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Fuera de la caja: liceos públicos y privados aplican estrategias educativas disruptivas

Varios centros educativos están dándole la espalda a las formas educativas tradicionales y comienzan a probar abordajes alternativos

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24 de febrero de 2019 a las 05:00

No más asignaturas separadas. No más filas de asientos dirigidos hacia un solo profesor. No más liceo tradicional. Derribando mitos y barreras impuestas hace siglos, el cambio educativo, ese que pesa en la opinión pública y en discursos políticos oficialistas y opositores, ha comenzado a tener algunos brotes en liceos públicos y privados en todo el país. 

Con áreas interdisciplinares, con más de un profesor por clase, con trabajo colaborativo como eje y con un aprendizaje basado en proyectos, cada vez surgen más propuestas que rompen el clásico modelo que impera en Secundaria.

Uno de los promotores de ese cambio en algunos colegios católicos uruguayos es un catalán experto en educación: Xavier Aragay. Sentado en la sala de desayunos del hotel capitalino donde se hospeda mientras prepara a educadores uruguayos, habla con El Observador y señala la camisa negra que viste, estampada con pequeñas jirafas blancas. Dice que para generar los cambios que se necesitan es imprescindible “jirafear”.

“Hay que jirafearse, hay que levantar el cuello. Cuando uno se jirafea, cuando uno ve lo que quedó atrás y ve lo que hay en el futuro, uno toma mejores decisiones. El volver para atrás, a cosas que nos parecieron buenas anteriormente, en nada soluciona los problemas del futuro. Hay que ser audaz, hay que atreverse a cambiar”, aseguró.

Ese atrevimiento lo han tenido varios que entendieron que el sistema tradicional de enseñanza ya está obsoleto y que los adolescentes necesitan prepararse para el mundo actual. Y entre esos “varios”,  están representados todos los espectros del mundo educativo: públicos y privados, católicos y laicos.

Colegios católicos

En el Colegio San Ignacio, popularmente conocido como “Isasa”, que se ocupa solamente de enseñanza secundaria, las materias por separado ya no existen. En vez de tener Historia un día y Geografía otro, las clases se dividen en áreas interdisciplinarias: área Social, área Científica y área Artística.

En cada una de esas áreas, los profesores de las asignaturas tradicionales trabajan en grupo, al igual que sus alumnos. Los de Historia, Idioma Español y Geografía, por ejemplo, conviven en el área Social. Y los de Matemática, Física y Biología, entre otros, en el área Científica.

Este año, en primero de liceo, los adolescentes ocuparán toda la mañana del lunes y jueves en el área Social, la del martes y viernes en el área Científica y la del miércoles en el área Artística.

En cada una de esas clases, no tendrán un solo profesor sino varios. No trabajarán individualmente sino en grupos de a cuatro, que van rotando durante el año lectivo.

De esa manera, en vez de tener solamente clases magistrales, adquirirán conocimientos y habilidades trabajando en la realización de proyectos. Y cada uno de estos, estará basado en los contenidos que Secundaria exige que se dicten. 

Uno de los proyectos –que duran cuatro semanas de aprendizajes y desafíos- constó en trabajar haciendo bolsas de semillas para calentarse en hogares nocturnos del Mides. La consigna permitía estudiar qué tipo de semillas servían, el tipo de tela, trabajar con instrumentos de peso (relacionados a Física), aprender funciones (Matemática) y el funcionamiento de la piel (Biología) para entender el impacto del calor. 

"Hay que ser audaz, hay que atreverse a cambiar”, afirma Xavier Aragay, experto en educación.

“A mí me pasó que el primer año que estuve acá, en una modalidad más tradicional, veía alumnos que no estaban motivados por nada, y cuando abrimos este espectro, vimos que habían alumnos que eran buenísimos con lo virtual, y aprendían más haciendo videos con un tema de historia, que repitiéndolo en una evaluación”, contó entusiasmada Lorena Damiano, profesora de Historia de ese centro educativo jesuita.

Salvar a un huevo que cae de cuatros metros de altura y crear un vehículo de ruedas que se impulse solo con la energía de un globo inflado, son dos ejemplos de muchos proyectos que se crean en el Maker Space, un espacio que tiene el colegio destinado a desarrollar la creatividad y el pensamiento computacional de sus alumnos.

“A través de las distintas formas de aprender y de ser evaluados, ellos (los estudiantes) puedan desarrollar todo su potencial, no solamente el exigido por la educación tradicional. Lo que son buenos en la inteligencia musical, en los kinestésico, en el lenguaje y en los vínculos sociales, también pueden hacer crecer sus talentos”, sostuvo Verónica Gallesio, directora académica del San Ignacio.

En otro colegio católico, el Don Bosco, que trabaja en un contexto social más complejo, no solo han derrumbado las paredes pedagógicas preexistentes sino también las físicas, para que los salones se dispongan al nuevo sistema de aprendizajes.

