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Mejor, volar con la imaginación

Un poeta estadounidense volaba alto con las palabras, pero temía volar en avión

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30 de junio de 2018 a las 05:00

Los jugadores de Arabia Saudita tuvieron una experiencia de miedo días antes del partido contra Uruguay, luego de que el avión en el que viajaban sufriera un percance mecánico en el aire. Podría haber sido catastrófico. La experiencia, al parecer, los despertó; los hizo reaccionar. Después de ser goleados 5-0 por Rusia, jugaron un partido muy digno contra la selección uruguaya, y ganaron luego el último partido de la serie, 2-1 contra Egipto, primer partido en ganar en un mundial desde 1994.

Según leía días atrás, muchos futbolistas, lo mismo que millones de personas en todo el mundo, temen volar en avión, y si lo hacen es por obligación, como parte de la labor que desempeñan. Seguramente los encargados de las delegaciones les dicen que no tengan miedo, que viajar en avión es seguro –lo cual es cierto– incluso más seguro que hacer un viaje en carretera. Las cifras dan razón a esta opinión, considerando que el año pasado no hubo un solo accidente con muertos que involucrara a una aerolínea comercial.

Claro está, la seguridad aérea no es permanente. En lo que va de 2018 ya hubo accidentes, por lo que el sentido de vulnerabilidad al subir a un avión regresó a los pasajeros, sobre todo aquellos que encima de una nave metálica volando a mucha velocidad imaginan los peores escenarios. Además, el gran misterio de la historia de la aeronavegación, la desaparición del avión Boeing 777 de Malaysia Airlines el 8 de marzo de 2014, sigue sin aclararse, lo cual parece increíble y supera los límites de la ficción.
Después de tantos progresos conseguidos por la tecnología aeronáutica en las últimas décadas, el miedo a volar continúa presente como en los tiempos cuando cruzábamos los océanos en aviones con motores a hélice. Los aviones se siguen cayendo, o desapareciendo sin dejar rastros. En esto seguimos tan igual como hace tres décadas, cuando Howard Nemerov (1920-1991) entraba en pánico cada vez que tenía un viaje a la vista. Recuerdo la tarde a mediados de la inolvidable década de 1980 cuando el gran poeta estadounidense nos dijo: "La vida es más corta de lo que uno piensa. A veces perdemos noción verdadera de la velocidad a la que se marcha".

Nemerov, premio Pulitzer y durante dos períodos, 1963-1964 y 1988-1990, poeta laureado (nombrado por el Congreso de EEUU), siempre tenía algún comentario lúcido para decir, incluso cuando el silencio parecía ser la única otra alternativa. Las palabras estaban de su lado con inaudita frecuencia, y no solo cuando escribía poesía. También aquella mañana fría en el aeropuerto de St. Louis, Missouri, a fines de la década mencionada, con la nieve cayendo sobre el ruidoso lugar donde gente y aviones iban y venían, aunque los minutos y las horas solo se fueran para no volver.

La historia es la siguiente. Nemerov nos había pedido que lo lleváramos al aeropuerto pues tenía que volar a una ciudad en la costa este. Cerca de Nueva York, o por ahí. Nemerov era un poeta prestigioso y lo invitaban de distintos lugares. "¿A qué hora lo pasamos a buscar?" "A las nueve", dijo el venerable profesor sin necesidad de haberlo ensayado. En un día con nubes y nieve, las nueve de la mañana no es lo mismo que las nueve de la mañana en verano, cuando uno puede estar en paz con su cuerpo, nadando en el agua fría y sintiéndose feliz. A las nueve de la mañana de un día de enero (hemisferio norte), uno siente la tortura de varias cosas: el aire, el viento, la nieve siempre a punto de caer, dos pies congelados y el resto del cuerpo en el mismo estado. A esa hora llevamos al poeta al aeropuerto. De pronto ya estábamos ahí.

