Opinión > EDITORIAL

Enormes retos para un joven presidente

Iván Duque asume la Presidencia colombiana en un momento especial de América Latina

Tiempo de lectura: -'

11 de agosto de 2018 a las 05:00

La asunción de un nuevo gobierno en Colombia, bajo la batuta de un joven Iván Duque, ocurre en un momento especial de América Latina, convulsionada por una mala gestión de la política, la gangrena institucional por graves hechos de corrupción o los tentáculos del narcotráfico, a lo que se suma un ambiente de incertidumbre por la irrupción de nuevos liderazgos.

Duque, un político de 42 años, delfín del expresidente Álvaro Uribe –del derechista Centro Democrático–, asumió el martes 7, con un necesario discurso conciliador en un país electoralmente polarizado, inaugura una nueva era de la política colombiana. El presidente, que ganó la elección con algo más 10 millones de votos y en segundo lugar se ubicó el senador izquierdista Gustavo Petro
–exalcalde de Bogotá–, que superó los ocho millones de electores, necesitará del apoyo de otros partidos para llevar adelante su agenda de reformas.

En un contexto político sin matices, hace bien el flamante mandatario en invitar a sus compatriotas a hacer un "gran pacto" y un llamado a la unidad nacional. Está en juego nada menos que capitalizar el fin de la guerra interna de 52 años, que el país continúe con el avance que exhibió en los ochos años del gobierno saliente de Juan Manuel Santos y que se puedan resolver los graves temas pendientes. Y hace bien en considerar que en la política hay adversarios pero no enemigos y que su gobierno no estará animado por la revancha.

El nuevo gobierno enfrenta una agenda desafiante como completar la puesta en marcha del Acuerdo de Paz, cumplir con la promesa de campaña de realizar ajuste a un pacto –que tuvo el apoyo de la comunidad internacional–, pero respetando su espíritu y lograr un entendimiento con la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN).

Pero además, tiene el reto de disminuir los cultivos ilícitos de drogas, mejorar el combate al narcotráfico, investigar la muerte de los líderes sociales y aprobar medidas para achicar las brechas sociales del país.

Es por eso inteligente que a su tono moderado y conciliador haya sumado la sana decisión de "mantener todo lo que funcione, corregir todo lo que sea necesario y construir nuevas iniciativas, instituciones y programas que le aseguren a nuestro país un futuro de justicia social".

Sin embargo, la impronta conciliadora del presidente choca con la actitud beligerante de su partido –que ya se reflejó en el discurso de asunción del presidente de Senado– y la táctica política de Petro desde la oposición, que aprovechando su capacidad de convocatoria, pretende hacerse sentir en la protesta callejera, dos riesgos para la suerte de su gobierno.

En un país sin un alto entendimiento –moneda corriente en la política de hoy– se dificulta enormemente la buena marcha de la nueva administración y puede dejar al país por fuera del camino del desarrollo como quiere el presidente. El flamante gobierno recibe un país que ha recibido el reconocimiento internacional, un legado que Duque debería preservar y acrecentar. Un traspié de Colombia significaría un golpe a una América Latina afectada por graves y diversos problemas. Un traspié de Colombia profundizaría el drama que sufre la región.

Comentarios