Las clases son más grandes, de sesenta alumnos que también trabajan de a cuatro, con tres profesores por clases. Las mesas son redondas, los trabajos son en equipos y también aprenden mediante proyectos interdisciplinares.

¿Cuál fue el resultado? Marcelo Martínez, exdirector del colegio e integrante de Eduy21 lo responde: “No tenés deserción ni tenés que ir a buscar a los chiquilines, los gurises van porque tienen ganas, van y van entusiasmados”, dijo. “Se hizo una evaluación y en principio los resultados son muy alentadores, estamos igual o mejores en comparación a los colegios de la zona en cuanto a conocimientos. Pero además se le agrega el desarrollo de competencias transversales como empatía, resolución de problemas, trabajo en equipo, entre otras”, agregó.

Liceos públicos        

Tanto en Secundaria como en UTU, metodologías como el aprendizaje basado en proyectos (ABP) y los trabajos interdisciplinarios se cuelan en el sistema tradicional gracias a Plan Ceibal y su proyecto Red Global de Aprendizajes.

Esa metodología busca el desarrollo, no solo de los conocimientos que exige el sistema sino de seis competencias: creatividad, pensamiento crítico, carácter, comunicación, colaboración y ciudadanía.

“No se trata de derribar asignaturas, las asignaturas siguen existiendo, pero sí se revisa la fragmentación del conocimiento en asignaturas. El trabajo con proyectos promueve que distintos profesores de distintas asignaturas trabajen en un proyecto común. Esto es importante, porque no es que no hay más biología, física o literatura, sino que esos saberes se ponen al servicio de temas de la vida real. Es como recuperar el foco del para qué estudiar, para qué necesitamos el conocimiento. Lo necesitamos para resolver problemas”, dijo a El Observador la directora del proyecto, Claudia Brovetto.

En 2018 participaron de este enfoque educativo 410 centros de Primaria, Secundaria y UTU de todo el país.

Limpiar cañadas, generar huertas o el famoso proyecto (ganador de un premio en Estados Unidos) de los jóvenes de un liceo rural en Toscas de Caraguatá que recicla agua en épocas de lluvia para utilizarla en períodos de sequía, son algunas de las propuestas que surgieron en liceos donde este programa está instalado.

“Las clases tradicionales, del profesor que habla y el alumno que contesta, es un modelo superado", señaló Claudia Brovetto, directora del proyecto Red Global de Aprendizajes del Plan Ceibal.

“Esto motiva más a los estudiantes. En la educación media tenemos un problema, en términos generales, de apatía, de desgano, de cierta desvinculación del estudiante con el centro educativo. Las nuevas pedagogías invitan a poner al estudiante en el centro y el currículum pasa a estar al servicio del aprendizaje. Es explorar juntos a través de proyectos, es vivir el aprendizaje”, aseguró Brovetto.

“Esas cosas de las clases tradicionales, de todo el mundo mirando para adelante, el profesor que hable y el alumno que contesta preguntas, es un modelo superado. Y está superado no porque sea aburrido, sino porque cambió la forma de acceder a la información, de conectarse con el conocimiento”, agregó.

Xavier Aragay, el experto catalán, sigue con su camisa llena de jirafas y sigue usando ese verbo que inventó para explicar la importancia de los cambios. Dice que lo más importante es erradicar la idea de que el alumno tiene que ser un sujeto pasivo. Y también hace una invitación que muchos centros educativos ya aceptaron: “Reimaginemos la educación”. 

Liceo Impulso: primero valores, luego innovación

En la zona de Casavalle, en un contexto social vulnerable, el Liceo Impulso se forja como un oasis educativo: más de 600 adolescentes  estudian gratuitamente y de manera laica en instalaciones de primer nivel, financiada por privados.

En su caso, el primer objetivo que la institución se presenta es generar en esa población desafiante una cultura educativa de valores que los incorporen a las metas que el liceo se propone. Por eso, en esta semana, el liceo ya comenzó a funcionar para los alumnos de primer año. La idea es que se vayan adaptando al funcionamiento de un centro educativo que tiene normas a respetar.

Según explicó a El Observador, Erwin Rattin, uno de los coordinadores académicos del liceo, a partir de segundo año y hasta sexto de bachillerato se implementan metodologías como aprendizajes basados en proyectos y talleres que fortalecen el conocimiento de manera lúdica y colaborativa.  

“Nosotros a partir de este año estamos instaurando un plan para que se comience a trabajar con ABP. Trabajamos en tres niveles: básico, medio y superior. Entonces en primero y segundo trabajaremos en desafíos pequeños, para potenciar el trabajo colaborativo, la empatía, el valor de la responsabilidad y la excelencia. Nuestro énfasis en tercero y cuarto es que desarrollen metodologías de investigación. Y en quinto y sexto pueden generar sus propios proyectos”, dijo Rattin a El Observador.

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