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Frustrado el TISA y congelados otros acuerdos de intercambio por la reticencia ideológica de la mayoría del Frente Amplio a siquiera negociar sobre la apertura comercial, las esperanzas uruguayas de incrementar ingresos a través de desgravaciones arancelarias se centran ahora en dos posibles tratados de libre comercio. Uno, que languidece desde hace casi dos décadas: es el del Mercosur con la Unión Europea (UE). El otro, aún en pañales, es el que se negocia con China por fuera del bloque regional. El canciller Rodolfo Nin Novoa informó que los cuatro países del Mercosur que están en el tema finalmente acordaron una lista de desgravaciones que abarca el 87% de los bienes y servicios. El porcentaje supera al 80% en que estaba trancada la propuesta mercosureña debido a la renuencia de la Argentina kirchnerista a deponer su exacerbado proteccionismo.

Nin Novoa hizo el anuncio después de reunirse con el canciller argentino Héctor Timerman para concretar la lista ampliada. Es un avance importante siempre y cuando el régimen kirchnerista no vuelva a dar marcha atrás, como ha sido su costumbre, y a que mantenga la lista el gobierno que surgirá de la elección presidencial del 27 de octubre. La nueva propuesta incluye 10 mil bienes y servicios de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, ya que los otros dos miembros del Mercosur, Venezuela y Bolivia, no participan del eventual acuerdo con Europa. Si la UE considera aceptable la nueva lista, presumiblemente volverá a ponerse en marcha la negociación hacia un TLC que, si finalmente se concreta, le significará al país un ahorro anual de unos US$ 600 millones por desgravación arancelaria, según estimó Nin Novoa.

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Más lejano pero eventualmente de mayor impacto puede ser un TLC con China, en etapa preliminar de negociación. China, pese a la incertidumbre que rodea a su debilitada economía, sigue siendo nuestro principal mercado de exportación, por lo que un TLC implicaría mayor intercambio con la potencia asiática, con aumento exportador del golpeado sector lácteo. Igualmente trascendente es que nos pondría en pie de igualdad con Nueva Zelanda, que ya tiene un TLC de bienes y servicios con Pekín. Como esa nación de Oceanía compite directamente con Uruguay en los principales rubros de exportación, la ausencia de un comercio liberalizado nos mantendría en posición desventajosa porque seguiríamos gravados por aranceles de importación que los neozelandeses no pagan. El éxito de un acuerdo con China, sin embargo, enfrenta dos obstáculos. Uno es poder concretarlo por fuera del Mercosur, meta en la que Uruguay tiene que empeñarse pese a que los socios mayores hasta ahora impiden los tratados bilaterales. El otro será la resistencia de productores nacionales, que pueden verse perjudicados por la competencia de productos chinos más baratos.

Los grupos conservadores del FA aceptan un TLC con Europa y presumiblemente no objetarán uno con China, que profesa su adhesión política al comunismo aunque practica sabiamente una economía de mercado. Esos sectores de la izquierda vernácula ya hicieron fracasar un ventajoso TLC que nos ofreció Estados Unidos durante la primera presidencia de Tabaré Vázquez. En su segundo período acaban de forzar el retiro uruguayo de las negociaciones de 25 países sobre un acuerdo de liberación de servicios, posición que algún día tendrán que deponer si realmente quieren que Uruguay se desarrolle y su población viva mejor.

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