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La masacre de la semana pasada en París ha consternado al mundo por lo que representa: el triunfo de la barbarie terrorista en una ciudad que es un símbolo de la civilización occidental y sus valores. En particular, de las libertades que se han dado los países de Occidente como sociedades abiertas por excelencia. Si en uno de esos tests psicológicos de asociación de ideas a uno le preguntaran por las dos ciudades que más identifica con la libertad, seguramente lo primero que respondería sería París y Nueva York, las dos ciudades atacadas con más saña por el terrorismo islámico en los últimos años.

Dicho esto, empero, sus muertos no deberían en rigor dolernos más que los muertos inocentes de Siria, más de 200 mil en los últimos cuatro años de conflicto, mayormente a manos de los mismos fanáticos que el viernes 13 de noviembre perpetraron la masacre en París. En estos cuatro años, las políticas de Barack Obama y Francois Hollande en Siria han sido desastrosas, armando y financiando terroristas que han pasado a engrosar las filas del Estado Islámico, por una razón estratégica bastante descabellada, y a la luz de los hechos, podría esgrimirse, suicida: propiciar el derrocamiento del régimen de Bachar al Asad en Damasco para impedir que Rusia pueda consolidar allí un aliado, en una zona de alto valor estratégico y energético.

Desde luego, el Levante representa un gran interés para las potencias. Es nada menos que la cabecera de playa al Mediterráneo de una región que alberga un tercio de las reservas mundiales de petróleo y gas natural. A lo largo de la historia, las potencias se la han disputado como botín, lo mismo que todos los viejos imperios –sin excepción– desde la Antigüedad. Y ahora la permanencia de Bachar al Asad al frente del gobierno de Siria significaba que Vladimir Putin tendría así un corredor de aliados desde Irán hasta el Mare Nostrum. Algo que Washington y París no estaban dispuestos a permitir.

Desde el punto de vista estratégico es entendible. Lo que no parece razonable en cambio es la estrategia en sí. Dejar las políticas en el terreno en manos de los cerebros de la CIA –los mismos que en 2002 y 2003 aseguraron una y otra vez la existencia de armas de destrucción masiva en Irak–, armar y financiar en Siria facciones rebeldes supuestamente "moderadas" y permitir el incendio del país y la expansión del terrorismo parece un ajedrez bastante demencial.

No era la manera, máxime cuando, desde hace tres años, el propio Putin y Asad le habían ofrecido a Washington compartir alianza en Siria para derrotar al terrorismo. Algo a lo que Obama y sus aliados se negaron permanentemente. Asad tenía que caer; eso era condición sine qua non. Querían en Damasco un gobierno que solo respondiera a Occidente. Fue a todas luces un acto de tozudez, de no saber pactar a tiempo, o no saber simplemente perder una pulseada, de las decenas que se disputan con Putin cada año.

Luego, a principios de octubre de este año, cuando Rusia comenzó a bombardear las posiciones del Estado Islámico en Siria, también se opusieron Washington y París, negándose incluso a coordinar acciones con Moscú para derrotar a los fanáticos del Califato. Aunque recién entonces (por primera vez desde la expansión del Estado Islámico a mediados del año pasado por todo el territorio sirio e iraquí), Francia inició sus bombardeos aéreos sobre los terroristas en Siria. Hace apenas un mes de eso, y lo que en definitiva le costó la abominable masacre de la semana pasada en su capital.

Ahora la sangre ha llegado al río. Ahora los muertos no son solo sirios. Ahora sí parecen haber entendido que la amenaza no era Asad, sino el Estado Islámico. Ahora sí lo van a combatir en Siria. Ojalá que no sea demasiado tarde.
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