Pero aunque la motivación es grande y los logros alcanzados son muchos, el barrio sigue siendo rehén de una realidad conflictiva que cada vez pone más obstáculos para estas organizaciones.
Para Ana Laura Scarenzio, trabajadora social de la obra San Vicente desde hace 20 años, Marconi ha sufrido cambios en este último tiempo. Algunos para bien, como la disposición de nuevos servicios médicos en la Policlínica de ASSE, la construcción de plazas y la incorporación de nuevos centros educativos gracias a las organizaciones sociales.
Sin embargo, todavía quedan vacíos que marginan al barrio y por desgracia, las instituciones por sí solas no pueden tapar.
"Todavía hay muchas cuestiones que tienen que ver con la vivienda y calidad de vida de las personas que no hemos podido como sociedad resolver, independientemente del gobierno de turno. Sigue habiendo viviendas muy precarias, sin saneamiento, sin la adecuada caminería. Muchas cosas que todavía no hacen al barrio como otros de la ciudad", sostuvo.
Para María Rosa Galván, maestra de inicial de 5 años en el colegio Banneux y vecina de Marconi de toda la vida, el problema está en la ausencia de una dinámica sobre cómo organizar el barrio por parte de las autoridades.
Dice que no se ha hecho un esfuerzo por reparar las veredas, el saneamiento es poco y la locomoción escasa. A esto se suma que los centros educativos sean privados y que si bien se construyó un liceo, este se encuentra en el barrio Borro y para llegar los jóvenes deben caminar casi 20 cuadras.
"A la dinámica de integración del barrio a la sociedad todavía le falta mucho. Estamos no solo aislados por kilómetros sino también por estas estructuras institucionales que no están dadas", opinó.
A esto se suman los problemas de inseguridad de lo que los disturbios de la semana pasada son solo un ejemplo. De las cuatro veces que la hermana Carmen estuvo en Marconi, nunca fue víctima de robo. Sin embargo, la hermana que la precedió en el centro no tuvo tanta suerte. Le robaron nueve veces seguidas, una de ellas en la puerta del Caif, y se llevaron el dinero para pagar el sueldo de los educadores. En otra ocasión incluso la golpearon.
No es normal
"Lo del otro día no fue normal y no queremos que sea normal", dijo preocupada Judith Amaral, maestra coordinadora del CAIF Santa Rita. Para ese día , las hermanas y los docentes habían planificado una fiesta con motivo del Día de la Madre. Todo estaba preparado pero mientras las familias llegaban al centro, las balas y gritos comenzaron a escucharse. De inmediato los festejos pasaron al segundo lugar . La prioridad fue resguardarse en los salones y entretener a los niños hasta que todo pasara.
La semana siguiente a los incidentes, el CAIF no abrió sus puertas ningún día. Convencidos de que "el tema" saldría en el aula, el cuerpo docente decidió tomarse el tiempo para reflexionar sobre lo ocurrido y decidir cómo abordarlo con los niños.
Pero más allá del caso concreto, quienes trabajan en el barrio saben que no será la última vez y es necesario tomar medidas pronto. La directora del colegio contó que en las últimas semanas las organizaciones sociales comenzaron a generar instancias de diálogo para intercambiar opiniones sobre el tema y comenzar a definir una estrategia de acción en conjunto.
El cambio como recompensa
Para Galván, Marconi lo es todo. El lugar de origen de su familia, cuando en 1957 su abuelo construyó una de las primeras casas del barrio. La zona donde se crió y descubrió su vocación. También donde se enamoró y formó una familia. Por todo esto María Rosa todavía elige vivir en Marconi. Pero además, elige trabajar como maestra para transmitir a los niños del barrio su mayor aprendizaje: "Con empeño siempre va a haber una recompensa".
Conoció la obra Banneux de niña cuando, gracias al apoyo económico que la institución brindó a su familia, ella y sus seis hermanos entraron al colegio. Allí pudieron estudiar y tener un lugar de respaldo mientras sus padres trabajaban. "Pasaba aquí desde las 8 hasta las 5 de la tarde. Ees una familia; así me siento desde que comencé", contó.
