse de Economía y Finanzas, desde 1972 fue liderado por Francisco Forteza (hijo), un hombre de la Lista 15, quien introdujo las "minidevaluaciones": un régimen de ajustes pequeños y constantes del tipo de cambio que perduraría una década.

Entre abril y octubre de 1972 las Fuerzas Armadas y la Policía acabaron con el aparato armado del MLN-Tupamaros y otros grupos guerrilleros menores y detuvieron a unos 1.300 de sus miembros. De inmediato los militares iniciaron un sostenido avance sobre las instituciones democráticas, en una cruzada contra sus bestias negras: el comunismo, la subversión y los políticos corruptos.

La inflación como aliado para no hacer un ajuste

Durante 1972 la inflación ascendente fue utilizada como herramienta de ajuste. En vez de reducir los gastos, o aumentar los ingresos, se licuó el poder adquisitivo real de las pasividades y los salarios de los funcionarios públicos, al diferir los reajustes, lo que permitió cerrar la brecha fiscal.

Las causas de la inflación, que rondaba los tres dígitos, estaban claras. Pero en esa época todavía muchos creían –o fingían creer– que lo fatal no era el sistema, sino la forma en que se aplicaba. Así que se aprobó una "ley de ilícitos económicos" en noviembre de 1972 que fijó largas penas de cárcel para quienes operaran en el mercado paralelo o "negro" de divisas, o para los funcionarios públicos que lo encubrieran. Fue otro paso más en dirección al Infierno burocrático y el desastre económico.

La "ley de ilícitos económicos" se unió al estado de guerra interno, aprobado después de la sangrienta jornada del 14 de abril de 1972, mortal para 13 personas, y a la ley de Seguridad del Estado, del 10 de julio, que daba amplias potestades a los militares y a la justicia militar.

En marzo de 1973 el vicepresidente Jorge Sapelli informó a líderes de la oposición que entre junio y diciembre del año anterior se habían vendido en secreto el 20% de las reservas de oro. El ministro de Economía, Moisés Cohen (quien había sucedido a Forteza a fines de octubre después de que renunciara cuando los militares detuvieron a Jorge Batlle), confirmó la venta y sostuvo que había sido una necesidad inevitable para subsanar atrasos en pagos al exterior, "a fin de impedir la limitación o suspensión de los suministros esenciales".

Al hacer un balance general de los intentos estabilizadores y antiinflacionarios de la década de 1960, desde la reforma cambiaria y monetaria de Juan Eduardo Azzini hasta la "congelación" de 1968, Ramón Díaz escribió en Búsqueda del 23 de diciembre de 1981: "Una sociedad que no cuenta en su personalidad colectiva con la tenacidad requerida para preservar una misma disciplina durante un tiempo apreciable, y se halla propensa por tanto a mudar de política con frecuencia, tenderá a mostrar períodos de recuperación breves y caídas prolongadas y profundas".

El fin del sistema democrático

El producto bruto per cápita de Uruguay era en 1974 básicamente igual al de 1954 (después de haber tocado fondo en 1967). Fue en ese período que economías hasta entonces mucho menos desarrolladas en una comparación per cápita, como las de España, Chile o Brasil, se acercaron o sobrepasaron a la de Uruguay.

El modelo de "desarrollo hacia adentro", con "sustitución de importaciones" y un comercio exterior raquítico, y el estancamiento económico que se extendió por casi dos décadas ayudaron a la destrucción del sistema democrático, del que tanto orgullo se tenía al promediar el siglo. Fue el fin del mito de "la Suiza de América", pues se erró el camino.

No fue la única causa, claro está; pero contribuyó a la falta de oportunidades, los conflictos, la desesperanza, la emigración, la novelería ideológica de izquierda y derecha, la burocratización, la corrupción, el descrédito de gobernantes, parlamentarios y funcionarios, la sublimación de la "guerra fría", la radicalización y la reacción.

Uruguay se desangró por la emigración. Después de haber sido hasta fines del siglo XIX el territorio latinoamericano que recibió más inmigrantes per cápita, en pie de igualdad con Argentina y por encima de Brasil y otras naciones receptoras, desde fines de la década de 1950 el país pasó a expulsar pobladores. Hubo instancias particularmente críticas que promovieron la huida hacia el exterior, como la violencia política en torno a 1970 y el golpe de Estado de 1973, o las crisis económicas de 1982 y 2002. Pero el fenómeno fue firme durante medio siglo.

Entre 1963 y 2004 emigró casi medio millón de uruguayos, según un estudio del Instituto Nacional de Estadística (INE) con base en censos. Incluso en fases de auge económico, como la ocurrida entre 2003 y 2014, continuó el goteo de una emigración selecta, de jóvenes con alta formación, lo que continúa deprimiendo la calificación de la oferta laboral.

Entre las décadas de 1960 y 1970 la violencia se transformó en un recurso político, y las opciones ideológicas extremas debilitaron el centro político. La sangre derramada fue poca en comparación con la que verterían Argentina o Chile, pero enorme para la dimensión psicológica del país.

