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Y un día Argentina cambió de rumbo. Fue por una diferencia mucho más ajustada de lo que se había predicho, lo cual deja la pauta de los sentimientos ambivalentes que tiene la sociedad: por un lado, el hartazgo por el estilo y las medidas de fondo de un modelo que luce agotado; por otro, la incertidumbre por lo que vendrá y la memoria fresca de crisis traumáticas.

Pero Mauricio Macri, contra todos los pronósticos, demostró que el cambio podía ser mayoritario y, acaso más increíble, que la victoria electoral era posible aun con prescindencia de la "pata peronista" en su coalición.

El nuevo presidente no es peronista, pero tampoco radical. Y trata, explícitamente, de convencer sobre la necesidad de un nuevo estilo político que resulte superador de las viejas antinomias del pasado. El tiempo dirá si lo logrará, pero por lo pronto ha recibido la luz verde para una misión específica: dar por finalizado el ciclo kirchnerista y hacerlo sin conmoción social.

Carrera contra reloj

La ansiedad de estas horas pasa por conocer los nombres de quienes tendrán a cargo la delicada tarea de desarmar la bomba sin que explote en las manos. Se habla con insistencia de alguien de "perfil desarrollista", lo cual aumenta las chances de Rogelio Frigerio, pero no excluye a Alfonso Prat Gay. Otros de aureola más "liberal", como Carlos Melconian y Federico Sturzenegger parecen haber perdido consenso.

En todo caso, lo que el equipo económico de Macri tiene claro es que la etapa económica que viene, el motor deberá, necesariamente, dejar de ser el consumo interno y pasar a ser la exportación. La crisis de las economías regionales implicará un rápido cambio impositivo y también la ayuda de un tipo de cambio más alto.

Las prioridades del plan macrista coinciden los puntos más oscuros de la gestión kirchnerista. Los apagones de cada verano son un doloroso recordatorio del fracaso y la imprevisión de la política energética. Y las tragedias de las inundaciones y los choques de trenes, las caras más tristes de la falta de infraestructura.

Pero la primera preocupación, en términos cronológicos, será la consecución de dólares. Es una tarea que empezará incluso antes del 10 de diciembre, en una suerte de carrera contra reloj de tres semanas en la cual se determinará qué tan convulsionado puede ser el primer verano macrista.

La consigna de desarmar el cepo implica la necesidad de contar con apoyos internos y externos. Y no alcanza con apenas gestos y frases de buena voluntad, sino que se necesitan dólares contantes y sonantes. Los productores sojeros que han mantenido "encanutada" su mercadería serán una clave, mientras en paralelo se inician los contactos con inversores del exterior.

Con un Banco Central que ha dado señales clarísimas de que su escasez de reservas entró en fase terminal, hay hasta temores de que haya una explosión financiera en estos días. Mientras tanto, el macrismo apurará la convocatoria a un pacto social. Y confiará en que desde ahora hasta marzo –cuando comiencen las paritarias- tendrá tiempo de mostrar un panorama estabilizado y con inflación en baja.

El gran desafío

Es probable que la palabra más pronunciada en los próximos días –además de "dólar"- sea "gobernabilidad".

Es la clave que determinará si la experiencia macrista será exitosa o si continúa la saga de gobiernos no peronistas que se muestran débiles e inoperantes. Contará, en principio, con algunas ventajas que otros no tuvieron, como la inestimable gobernación de la provincia de Buenos Aires, el bastión histórico del peronismo.

Pero con eso no va a ser suficiente. Se necesitará una legión de profesionales experimentados en la gestión pública, una tarea para la cual es probable que Macri deba recostarse sobre la Unión Cívica Radical.

Y, sobre todo, se necesitará una gran "muñeca" política en el Congreso. Ya todos tienen asumido que en ese escenario se definirá buena parte del debate político y la agenda nacional en los próximos cuatro años, a diferencia de lo ocurrido durante la era K.

Y allí Macri, sin mayoría propia, va a tener que pactar y negociar. Con Sergio Massa, que el domingo dio una conferencia de prensa en la cual pareció mostrarse como un garante de esa gobernabilidad.

El mensaje pareció claro: su fuerza puede ser facilitadora de la gestión macrista... o puede transformarse en su principal oposición.

Pero Macri también deberá negociar con el peronismo que resurja de la derrota, acaso liderado por el salteño Juan Manuel Urtubey. Y, por qué no, con el propio Scioli, que una vez asimilado el golpe de la derrota, dejará aflorar las coincidencias que siempre tuvo con el presidente electo.

Y un factor importante en el nuevo panorama, naturalmente, será Cristina Fernández. Decidida a liderar la oposición y reivindicar los "logros" de su gestión, contará con una fuerte base de apoyo político. Es probable que la presidenta, a esta hora, lejos de estar triste, festeje el casi 49% de adhesión a su "proyecto", y esté decidida a hacer valer ese capital político.
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