En la organización también descubrió su vocación por la docencia cuando la invitaron a ser catequista de adolescentes. Como si fuera poco, un año después de recibirse, en Banneux le ofrecieron integrar el cuerpo docente y convertirse en maestra de inicial de 5 años, lo que la llenó de orgullo. "Necesitaba poder volcar todo lo que me habían ayudado en mi vida. Estas experiencias son muy valiosas para mostrar a los demás que aunque estés inmerso en este medio se puede salir adelante", dijo.
La incorporación de exalumnos al cuerpo docente de los centros es algo que se repite también en Padre Cacho y en la Escuela de Oficios Don Bosco, que dirige en Marconi el Movimiento Tacurú de la congregación salesiana. Para las organizaciones, la incorporación de exalumnos es de las cosas que más recompensan, ya que evidencian que el progreso es posible; algo que ni la inseguridad ni las carencias pueden superar.
"Contar dentro del plantel docente con exalumnos para nosotros es un gran orgullo en una zona donde las estadísticas dan que muy pocos chiquilines terminan Secundaria. Y es pensar que con empeño y esfuerzo sí se puede", opinó Besteiro.
Los baluartes
Para la hermana Carmen, el rol de los docentes es invaluable para este tipo de organizaciones porque la motivación para concurrir todos los días y enfrentarse a todo tipo de situaciones solo responde a una cosa: "El amor por el barrio y la gente".
"Trabajar acá es una elección que hacemos porque nos gusta y realmente vale la pena. Si no pensáramos que se puede, no estaríamos acá", dijo Judith y la voz no le tembló, como tampoco lo hicieron las voces de los educadores de los restantes centros cuando se enfrentaron a la pregunta: "¿Por qué vale la pena?".
.
Es que es justo esa convicción lo que hace mover al barrio y lo que los hace sentir impotentes cuando los hechos de violencia como los vividos en los últimos días lo ponen en boca de todos, pero no como a ellos les gustaría. El Marconi que se convierte en centro de los medios y del que todos hablan, no es el que ellos conocen ni en el que confían, contó Besteiro."Este barrio como tantos otros tiene sus sombras, pero me animaría a decir que tiene más luces. Desde la cantidad de instituciones y asociaciones civiles que trabajan acá; el compromiso serio de centenares de trabajadores que ponen a disponibilidad sus conocimientos y esfuerzos para mejorar la situación del barrio; y desde las familias que luchan por forjar un futuro mejor para sus hijos. Ojalá que pudiéramos rescatar esto, las luces de Marconi", concluyó. l
Las organizaciones sociales que trabajan en la zona y lo que hacen
Escuela de oficios Don Bosco
Obra de la congregación católica Salesiana que trabaja en Marconi hace más de 40 años. Asisten cerca de 250 jóvenes de entre 12 y 17 años. El requisito es tener primaria completa. Allí se brindan cursos de carpintería, gastronomía, electricidad, corte y confección, con los que se puede validar Ciclo Básico completo.
Obra San Vicente del Padre Cacho
Fundada por un sacerdote de la Iglesia Católica. La obra lleva más de 40 años en el barrio y atiende entre 800 y 900 niños en un total de ocho centros educativos: cinco centros CAIF, dos clubes de niños y un centro juvenil. Además, ofrece un programa de capacitación e inserción laboral para clasificadores de residuos.
Colegio Obra Banneux
Obra social impulsada por el instituto secular Hermanas de la Natividad de María. Brinda educación inicial y primaria a 440 alumnos. Además, tiene un club de niños en convenio con el INAU que atiende a más de 210, y un proyecto de apoyo escolar a Secundaria al que concurren cerca de 60 adolescentes en contra horario al liceo.
CAIF Casa Cuna Santa Rita
Funciona como un centro CAIF que fue fundado por la congregación católicas Hermanas de la Compañía de la Caridad de San Vicente de Paul hace más de 40 años. Se atiende un total de 224 niños en dos programas, uno de educación inicial para niños de 2 y 3 años con atención diaria; y otro para madres y niños de manera semanal.