En un año de lo peor: ¡Peñarol!
En un 2021 con virus y miserias, el club fue salvavidas para los sobrevivientes del Titanic
El año 2021, suma cinco. El número 5 tiene un valor simbólico en el tarot (significa ‘humanidad’). En la Biblia simboliza ‘cantidad indeterminada’ (fueron cinco los panes que Jesucristo multiplicó, y en sus parábolas dicha cifra se repite). He pasado casi 365 días (la cuenta regresiva hacia el final del año ya comenzó, afortunadamente), tratando de entender el valor alegórico de este para mi nefasto 2021. El adjetivo adelanta un juicio: debe haber sido uno de los peores años de mi vida. ¿Exagero? No creo, por más que desde el punto de vista creativo haya sido intenso y propicio. Mi nuevo libro acaba de salir publicado y ya recibió críticas elogiosas en prestigiosos medios, como el diario Milenio y la revista Nexos, y los editores me informan que otras reseñas favorables vienen en camino. Se llama Libro albedrío. Por lo tanto, no me refiero al 2021 relativo a las palabras, sino el que tuvo que ver con la muerte y todo lo restante. Han fallecido tantos seres queridos que estoy agobiado, con el ánimo hecho añicos. A la hora del inventario, todas las tristezas se parecen. A cada una su turno. Voy por partes. Cuando el milagro de la salvación había empezado a parecerse a lo posible, murió mi adorada perra Maila, ángel de la guarda por 13 años. Días después, el mismo camino siguió mi fiel amiga la poeta argentina Tamara Kamenszain, con quien un par de semanas antes había hecho una lectura pública por Zoom organizada por una institución de Berlín (quiso el sino que esa, su última lectura internacional, me la dedicara). Ocho días después, como si fuera parte del mismo periplo fúnebre que vino a recoger clientes desfavorecidos, falleció Rhoda Segur, mi primera traductora al inglés. Estaba de campamento, contrajo una infección, y a la semana avisaron que había muerto de sepsis. Mientras trataba de recuperarme del tremendo alud en medio de la oscura temporada del alma, muy joven falleció en Italia un querido amigo y profesor, cáncer, y a los dos días, Sara, mi adorada tía, infarto, ambas muertes, de manera repentina, inesperada, como también lo fue, a la semana, la de Paul Parrish, quien fue colega y amigo por el mismo tiempo que la canción de Ricardo Arjona, cuatro décadas. Y para rematarla, uno de mis hijos estuvo internado un mes. Treinta y seis días. La sacó barata.
Pensé que las debacles anímicas, una tras otra, iban a amainar con la llegada de diciembre, pero no. El viernes 3 regresé a casa para encontrarme con la noticia de que mi suegra había tenido una hemorragia interna mientras dormía y estaba en coma. La gota derramó el vaso. Fue uno de esos días en que uno siente ganas de tirar la toalla y sin embargo, por compromiso con las circunstancias, para demostrar que no es un cobarde frente a los cataclismos, tiene que seguir, aunque no sea más que para no agregar otro problema a la vida de los demás. Necesitaba pues una emoción salvadora, sanadora, a favor de la vida por cortita que sea esta, para demostrarme que seguía vivo, y que continuar vivo no era la única buena noticia asociada a una larga temporada luctuosa. Y esa buena noticia para el espíritu la encontré la tarde del sábado 4 de diciembre, nomás prender el televisor y ver el estadio Campeón del Siglo lleno y con una ilusión colectiva por delante que duraría 90 minutos. Sabía que en las malas Peñarol nunca me defrauda.
La historia estaba de su lado. Allá por los sesentas, el año en que murió mi abuelo, con quien pasé tantas horas mágicas caminando por las calles del barrio La Unión, el aurinegro salió campeón de la Libertadores, tras remontar dos goles contra River Plate argentino en Santiago. Cuando en 1982 “la tablita” nos dejó en la lona (y perdón que los incluya), volvió Peñarol a salvar el ánimo de la mitad y pico del país, saliendo campeón de la Libertadores (en final de infarto contra Cobreloa) y de la Intercontinental, derrotando al Aston Villa. En el 87, cuando varias malarias me visitaron sin haber hecho cita previa, la realidad fue redimida por aquel gol milagroso (porque vino a librarnos de la agonía), de Diego Aguirre en el 120, minuto clave también en las grandes películas que duran dos horas. La del sábado pasado fue una película en cinemascope con solo dos colores prevalentes, una que los aurinegros no vamos a olvidar.
