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El contacto materno

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Juntos, paso a paso

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23 de julio de 2021 a las 05:00

Hace varios años, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, la situación de muchos bebés que quedaban huérfanos y hospitalizados, privados del contacto materno, llevó al psiquiatra y psicoanalista británico John Bowlby a estudiar cuáles eran las consecuencias que traería a largo plazo esa falta de sostén y cuidados por parte de las figuras de referencia.

El resultado de su investigación fue un reporte titulado Maternal Care and Mental Health (Cuidados maternos y salud mental) que publicó en 1951 y fue la base de lo que posteriormente se conoció como la teoría del apego.

Lo que se vio en esos bebés hospitalizados es que aquellos que recibían cariño, mimos y contacto además de alimento, se desarrollaban y crecían mucho más que aquellos a quienes solo se les brindaba alimento (en mismas cantidades). Lo nutritivo del contacto con esas figuras de apego fue medible a partir de esa triste situación y dejó en evidencia que mucho más allá del alimento, el ser humano busca amor desde que nace. Y lo que es más importante, lo necesita para crecer y desarrollarse. Nuestra especie es así.

Si bien no fue un experimento buscado sino que simplemente se analizaron los resultados del desarrollo emocional y físico de bebés y niños en ese contexto histórico, desde allí quedaron claras las bases del apego. Bowly escribió: «el infante debe experimentar una relación cálida, íntima y continua con su madre (o madre sustituta permanente), en la que ambos encuentren satisfacción y placer».

Pero hoy sabemos que el apego no es algo que se necesite y nutra solo en la primera infancia. Se transforma y es algo que podemos brindar como padres durante toda la vida. En Mamás Reales nos gusta hablar de las “4 P” que deben darse para que ese lazo de amor – ¿conexión? – entre padres e hijos sea un vínculo seguro que los sostenga y los ayude a desarrollarse no solo física sino emocionalmente saludables.

P de Proximidad. Los niños necesitan estar cerca de sus adultos de referencia. Físicamente y emocionalmente. Al sentir que “latimos” con ellos, con sus pesares y también con sus alegrías, se estrecha ese lazo invisible que nos une.

P de Predictibilidad. Un niño que puede prever cómo será su día, con quién se va a encontrar, quién va a estar para acompañarlo, va a vivir con un nivel de ansiedad y estrés menor a quien no pueda prever nada. Además, las respuestas previsibles, sensibles y empáticas que reciba de su cuidador, especialmente cuando algo “malo” sucede, le darán más seguridad para moverse con libertad. A eso se le suman las tan conocidas rutinas que son muy valiosas en esto de sentirnos contenidos y seguros.

P de Protección. El contacto humano y el sostén, brindan sensación de protección. Los niños necesitan saber que al lado nuestro no hay peligros; que todo va a estar bien y estarán seguros en todos los aspectos. Eso los ayuda a estar dispuestos a aprender y desarrollarse. A salir del modo supervivencia.

La última P es de Play -en inglés-. El juego también es imprescindible. En estas primeras etapas, la única forma que tenemos de aprender y manifestar lo que nos sucede es jugando. Jugar con ellos es una manera de conocerlos, de bucear en su mundo interno de manera amable, sin siquiera preguntar. Y si además nos emocionamos en ese juego, ellos lo sienten y la magia crece y crece. Ojo que esto no significa que nos debemos sentar a jugar siempre, a veces el tiempo apremia o simplemente no estamos de ánimo para hacerlo. Pero si podemos infundir de juego las rutinas cotidianas que a veces son ásperas y complican -como el baño, la comida, vestirse, irse a la cama- entonces estaremos descomprimiendo situaciones complejas, que las hay en todas las casas, y estaremos enseñando que las cosas se deben hacer. El juego si lo sabemos usar, es un aliado para toda la vida.

Los bebés necesitan de estas cuatro “4 P” al nacer y el humano necesita de eso durante toda la vida. Porque como decía John Bowlby, el apego se vivencia desde la cuna a la tumba.

Estas “4 P” son pistas claras que nos ayudan a que florezcan vínculos más estrechos y sanos, que darán sus frutos a lo largo de toda la vida. Son las que sostienen a nuestros hijos en un lugar emocionalmente seguro a medida que crecen. Tal vez lo más difícil sea como adultos estar lo suficientemente lúcidos y sensibles para ir ajustando el tipo de “protección”, “proximidad”, “predictibilidad” y juego que ellos necesitan, a medida que crecen. Porque las necesidades no cambian pero sus formas sí. En esto se precisa ver de cerca qué me está pidiendo mi hijo e ir calibrando hasta dónde proteger sin asfixiar, hasta dónde mantenerse próximo sin liberar espacio, hasta dónde respetar las rutinas sin mostrarse inflexibles (no sea cosa que si surge un imprevisto el mundo se les colapse).

En fin, hay que tener ojo de cirujano para poder leer las señales e ir caminando bien cerquita para sentir lo que van necesitando. Nadie dijo que es fácil, claro que no lo es, y por eso tampoco hay recetas. Cada vínculo es único y requiere de cierto trabajo artesanal que se va construyendo en conjunto.

Podés leer más sobre estos temas en el blog Mamás Reales.

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