Autor de más de 15 novelas eróticas de alto vuelo, Ercole Lissardi (1951) dijo una vez que era feliz por haber escapado de los dos pecados más graves de la literatura rioplatense: la pedantería intelectual y el pesimismo existencial, representados por Jorge Luis Borges y por Juan Carlos Onetti, respectivamente.
La lengua filosa de este escritor que se fue a México huyendo de la dictadura uruguaya, que hizo cine pero se aburrió de hacerlo y que comenzó a publicar en Uruguay recién a los 43 años, no se detiene ante nada ni ante nadie.
Por eso no tiene empacho en declarar que la izquierda “culta” uruguaya es pacata e hipócrita (a la derecha ni siquiera la nombra). Por eso escribe con palabras crudas que llaman a las cosas por su nombre. Por eso denuncia la banalización de la sexualidad en una época vacía y consumista.
Poco más se sabe del hombre que hay detrás del nombre Ercole Lissardi. Él mismo confiesa que adoptó el seudónimo (a veces dice que realmente se cambió el nombre) para protegerse del escritor.
Sucede que en 1995, cuando publicó por primera vez, no era fácil escribir una literatura que inmediatamente fue calificada de pornográfica, que hoy pelea por ser aceptada como erótica, y que tarde o temprano, cabe esperar, será definida simplemente como lo que es: buena literatura uruguaya.
Lissardi ha dicho que solo le interesa un mundo: el del deseo. Ese es el centro de su obra y justamente ahí reside la particularidad que hace que sus libros sean algo más que textos vinculados al sexo.
En parte se debe también a que el punto de vista del autor es netamente freudiano. A Lissardi le importan las pulsiones y la psicología de sus personajes, el porqué de los deseos que los mueven. Esa pretensión de entender, de mirar hacia adentro, esa reflexión profunda, es la que hace que entre cada escena esté lo mejor de su literatura.
El centro del mundo, que da título al libro, funciona a la manera de una buena novela policial donde se intentan esclarecer los últimos días del muerto. A ese misterio se une el de la voz narradora, que curiosamente no es que lo sepa todo, sino que observa todo y cuenta lo sucedido.
Ese testigo privilegiado, que nunca se revela, puede ser un alter ego del muerto, puede ser un amigo voyeur, o alguien obsesionado con Elías, que quizá lo sigue de cerca. No se sabe ni se revela nunca, y es parte del encanto de esta dramática historia.
La diosa idiota es un furioso intento de comprender lo incomprensible en una relación incendiaria entre dos amantes. “Escribo para revivirlo, para volver a vivirlo. No porque me parezca una buena materia prima para hacer literatura, sino por una razón estrictamente íntima: para volver a vivirlo”, escribe en un pasaje de la novela a modo de confesión con vuelta de tuerca, que agrega realismo a toda la trama.
La novela es extremadamente explícita, pero hay lugar para dejar volar la imaginación y hasta para la sonrisa cómplice. La fiebre sexual del protagonista, insaciable, voraz y delirante, está narrada con pulso y termina en un amanecer metafísico de alto valor estético.
La educación burguesa cierra el volumen con elegancia y buen humor. Sutil ensayo sobre la hipocresía humana, la novela encierra mil matices. La voluntad de los padres sobre los hijos, la manipulación despiadada del prójimo, el amor verdadero, la mutación mágica del deseo o el destino prefijado por una determinada condición humana.
Ante el éxito mundial de novelas como Cincuenta sombras de Grey o Desnuda, ambas récord de ventas en varios países del mundo, no es difícil decir que Ercole Lissardi debería vender, fácilmente, 100 millones de libros. En un día.