Era el mundo pre 11 de setiembre de 2001. Nemerov despachó rápidamente sus valijas y nos dijo: "Vamos a tomar algo". Era nuestro profesor preferido y sentíamos no solo respeto, sino honor por estar con él a esa hora y en ese día que había dejado de ser igual a los demás. Como de la nada se me ocurrió preguntarle, temiendo que tanta conversación lo hubiera distraído: "¿A qué hora sale su avión?". "A la una de la tarde", respondió, dejando a sus dos acompañantes helados (ya lo estábamos, pero después de esta frase más). Eran recién las nueve y pico. Tratando de disimular el asombro (y no era nada más que eso pues algunas horas gratis con el poeta significaban una bendición), volvimos a preguntar: "¿Y por qué vinimos tan temprano si su avión sale dentro de cuatro horas?". Mientras levantaba una mano para llamar al mozo, Nemerov respondió: "Odio volar. Si no me tomo unos gin tonics antes, no me animo a subir a un avión. No me gustaría morir en uno de esos aparatos". La respuesta fue tan convincente que nos ofrecimos a llevarlo al aeropuerto cada vez que necesitara viajar. Incluso estábamos dispuestos a llegar la noche anterior para poder compartir sus conversaciones. Pero ahí no acaba la historia.

Tiempo después –no mucho– supimos que Nemerov tenía cáncer y que sus días estaban contados. De esa enfermedad murió a los pocos meses. Pero antes tuvimos tiempo de aprender algunas cosas con el maestro que siempre llegaba temprano al aula y era el último en irse; mejor dicho, la clase podía continuar en la cafetería de la universidad, pues el secreto de la vida es vivir con intensidad el momento en que uno está vivo. El resto son lecciones gratis de metafísica o la ilusión de sentirse presentes con menos. Con Nemerov, dentro y fuera del salón de clase aprendimos que la muerte no es la misma en cualquier lugar y menos donde a cada cual le toca vivir. Para quienes aman volar, puede ser más atractivo esperarla en un avión donde viene acompañada de altura. En cambio, para quienes odian volar es preferible esperarla en un hospital rodeado de catéteres que resultan inútiles escudos contra ella, la gran dama negra que puede traspasar cualquier región del cuerpo.

Howard Nemerov odiaba volar y necesitaba tomarse varios vasos del mismo trago (también preferido por Winston Churchill) antes de abrocharse el cinturón de seguridad, pero murió casi en la misma aérea formal: en un espacio cerrado, como es la habitación de un enfermo, que no lleva al espacio, pero reduce totalmente el espacio de esta vida, el cual, no es demasiado amplio que digamos. Nemerov entró al hospital sabiendo que no saldría vivo, pero al mismo tiempo tenía claro que allí no tendría la angustia claustrofóbica que tiene alguien que muere estrellado en un avión o en cualquier cosa que vuele y que en determinando momento deja de hacerlo.

La imagen y presencia del gran poeta me viene al presente cada vez que ocurre un accidente de aviación, o casi hay uno, como el de los sauditas, y pienso, por ejemplo, en el horror acompañado de agonía que deben haber sufrido quienes vieron terminar sus vidas a bordo de un avión. Qué misterio. ¿Qué ha de pasar por sus mentes cuando la nave convertida en emisaria de la muerte enfila rumbo al fin, al impacto peor de todos? ¿Pueden imaginarlo? Difícil. Hay que estar ahí para poder tener noción sobre el horror con forma de cuenta regresiva.

Encomendados a Dios –quiero creer que sí–, a todos les debe pasar por la cabeza la penúltima sonrisa de sus familiares, el último momento feliz, si lo hubo, la imagen de los hijos, de su pareja, de la madre, de la primera vez del amor, de la mano que les dijo adiós mientras la vida ya viajaba a otra parte. Después vino todo lo demás: los días finales de sus vidas antes del fin y la incierta seguridad de que una nave supuestamente confiable sería menos peligrosa que un cáncer o que el ébola. Pero la vida –y también la muerte– no se fija en esos detalles a la postre insignificantes. Tanto arriesga su vida aquel que está en su casa cambiando de canal con el control remoto porque se cansó de ver demasiados partidos de fútbol en tan pocos días, como quienes suben a un avión y temen que el fin llegue con el cinturón de seguridad bien ajustado. Para olvidarse de estos pequeños detalles de la mortalidad, tan acechantes cuando menos lo pensamos, el gran Howard Nemerov, poeta hasta cuando estaba con sus estudiantes en el aeropuerto, se tomaba varios gin tonics antes de volar y sentir que la vida, por unas horas, era más vulnerable que nunca.

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