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Las verdaderas tormentas externas

Las grandes potencias pueden aplicar políticas equivocadas y nocivas para sus contribuyentes. Los países pequeños no pueden caer en el error de copiarlos

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11 de septiembre de 2018 a las 05:04

Es una práctica común en los gobiernos populistas de cualquier velocidad y estilo de reparto, culpar a crisis externas que “les caen sobre las cabezas” al decir de la cleptofilósofa Cristina Kirchner, de los pesares y torpezas de sus economías. Casi siempre se trata de excusas baratas que la sociedad compra a veces por resignación, otras por conveniencia, siempre por irreflexión. 
Muchas de esas crisis externas no suelen serlo, son sólo un remedo del enemigo exterior, como el creado por el Big Brother de George Orwell para enervar las críticas galvanizando el nacionalismo. 

En otros casos, la imprevisión y la repartija irresponsable, lo que técnicamente se llama políticas procíclicas, deja a un país en tal estado de fragilidad que cualquier céfiro se percibe como un vendaval. También se disimulan, al poner la culpa afuera, las rigideces de los sistemas laborales y del proteccionismo industrial y las restricciones al libre comercio, que suelen tender a agravarse y mostrar sus efectos sin necesidad de la  dificultad exógena.  
Muchos gobiernos perciben como drama cualquier avatar del mercado global que le restrinja su crédito, imprescindible para financiar el populismo y otros formatos deficitarios y de nulo crecimiento. 

Que las tasas de interés internacional suban, por caso, es percibido como una grave situación, como se ve en Europa, cuyo gasto público ya excede en promedio el 50% del PBI, y que ha subsistido gracias al subsidio que el sistema mundial le otorgó a los grandes banqueros ladrones del primer mundo, temeroso de que la prisión que merecían con creces dañara al capitalismo. Para evitarlo, paradojalmente, torpedearon a ese capitalismo -que decían querer salvar-  bajo la línea de flotación, al mandar a cero o a negativa la tasa de interés, esencia, semilla y razón del capital. 

En esa kermese financiera del viva la pepa, muchos gobernantes se creyeron estadistas y ganaron elecciones una tras otra, repartieron bienestar y sirvieron para mostrar al mundo como prueba de que las políticas de reparto eran exitosas, argumento tras del cual venía el ejemplo de una larga lista de estados irresponsables endeudados. Ahora, la perspectiva de tener que pagar intereses adecuados por esas deudas es percibida como una amenaza mayor, como un tsunami demoledor global. El líder no ungido de este movimiento es Donald Trump, que además de desautorizar a su propio sistema de inteligencia, ataca a la FED por subir las tasas, y no falta demasiado para que la acuse de ser un enemigo del pueblo. Trump encarna por derecho propio el razonamiento simplista, conveniente, irresponsable y deliberadamente ignorante de vastos sectores de la sociedad mundial, que aman ser subsidiadas por el estado, besan su mano protectora salarial y laboral, y si son empresarios, quieren conseguir su protección mediante aranceles, trabas aduaneras o simplemente de prepotencia.  Y ahí empiezan a gestarse las tormentas verdaderas, que aunque todavía no se perciban claramente, se ciernen como huracanes devastadores. Y en ese ranking Trump y las políticas que él representa y defiende, constituyen la gran amenaza real para el bienestar de los países, en particular los emergentes. El TLCAN que está firmando con México y casi seguro con Canadá, incorpora criterios peligrosísimos, que ya se instauraban en el Tratado Transpacífico, que fue percibido como un acuerdo de libre comercio, aunque en realidad es proteccionismo quirúrgico. 
El nuevo tratado determina que para poder exportar a EEUU, México tiene que otorgar condiciones laborales y salarios no menores a ciertos valores obligatorios, sueldos, cláusulas contractuales, ambientales, seguridad social y similares. Aparentemente, se trata de una cuestión justa, pero en realidad es un torpedo contra el concepto de maquiladora, que fue el que sacó a México de la miseria. Lo que sostiene EEUU es que es injusto competirle con salarios y condiciones laborales menores a las suyas. Nada más perverso y cruel. 

Los países pobres, desde Japón de la posguerra, pasando por Corea, Taiwan, Malasia y el que se quiera nombrar, sólo pueden competir usando su miseria como materia prima. Una vez que sus productos se venden, por una cuestión elemental de mercado, ni siquiera por justicia, la demanda laboral crece y obliga a elevar los salarios y los beneficios laborales a los trabajadores. Eso pasó en todos los casos de países exitosos. China paga hoy sueldos más altos que EEUU en los sectores de producción donde compite exitosamente. 
Si se hubiera aplicado un tratado como el que se plantea con México al comienzo de la globalización, los países permanecerían eternamente pobres y sus trabajadores no serían trabajadores y continuarían en la miseria. Como complemento de esa perversidad está el proteccionismo impositivo. Lo que sostienen los miembros de la OCDE, proteccionista a ultranza, más allá de las declaraciones, es que el resto de los países deben gravar a sus contribuyentes con tasas que se parezcan a las que ellos cobran. Esa práctica evita todo tipo de competencia, encarece el intercambio, y le quita a los mercados emergentes una de las pocas herramientas de competitividad que pueden usar. Peor aún son las ideas de poner impuestos universales a la riqueza para redistribuirla entre los pobres, que acelera los efectos destructivos sobre las economías que intentan emerger. La OCDE quiere globalizar su populismo ilustrado. 

Si se les obliga a subir sus costos laborales a niveles semejantes a los países desarrollados, al igual que sus costos impositivos, países como Uruguay, Argentina y aún México, vuelven a su unánime destino pastoril, sin ninguna opción para llegar a participar del comercio mundial de bienes industrializados o servicios, que son los que generan el crecimiento. Curiosamente, estos países que necesitan desarrollar sus mercados para mejorar y generalizar el bienestar de su población con el comercio, hacen a veces lo mismo -por su cuenta- que se les quiere obligar a hacer con estos tratados e imposiciones. Suben sus costos salariales, laborales e impositivos irrazonablemente, antes de lograr niveles de volumen y competitividad que justifiquen esos aumentos y esos gastos en bienestar. Y efectivamente, terminan siendo pastoriles, o siguen siéndolo sin darse ninguna oportunidad.  Estas tendencias globales facilistas, utilitarias y sectoriales, finalmente encarecen la vida de los consumidores, como pasará con los americanos, pero eso no le interesa demasiado a los Trumps del mundo, que vienen buscando una inflación salvadora que licue las deudas públicas y privadas. Por eso el magnate fallido pretende que la FED no suba las tasas, para garantizar esa licuación.

Y por eso tiene que evitar la competencia de los que pueden venderle productos más baratos que castiguen esa inflación interna producto de la mengua de la libertad de comercio del proteccionismo ignorante. 
Estas son las verdaderas tormentas latentes. Que muchas sociedades prefieren desestimar o no ver porque en algún punto coinciden con su sueño de progreso sin esfuerzo, aferradas a lo que creen su derecho a no trabajar ni producir eficientemente ni ahorrar como base de su bienestar, sino a esperar que algún nuevo señor feudal milagroso les garantice su felicidad y su seguridad. 
Y lo peor de las crisis externas acontece cuando los países que luchan por ser emergentes y dejar de ser vendedores medievales de materia prima explotados, creen que son inteligentes y copian las ideas de los Trumps del mundo. Y ahí se eternizan en la condición que los hace esclavos.

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