En esta ocasión el triunfo no fue en la final de la Libertadores pero, tal como están las cosas, con muertes a granel y un virus que para anunciar que quiere quedarse vive cambiando de atuendo, tuvo un sabor parecido, por más que fuese una ocasión de entrecasa, un júbilo de cabotaje. Fue como la primera dosis de una vacuna contra la desazón. Los enemigos acérrimos del fútbol suelen decir que es el opio de los pueblos. Si fuera así, acepto mi adicción y celebro la efectividad de este mágico alcaloide. Es imposible vivir solo de realidad todo el tiempo. Tal como decía el personaje masculino de Betty Blue al hablar de la joven muchacha que lo había vuelto loco y feliz al mismo tiempo: “A veces en la vida necesitamos un descanso”. El triunfo de Peñarol el sábado fue el gran descanso que todo mi yo necesitaba –si estaban en las mismas, entenderán–, el atajo menos largo hacia una felicidad momentánea y fugaz, aunque felicidad al fin.
Además, me alegra que la coyuntura triunfal se diera bajo la batuta de Mauricio Larriera. Quienes ven partidos por internet hasta en ligas sin importancia de todo el mundo (yo no pude encontrar cura permanente para esta dependencia, anoche por ejemplo vi la final de la liga de Nepal), supimos que la directiva había contratado a un profesional con quilates. Durante el tiempo que Larriera entrenó a Godoy Cruz seguía por la vía cibernética los partidos del club mendocino, el cual solía desplegar un fútbol intenso, vistoso y por encima de las circunstancias restrictivas de su presupuesto, el mismo que exhibió O’Higgins, club trasandino del que lo fletaron tras perder sin merecerlo por la mínima contra la U de Chile dirigida por Kudelka. Ni en el Tomba ni los rancagüinos le dieron tiempo de desarrollar el proyecto. Es lo que siempre falta, tiempo.
Por lo tanto, nunca comprendí la reacción negativa, carente de argumentos, que generó la contratación de Larriera en Peñarol. Al parecer, entre nosotros están hoy bien cotizadas la práctica mezquina de hablar por hablar y el agravio como pasatiempo. Larriera demostró estar bien preparado y tiene buenos modales, detalle no menor, pues en todos los aspectos de la vida las formas importan. Además, siempre se muestra dispuesto a conversar con la prensa; no es de los que huyen de los micrófonos creyendo que los periodistas son los enemigos o culpables de los malos resultados. Por encima de todo, demostró lo que más importa en cualquier profesión: saber aprovechar la oportunidad cuando esta llega. En su expediente profesional ha de quedar que sacó campeón a Peñarol el año en que todos nos habíamos empezado a cansar del virus 19 y sus no tan colaterales efectos.
En la memoria aurinegra, como la de este columneador, el 4 de diciembre de 2021 permanecerá pues recordado como el día de una resurrección, que fue la de una alegría que había empezado a lucir esquiva. No en vano, nadie se movió del CDS una vez terminado el partido. Dios es grande y nuevamente mandó su mensaje a través de Jesús (Trindade). Cuando ya la calculadora mental indicaba que el empate significaba disputar tres clásicos y otro partido, un zapatazo con rebote incluido arrancó de cuajo a las emociones del sitio donde habían quedado congeladas, desatando ese sentimiento tan extraño denominado algarabía, situado entre la rabia de la alegría y la felicidad imprevista. Justo cuando, como dijo Juan Carlos Scelza –creo que es la primera vez que lo cito– la tarde exhibía “uno de esos partidos en que empieza a achicarse el arco”, la algarabía de un porcentaje alto de la población uruguaya se agrandó hasta rozar los límites del delirio. La pelota que no quería cruzar la línea, entró dos veces en menos de cuatro minutos. El fútbol tiene eso, tan propio de espectáculo celestial: permite olvidarnos de las penas aunque sean legión, y nos autoriza a ser felices, o casi, por unos efímeros minutos que en la memoria serán eternos. Desde el sábado pasado, ya lo son.
Ha sido un año tacaño en felicidades, aunque de extraordinaria generosidad en cuanto a desgracias. Hecho el balance, solo dos cosas fueron para mí fuente de energía positiva: la publicación de Libro albedrío, y el campeonato uruguayo. En verdad, tres. Pues el libro tuvo dos ediciones, una en México (Rialta) y otra en Madrid (Varasek). Ahora que lo pienso, en las portadas de ambas ediciones los colores principales son el amarillo y el negro. Fueron hechas por diseñadores diferentes sin que yo interviniera en el proceso creativo y en las decisiones estéticas. Recién vi los libros cuando iban camino de las librerías. He llegado a creer que hay ocasiones en que también el destino es aurinegro. l