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6 de abril 2024 - 5:04hs

El nombre del historiador argentino Felipe Pigna ha estado ligado durante buena parte de los últimos tiempos a la divulgación de la disciplina en la que se erigió como voz autorizada a nivel masivo en los medios. Pero así como la Historia se puede cruzar con otras áreas del conocimiento humano para extraer conclusiones, el suyo hoy se vuelve a cruzar con el del médico y autor Daniel López Rosseti para generar algo más: Historia Clínica, una presentación que llega a Montevideo para plantar a estos dos hombres en el escenario del Teatro de la Gaviota este domingo 7 de abril.

El espectáculo, en realidad, es una derivación del ciclo de Telefé del mismo nombre, que durante doce episodios retrató las historias de diferentes enfermedades que padecieron distintos personajes claves de la Argentina y el resto del mundo. El programa está cumpliendo doce años en 2024, y con la excusa de la presentación de su spin-off en las tablas uruguayas, Pigna habló con El Observador.

Te has dedicado a llevar la historia al público en diferentes formatos a lo largo de las últimas décadas. ¿Cómo ves el lugar que tiene la disciplina en el interés general hoy?

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Es un interés que cruza diferentes formatos, plataformas, es creciente y es una tendencia mundial. Es un interés que no se detiene, va cambiando de forma, van apareciendo nuevas temáticas, pero crece de forma sostenida y con fuerza, diría, desde los 90. 

En ese interés creciente, entiendo que abogás porque se escuchen en las voces más calificadas. Da la sensación de que hoy cualquiera puede hablar de historia.

Sí. Por supuesto. Hay que diferenciar entre la difusión histórica y el uso político de la Historia. Ese tipo de cosas ocurrirán siempre y uno tiene que, en todo caso, atenerse a su profesionalismo y hablar de lo que hay que hablar, no amañando las cosas, no trayendo a los personajes del siglo XIX a hablar como si estuvieran en el XXI, que parece ser un poco a demanda de hoy, ¿no? En todo caso, es mucho más sensato ir hacia ellos y ver qué pensaban de determinados temas que pueden tener que ver con la actualidad, que convertirse en medio y hablar por ellos. Eso es un mecanismo completamente improcedente.

¿En esa idea también se incluye el revisionismo?

Revisionismo es una palabra muy amplia que ha tenido distintas resonancias a lo largo de la historia. Si el revisionismo consiste en volver a ver las fuentes y darle una interpretación diferente, bienvenido sea. Si el revisionismo es lo que durante un tiempo, particularmente en los 80, se interpretó en Europa como negacionismo, con autores que negaban hasta el Holocausto, obviamente no. Yo rescato el revisionismo argentino y uruguayo, que tuvo un momento muy interesante en la década de los 60, de los 70, que rescató figuras que estaban siendo olvidadas por la historia oficial.  En ese sentido me parece interesante y convive con otras miradas, porque la historia se va construyendo desde diferentes lugares y diferentes miradas.

De todas formas, pensando desde el hoy, el revisionismo está muy atado a la duda y a la posibilidad de dudar sobre todo, y hay determinados hechos en los que a priori debería resultar difícil que haya espacio para ella, y de todas formas aparece.

Sí, pero yo no lo llamaría revisionismo, sino negacionismo. Lo que vemos hoy es un negacionismo muy potente. Está en Europa, donde se niegan los crímenes del franquismo, el Holocausto; también en Argentina, donde se niegan los crímenes de la dictadura. Ese negacionismo no tiene nada que ver con el revisionismo bien entendido. 

¿Y se lo puede tomar como una pérdida de respeto hacia la historia?

Desde ya. Es una manipulación histórica, porque además se ponen en duda determinadas cosas, pero sin que se aporte un dato, un documento nuevo y revelador que cambie la historia. Simplemente son intenciones. Lo definió bien Umberto Eco hace ya casi cuarenta años: la gente está adelantándose cada vez más a lo que está pasando, elige qué leer y aunque sepa que lo que está leyendo es mentira, que es una fake news, le agrada, la difunde, la replica. Eso prima fuerte en nuestros días, algo que por otro lado está debilitando mucho la credibilidad de los medios.

Ese negacionismo está muy vinculado a otro concepto de nuestros días: que hay que “dar vuelta la página”.

Sí. Es como si la página estuviera abierta, como si estuviéramos todo el tiempo hablando de historia, cosa que no pasa ni en tu país ni en el mío. Por ende, no sé qué página hay que dar vuelta, y en todo caso qué ocurriría si lo hacemos. Hay gente que no le conviene que se hable de historia, por supuesto: tienen pasados horrorosos y de eso mejor no hablar.

Alejandra López Felipe Pigna

¿El acceso casi total a la información democratizó la disciplina o la banalizó?

