La grandeza esquiva de Argentina
El aparente ocaso de Cristina Fernández es el último capítulo de una larga serie de mitificaciones, experimentos y fracasos
El aparente ocaso de la era de los Kirchner, marcado por su desastre en las elecciones parlamentarias del domingo, es un nuevo capítulo de la fabulosa mitificación de los argentinos, o de una parte crucial de los argentinos: primero endiosar a sus gobernantes, más allá de toda razonabilidad, para luego matarlos con la misma meticulosidad y devoción.
Hay muchos casos en la historia, incluso en la reciente, desde Isabelita o Leopoldo Galtieri a Carlos Menem. Ahora le toca a los antiguos dioses K, como Julio De Vido, a quien se acusa de ser el gran recaudador en jefe de un elenco que hizo fortunas a lo Midas. No sería sorpresa que dentro de unos años la artillería se vuelva contra Mauricio Macri, la estrella en ascenso.
Esas mitificaciones, mezcladas con las ansias de grandeza, están en la base del declive argentino, que se remonta a la década de 1930.
Los deseos de grandeza vienen de muy lejos. Al asumir su primera Presidencia en 1880, Julio Argentino Roca predijo: "Somos la traza de una gran nación, destinada a ejercer una poderosa influencia en la civilización de la América y el mundo".
Medio siglo después, en 1929, el filósofo español José Ortega y Gasset comprobó que
Argentina "no se contenta con ser una nación entre otras; exige un destino peraltado, no le sabría una historia sin triunfo y está resuelta a mandar".
Por entonces, justamente, Argentina cambiaba el rumbo en procura de otros paradigmas o atajos hacia la cima. La influencia del nacionalismo extremista y el fascismo en algunos líderes y en el ejército, y el inicio de un largo ciclo de gobiernos autoritarios –"la hora de la espada"– o populistas –Juan Domingo Perón– marcaron el fin de una edad de oro, relativamente liberal y abierta, y la decadencia del país en el contexto mundial.
Llama la atención la persistente identificación de una parte pequeña pero significativa de la izquierda latinoamericana y uruguaya con gobernantes "fuertes", mesiánicos y fabuladores, y con sus sistemas económicos cerrados y paternalistas, cuyo primitivismo los lleva siempre al fracaso.
La economía argentina, que hasta la década de 1960 era más grande que la de
Brasil, hoy es tres o cuatro veces más pequeña. Y también fue superada por México. Argentina aún prevalece sobre Brasil en ingreso per capita, pero la brecha se achica cada día. Países como Chile y Uruguay han superado el ingreso per capita de los argentinos, como la han superado en muchos otros indicadores sociales, algo inimaginable hace apenas unas décadas.
Uruguay y Brasil crecieron más rápido que Argentina desde el crítico período 1999-2002, cuando los tres países bordearon la quiebra. Uruguay ha sido el más pujante y estable desde entonces; Argentina se estancó ya en 2008 y Brasil en 2014. Es previsible que Argentina inicie ahora un ciclo de expansión, en tanto la economía de Brasil, que parece un resorte comprimido listo para dar el salto, no termina de zafar debido a su sistema político caradura y corrupto y a la incertidumbre electoral.
Buena parte del éxito político de los K se basó en el pavoroso recuerdo de la sociedad argentina de los desastres de 2001. Pero un día eso dejó de alcanzar. Mauricio Macri, quien asumió en diciembre de 2015 el liderazgo de "un país en ruinas", ha sido cauteloso al ir desatando el nudo gordiano de controles que le legó Cristina Fernández, desde el mercado de cambios a las tarifas públicas, pasando por el comercio exterior. Pero ahora, tras el éxito electoral, irá más a fondo en las reformas, que son bastante obvias.
De este lado del Río de la Plata, los Kirchner sólo provocaron dolor y frustración: económica, política y afectiva; y un poco de vergüenza ajena. Las exportaciones uruguayas hacia Argentina, que en 1994 fueron el 20% del total, en 2015 cayeron al 4%. La mayor ayuda del ciclo kirchnerista para los uruguayos fue involuntaria: expulsó a una parte de sus empresarios más innovadores, empujó el auge agropecuario y turístico que fue clave en el despegue uruguayo, estimuló cierta unidad nacionalista cuando el boqueo del puente de Fray Bentos, y ayudó a la diferenciación positiva de los gobiernos frenteamplistas en el contexto latinoamericano.
El éxito uruguayo desde 2001 en comparación con Argentina no consistió en parecerse, sino en diferenciarse.
Las relaciones de Tabaré Vázquez y José Mujica con Néstor y Cristina fueron difíciles, cuando no imposibles. Macri, un liberal de
centro-derecha e hijo de un inmigrante enriquecido a la sombra del Estado, resulta ahora un alivio y una bendición, que incluso le puede permitir a Vázquez marcar perfil por izquierda, para consumo de cierta tribuna adepta.