Nacional > ANÁLISIS GONZALO FERREIRA

Los que piden "otra dictadura" y los que odian "a los pichis"

La oposición tendrá en sus propios radicales a uno de los enemigos más importantes para ganarle al Frente Amplio

Tiempo de lectura: -'

11 de agosto de 2018 a las 05:00

Quince años de gobierno frenteamplista acostumbraron a los uruguayos a pensar, cada vez que se escucha la palabra "radicales", en políticos o militantes de izquierda. Pero con la campaña aproximándose y en un escenario en principio mucho más competitivo que en las últimas tres elecciones, uno de los mayores riesgos que tienen blancos y colorados son sus propios radicales.

Que estén callados no quiere decir que no los tengan. Es sintomático el episodio de esta semana del presidente de la Junta Departamental de Tacuarembó, el nacionalista Felipe Bruno, que aseguró que "va a tener que venir otra dictadura para que estos sabandijas (por el FA) se terminen".

Felipe Bruno presidente Junta Departamental de Tacuarembó

Este caso da la pauta de cómo hay militantes que desde dentro de los partidos tradicionales tienen pensamientos de extrema derecha. Y convivir políticamente con esa gente (así como le pasa a los sectores mayoritarios del Frente Amplio, que tienen que hacerlo con los grupos más radicales) le puede generar problemas muy grandes en la campaña electoral a los blancos y los colorados.

En Uruguay las elecciones se ganan en el medio. Siempre ha sido así, pero mucho más en esta oportunidad. El desafío de la oposición está en conquistar a los desencantados: en lograr que algunos de los ciudadanos que votaron al Frente Amplio salten el muro.

La estrategia de los líderes es clara en ese sentido. Son críticos y duros con el FA, pero no explicitan (¿las tienen?) ideas de derecha. Si lo hacen, por ejemplo en áreas como la seguridad donde hay más campo para ellas por la sensibilidad de toda la ciudadanía, son medidos e incluso con discrepancias internas.

Lea también: Dirigente blanco de Tacuarembó: "No sé si no va a tener que venir otra dictadura para que estos sabandijas se terminen"

En sus discursos, Luis Lacalle Pou pone especial énfasis en las políticas sociales. Promete llevar el Ministerio de Desarrollo Social a Casavalle y es una de las secretarías de Estado en la que designará, si es electo, a alguien de su círculo cercano. Quiere allí a alguien de su extrema confianza. Simbólicamente es muy fuerte el mensaje que pasa. De esta manera busca bajar el muro. Propone cosas que pueden sintonizar con el votante del medio, que puede dudar entre el FA y la oposición.

De Ernesto Talvi, que esta semana saldrá a la cancha, todavía no hay señales programáticas concretas. Pero solo con seguir su discurso desde Ceres, se puede apreciar la importancia que le da a la educación para transformar al país. La experiencia de los liceos gratuitos de gestión privada propone extenderla a la educación pública como solución a los problemas sociales.

Lea también: "Nos dimos cuenta de que no alcanza solamente con hablarle a las élites"

¿Se puede decir que estos enfoques son de izquierda? Seguramente no. Pero es innegable que rozan una sensibilidad especial de la izquierda.

El desafío de los opositores es hacer convivir ese discurso y esas propuesta con votantes y militantes que hablan de "los pichis" para referirse a los pobres. Esas voces, que piden cortar a cero las políticas asistencialistas, se expresan en las redes sociales y se escuchan a diario en la vida cotidiana.

Allí se empieza a observar una grieta entre el discurso de los dirigentes y el pensamiento de algunos de sus votantes del cerno más duro. Bruno era hasta esta semana un ignoto dirigente para la opinión pública nacional. Sin embargo lo que dijo fue tan extremo que tuvo un alcance muy fuerte.

El Frente Amplio ya demostró en las últimas campañas que es muy efectivo en encontrar los deslices de sus contrincantes para hacerlos masivos y exponer estos pensamientos radicales.

Los casos más resonantes son los de la campaña del 2009, cuando el FA logró exponer y utilizar en campaña dichos y pensamientos del candidato Luis Lacalle Herrera que iban en el sentido de lo que quieren escuchar esas bases (la motosierra, las "duchas para pobres" y el "sucucho" de Mujica, por ejemplo).

En 2019, si se da un escenario en el que blancos y colorados se sientan con más posibilidades de ganador e incluso alentados por la competencia interna entre sectores por conseguir más bancas que sus compañeros de coalición, muchos dirigentes se pueden ver tentados de ir a pescar en entre los "radicales" propios.

Algunos indicadores dicen que hay peces ávidos de propuestas más autoritarias. El Latinobarómetro de los últimos dos años lo demostró. En 2016 el apoyo a la democracia tuvo una caída abrupta de ocho puntos en relación al año anterior (68%). Al año siguiente subió dos puntos (70%). Son los dos valores más bajos en 22 años de medición.

Un valor que se midió en el informe de 2016 (no se indaga todos los años) es el del "autoritarismo social". Allí se preguntó por la "mano dura" y en Uruguay el salto de gente que la pide fue enorme. El 71% respondió que "no viene mal". En 2004, 45,8% creía eso y 45,9% consideraba que "no es buena" la mano dura. En 1995, el indicador era aún más bajo: solo 32,2% creía que "no viene mal" la mano dura. Por tanto, en 21 años el salto fue de 39 puntos porcentuales.

Lea también: Luces amarillas para la democracia.

Otro valor analizado en 2016 fue la dicotomía que se plantean las sociedades entre "orden" y "libertad". En América Latina, "en la última década ha disminuido desde 60% (2006) a 52% en 2016 la demanda por una sociedad ordenada a costa de la disminución de libertades". Pero en Uruguay el cambio de la tendencia es en sentido contrario: 58% prioriza el orden (10 puntos más que hace 10 años). En 2016, 39% dijo que prefiere vivir "en una sociedad donde se respeten todos los derechos y libertades, aunque haya algún desorden". En 2006, la opción era preferida por el 46%.

El desenlace del caso de Bruno será importante para observar cómo se comportarán en campaña los partidos de oposición con los descarriados del discurso de centro trazado por los líderes.

La decisión de Talvi de elegir muy bien quiénes serán los dirigentes que lo rodearán, trajo polémica en la interna colorada. Pero también es una forma de minimizar estos riesgos.

Después de sus dichos, el dirigente de Tacuarembó envió una carta en la que si bien pidió disculpas, también tiró más leña al fuego al señalar que "es tan grande el grado de impunidad del Frente Amplio que parece que solamente una fuerza superior como la de un gobierno de facto podría poner freno a esta corrupción". Ahora la pelota está en el Directorio blanco, para decidir si quiere entre sus filas a personas que piensan como Bruno.

Comentarios