Son dos niveles diferentes. Para la investigación ha sido una bendición. Lo ha sido poder entrar a los archivos de cualquier parte del mundo, registrándote como investigador, tener la posibilidad de acceder a fuentes que antes eran muy difíciles y costosas. Por otro lado, sí: también ha sido la vía para que se difundan teorías conspirativas sin ningún sentido, pero que suenan raras y, como últimamente existe un gran sensacionalismo en las redes —y por últimamente quiero decir casi desde siempre—, es lo que la gente busca. El lado B. Y muchas veces eso termina siendo lo que se impone, aunque de ahí a que eso sea cierto hay muchísima distancia. Eso pasa con el periodismo también, con la información. Digamos que hay una cosa muy amañada de informar ciertas cosas, de ocultar otras, de un recorte muy particular de la realidad, que hace que se vaya conformando un tipo de pensamiento, se va alimentando el odio. Diría que en los últimos diez años esto pasa con muchísima fuerza: el alimento del odio, la envidia, los resentimientos, los sentimientos más bajos del ser humano, que aparecen alimentados en una gran cantidad de medios y, fundamentalmente, en las redes.

Ya que estamos con los medios, ¿la historia pelea su lugar en ellos o está perdiendo espacio?

Bueno, cada uno dará la batalla que puede. Yo doy bastante batalla en ese sentido, trato de que sigamos hablando seriamente y que no caigamos en las demandas del presente, que suelen ser urgencias ajenas a nosotros y particularmente ajenas a todos los protagonistas. La historia no tiene urgencias, la buena historia requiere de análisis y requiere de pensamiento, no de impulsos que se manejan más por lo sentimental que por lo racional. 

Voy a la charla que van a dar con Daniel López Rosetti: ¿cuál es el atractivo que encontrás en cruzar las disciplinas de esta forma?

Es gracioso porque nos conocimos con Daniel hace ya 20 años en la radio, cuando él estaba escribiendo su libro. Yo lo ayudé un poco con eso y de ahí nació una gran amistad. Ahí fue le confesé que yo había querido ser médico y él que le encanta la historia, así que ya hubo un acercamiento interesante por ese lado. Después pasó que llevamos su libro a la televisión, en Telefé, en 12 capítulos a los que les fue muy bien, y de ahí armamos este espectáculo que tiene como como dinámica una introducción de mi parte para cada personaje, y después Daniel habla de la cuestión médica. Elegimos personajes que tengan patologías interesantes, como el accidente que tuvo Frida Kahlo que determinó su vida y su obra, o Beethoven y su sordera, que también influyó en todo lo que compuso.

Y aparece la Tragedia de los Andes entre la selección, también.

Sí. Daniel estuvo hace dos meses en el lugar del accidente, hizo una expedición especial, fueron médicos, socorristas y todo tipo de gente vinculada a la ciencia. Estuvo en el lugar varios días e hizo un informe sobre la supervivencia, sobre lo que le pasa al ser humano en esas condiciones. Dejando de lado el morbo de la antropofagia, nos interesa la cuestión de lo que sucede con el cuerpo en condiciones extremas, hasta cuánto determinó la condición de deportista que tenían la mayoría de los sobrevivientes, cómo influyó lo anímico en la pérdida de seres queridos. Es una tragedia que también tuvo mucho de milagro.

También aparece el Quijote en la lista. O sea: un personaje de ficción que sirve para hablar históricamente sobre la medicina.

Sí, por supuesto. Es una gran oportunidad para hablar de fenotipos. El fenotipo del flaco loco y el gordo diabético, de cómo trabajan los prejuicios y hasta dónde se corresponden con la realidad clínica. Además, sobre la literatura se ha dicho con mucha soberbia que es una ciencia auxiliar, pero no es así y sirve enormemente para contextualizar. No hay mejores descripciones de la España del Siglo de Oro que las que da la literatura, por ejemplo.

Recientemente en Uruguay se generó una discusión sobre si el episodio de la Tragedia de los Andes debería pasar a formar parte de los programas educativos. ¿Creés que podría tener un valor en ese sentido?

Sí. Por supuesto tendrá que ver con cómo se aborda y cómo se armen los programas de estudios, pero creo que podría ser incluido en el sentido de lo que implicó a nivel humano enfrentarse a una situación como esa. Porque además la hora del juicio para ese hecho ya pasó.

A veces somos un poco reticentes para tratar temas históricos cercanos en la educación formal. O directamente generan desencuentros. Pasa con el caso de esta tragedia, pero sigue pasando con las dictaduras y cómo se enseñan, por ejemplo.

Sí. No es que los años obran por sí solos, mágicamente; los años obran en la medida de que a lo largo de ese tiempo se haya trabajado, discutido y hablado del tema. Cuando no se habla de algo, como pasa en una familia con un tema traumático que no se tocó nunca y aparece de golpe, es como si hubiera ocurrido ayer, entonces no es que los años por sí mismos tienen un carácter terapéutico; lo tienen en función de qué fue lo que se hizo durante ese tiempo.

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Felipe Pigna

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