La reducción de aranceles, la ampliación de cuotas y, sobre todo, el reconocimiento de atributos que el país ya posee –como la trazabilidad ganadera, la ausencia de deforestación y una matriz energética renovable–, abren una oportunidad para posicionar la producción uruguaya en uno de los mercados más exigentes y sofisticados del mundo.
A un marco que ya se sabía favorable, se suma la suspensión desde esta semana del acceso de la carne vacuna y otros productos de Brasil al bloque europeo, una coincidencia en el tiempo azarosa y que potencia una nueva lógica.
Uruguay llega bien posicionado
Vanessa Mock, directora de la Sección de Comercio y Economía de la UE para Uruguay y Paraguay, destacó que Uruguay llega “bien posicionado” a un acuerdo que calificó como especial para Europa por su tamaño y ambición, y porque durante años pareció difícil de concretar.
Para Mock, los elevados estándares europeos son una ventaja para Uruguay. La exigencia ambiental y sanitaria genera debates incluso dentro de la propia UE, pero el país ya ha demostrado que puede cumplirlos. Un ejemplo es la normativa de libre deforestación: Uruguay está considerado de bajo riesgo y no enfrenta un problema estructural de pérdida de bosques. A eso se suman la trazabilidad y el control del origen de la producción.
También este cumplimiento funciona como un trampolín hacia otras regiones como el EFTA, integrado por Noruega, Suiza, Islandia y Liechtenstein. El hecho de que se haya acordado con la UE da más confianza a los futuros socios –como Canadá o Japón– y, dentro del Mercosur, Uruguay da más confianza aún.
La autoridad europea destacó especialmente la calidad de la miel y los vinos de Uruguay y manifestó su convicción de que lograrán un lugar en las góndolas europeas.
Un acuerdo que también es geopolítico
Nicolás Albertoni, exsubsecretario de Relaciones Exteriores, recordó que el acuerdo tiene tres dimensiones: comercio, diálogo político y cooperación.
Para un inversor internacional, contar con un acuerdo que otorgue certidumbre y vincule políticamente a los gobiernos puede ser un elemento determinante a la hora de elegir dónde instalar capital.
El capítulo de cooperación también abre posibilidades para sectores como el agro, el riego y la educación: un “mundo inexplorado” que puede favorecer especialmente a Uruguay.
La experiencia de otros acuerdos analizada por el BID muestra, además, un crecimiento enorme en la inversión extranjera directa de origen europeo en los países con los que el bloque firma acuerdos, como sucedió en Chile.
Por su parte Blanca Gómez, coordinadora de Proyectos Agroindustriales de Latitud/Fundación LATU, remarcó los potenciales de agregado de valor que tiene el acuerdo para acelerar el pasaje de la exportación de materias primas a la exportación de ingredientes, alimentos y otros productos de alto valor agregado.
Consideró que habrá una migración de materias primas a productos de alto valor tecnológico y ejemplificó con subproductos cárnicos de alto valor, entre ellos el colágeno, una proteína que tiene diversos usos desde alimenticios a cosméticos.
Enfatizó en las características únicas de Uruguay dentro del Mercosur para avanzar rápidamente en esta diversificación virtuosa.
Carne: más acceso, con diferenciación
En el sector cárnico, el cambio puede ser especialmente significativo. Álvaro Pereira, gerente de Acceso a Mercados del Instituto Nacional de Carnes (INAC), señaló que el crecimiento en el mercado europeo ya se viene dando: en los últimos dos años Uruguay exporta volúmenes crecientes, incluso por encima de las cuotas, pagando el arancel completo.
Pereira identifica una coincidencia particularmente favorable entre el sistema productivo uruguayo, las demandas del consumidor europeo y la regulación del bloque.
La capacidad de producir carne sin hormonas, libre de antibióticos y sin deforestación conecta con las exigencias del regulador y, al mismo tiempo, con las preferencias de una parte creciente de los consumidores.
Elizabeth Misa, presidente de la Asociación de la Industria Frigorífica (ADIFU), puso la oportunidad uruguaya en perspectiva. El país exporta alrededor del 80% de la carne que produce, pero incluso una cuota ampliada sigue siendo pequeña frente al tamaño del mercado europeo. Las 99.000 toneladas que terminarían conformando el cupo representan apenas 1,5% de la producción europea, equivalentes a unos 220 gramos por habitante de la Unión Europea al año: dos hamburguesas.
Para Uruguay, sin embargo, la diferencia es enorme. Y por su limitado volumen productivo, el país no puede competir en volumen con Brasil o Argentina. La competencia debe darse por atributos.
Los casi 9 millones de hectáreas de pastizales naturales, la matriz energética basada en fuentes renovables y la posibilidad de medir y demostrar atributos ambientales son parte de ese diferencial.
“Por volumen no vamos a pelear”, resumió, sino por sostenibilidad y calidad.
Ese posicionamiento adquiere especial importancia en un mundo en el que el cambio climático modifica las preferencias de los consumidores.
La inocuidad aparece como otro desafío creciente.