El golpe de Estado de 1973 no se presentó de sorpresa, como un rayo en un cielo despejado. Se gestó de a poco, y de a poco se fue dando.

Es difícil imaginar hoy la altura que cobró el fanatismo político en esa era. Es cierto que Uruguay había sido un país muy violento durante todo el siglo XIX, pero luego, en la medida que el sistema de tornaba cada vez más democrático, aquella fase bárbara pareció irrepetible.

Entre todos la mataron

Los golpistas siempre necesitan excusas y Uruguay las ofrecía a manos llenas.

La larga decadencia económica terminó por horadar el sistema. El liberalismo, que requiere tolerancia y cierta base material y estabilidad, había pasado de moda. En busca de nuevos dioses, la extrema derecha miró hacia la España franquista o el militarismo brasileño, mientras la extrema izquierda se miraba en el espejo de la Unión Soviética, la revolución cubana o la "revolución cultural" de Mao.

Pese a que esas ideas solo ilusionaban a una parte menor, aunque muy activa de la sociedad, paralizaron al resto.

Cuando Bordaberry intentó frenar el avance de las Fuerzas Armadas sobre las instituciones democráticas, en febrero de 1973, debió enfrentar una sublevación militar en toda regla. Convocó en su auxilio a la gente y a los partidos, pero comprobó su patética soledad. Entonces pactó con los militares y se puso a la cabeza del golpismo. No fue un títere de los militares. Dos años después propondría establecer un régimen corporativista, al estilo de la España de Francisco Franco.

Y algunos sectores muy ideologizados de la izquierda, como el PCU, el movimiento sindical y una parte de los tupamaros, que tampoco creían en el sistema democrático y en sus "libertades burguesas", dieron cierto crédito a los comunicados militares 4 y 7 de febrero de 1973, la carta de presentación del golpismo, un mejunje de propuestas moralistas, populistas, estatistas y liberales: una vulgar serie de lugares comunes. Creyeron ver en aquello un programa "progresista" o "peruanista". Por entonces se creía que a los militares que gobernaban Perú les estaba yendo bien, y que practicaban un atajo nacionalista hacia la liberación nacional y, eventualmente, el socialismo.

"La revolución no se detiene en la puerta de los cuarteles", decían.

Los comunicados militares, una antesala del golpe completo, tenían un aire izquierdoso deliberado. Muchos años después el general Julio César Rapela, uno de los personajes más destacados de la dictadura, comentaría: "Yo creo que se tragaron el anzuelo".

Carlos Quijano advirtió que aquello era inmanejable. "El poder militar, lo quieran o no lo quieran quienes lo ejercen, ha sustituido al poder político", escribió en el semanario Marcha del 16 de febrero de 1973. "Lo comprendan o no los orientales, lo quieran o no los protagonistas, una nueva era se ha abierto en esta tierra. La era de los militares, que puede durar no poco. Todo proceso tiene su dinámica propia. Los hombres manejan los hechos –a veces es sólo una creencia– hasta cierto punto. Después, el engranaje, como en las novelas de ciencia ficción, sigue caminando por su cuenta, y cuando no tritura a sus creadores, los empuja o arrastra".

La generación que padeció y acabó con la dictadura en los años '80 sería ciertamente más tolerante y democrática, como lo narra un reciente libro de Leonardo Haberkorn: La muy fiel y reconquistadora (Memorias de la generación que no perdió la democracia, pero luchó por recuperarla). Sin embargo muchas fatigas, sangre, sudor y lágrimas después, todavía algunos sectores reivindican las viejas supercherías autoritarias. A propósito de la opinión complaciente que el líder socialista Vivian Trías tuvo de la dictadura argentina iniciada en 1976, el historiador Fernando López D'Alesandro escribió en el matutino La Diaria del 24 de febrero: "Estas maneras no democráticas de apostar a proyectos de trasformación radical demostraron largamente sus errores. Hoy algunos siguen ese trillo. Haber supuesto progresismo en la robocracia kirchnerista adapta aquella manera de pensar al presente. La misma actitud tienen ante el sandinismo gangsteril, o ante el desastre de Venezuela, o aplaudiendo a un nacionalista de la derecha ultramontana y expansionista como Vladímir Putin, o enmudeciendo ante el unicato cubano. Esa izquierda tiene que reflexionar profundamente acerca de sus yerros, acerca de su desdén por la democracia".

El desprestigio de los políticos, de larga data, también estuvo en la base del golpe de Estado. Muchas personas ya no esperaban nada del sistema.

Las dictaduras de la "seguridad nacional" de América del Sur de los años '70 se gestaron en medio del hartazgo de una buena parte del cuerpo social con el caos, el fracaso económico y los experimentos.

Los golpistas gozaron de un significativo respaldo popular, o al menos de una extendida aceptación indiferente, un asunto espinoso que todavía no se ha estudiado con seriedad.

La democracia, esa vieja dama digna, cayó por inanición, aunque nadie admita ahora haberlo provocado. Entre todos la mataron y ella sola se murió.

Próxima nota: El gran viraje que impuso Alejandro Végh Villegas
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