Después de la crucifixión que marcó para siempre la carne y el espíritu de millones de humanos, la temprana cristiandad se escondió como pudo de sus tempranos perseguidores y, contra todo pronóstico, no solo sobrevivió a sus estigmas sino que creó instituciones que la encumbraron en lo más alto del poder religioso y político. Mucho más allá de Roma, los cristianos fueron ganando adeptos en el nombre de Jesús y, tiempo después, comulgaron con esa Iglesia católica que, a veces impiadosa y otras con una innegable caridad, impuso o repartió su doctrina en todo Occidente.
Los cristianos vuelven a la resistencia
La historia los muestra muy lejos de los años en los que el poder les era propicio