Marcelo Secco, CEO de MBRF (ex Marfrig), señaló que China es un caso especialmente exigente, pero la enseñanza es más amplia: Uruguay no puede dejar flancos que permitan a determinados actores o mercados condicionar su crecimiento exportador.
Detrás de las turbulencias coyunturales, Pereira observa fundamentos favorables: una demanda mundial de proteínas que se mantiene firme, un faltante estructural de ganado y una producción europea en declive gradual.
El arroz y las oleaginosas
En arroz, la UE ya es un mercado relevante. Cecilia Pattarino, gerente de la Asociación Cultivadores de Arroz (ACA), señaló que Uruguay exportó unas 200.000 toneladas a Europa en el último año, por alrededor de US$ 110 millones, equivalente a 25% de las exportaciones arroceras del país.
El nuevo cupo de 60.000 toneladas para todo el Mercosur puede parecer reducido, pero Pattarino lo considera positivo, especialmente por la posición que ya ocupa Uruguay, con el 60% del volumen que el Mercosur envía a la UE.
La expectativa del sector es que Uruguay logre una proporción importante de la nueva cuota, aprovechando la ventaja que ya construyó en Europa.
En granos, Fernando Villamil, de Agrosud, entiende que el principal impacto del acuerdo estará en los productos oleaginosos. El cambio no es necesariamente arancelario: muchos de esos productos ya ingresaban con tasa cero. La diferencia está en las condiciones de acceso, especialmente en calidad, inocuidad y requisitos ambientales.
La condición de Uruguay como país de bajo riesgo en materia de deforestación vuelve a aparecer como una ventaja comparativa. Villamil señaló que el país cuenta además con una amplia red de plantas de acopio, infraestructura portuaria eficiente y una escala que facilita la segregación de productos.
Pero para transformar esa capacidad en competitividad será necesario construir sistemas confiables de registro y trazabilidad desde el predio hasta las plantas de silos y las terminales.
La soja seguirá teniendo a China como destino dominante: en los últimos 10 años ese mercado representó 74% de las exportaciones uruguayas de soja, mientras Europa no llegó a superar el 4% y no se esperan grandes cambios.
La situación es diferente para la colza, cuyas exportaciones de la última década se dirigieron en 42% a Europa y 47% al Reino Unido, mercados con exigencias similares. Allí la oportunidad pasa por consolidar y aumentar un flujo comercial ya existente.
El girasol también puede abrir una nueva puerta. El crecimiento del área sembrada y los buenos precios de los aceites pueden generar saldos exportables que deberían mirar hacia Europa.
Villamil observa además una posibilidad para la industria nacional.
Las certificaciones ambientales y de trazabilidad pueden extenderse a harinas proteicas y aceites, facilitando su exportación y, eventualmente, atrayendo inversión extranjera para procesar oleaginosas en Uruguay.
Los desafíos, sin embargo, son concretos. Se necesita un sistema de registros, protocolos y especialmente analítica que genere confianza en las certificaciones y mejorar las capacidades de los laboratorios. Algunos análisis exigidos por Europa hoy deben realizarse en destino, cuando los barcos ya están en tránsito. Eso genera riesgos y obliga a las empresas a establecer planes de contingencia que finalmente tienen un costo para la producción.
Lácteos: la contracara de la oportunidad
Si carne y granos muestran un escenario predominantemente favorable, los lácteos plantean el principal contrapunto.
Gabriel Fernández, de Conaprole, Mercedes Baraibar, del Instituto Nacional de la Leche (INALE), y Alejandro Dellature, de la Cámara de la Industria Láctea (CILU), coincidieron en que el acuerdo presenta desafíos importantes, particularmente para la industria quesera.
Europa es un fuerte productor y exportador de lácteos, con una larga tradición de agregado de valor. Esa competencia puede sentirse en Uruguay, pero también en Brasil, un mercado fundamental para la producción nacional.
Los quesos aparecen entre los segmentos más amenazados. Las indicaciones geográficas, como la vinculada al queso parmesano, ya están generando dificultades para pequeños productores uruguayos que habían encontrado en Brasil un mercado para esos productos.
Baraibar fue categórica al evaluar el acceso negociado para los lácteos: no es positivo y tampoco lo es el capítulo de propiedad intelectual. Además, considera que existe una asimetría: la Unión Europea puede obtener más beneficios del mercado del Mercosur, especialmente por su acceso a Brasil. “Nosotros no tenemos el correlato: no tenemos un Brasil en Europa a quien venderle”, afirmó.
El desafío, sostuvo, es continuar buscando otros acuerdos, como el Transpacífico, que compensen esa situación y amplíen las alternativas para la cadena láctea.
La experiencia internacional muestra la importancia decisiva de los acuerdos comerciales. Conaprole llegó a exportar toda su mozzarella a Corea del Sur, pero cuando Estados Unidos firmó un acuerdo con ese país, Uruguay quedó pagando un arancel de 35% y perdió el mercado prácticamente de un día para otro. Algo similar ocurrió con la leche en polvo en China.
“Hace dos meses”, contó Fernández, “el gerente de exportaciones de Conaprole se encontró con nuestro ex cliente coreano, que le dijo, ‘bueno, el día que Uruguay firme un acuerdo con Corea, voy a volver a comprar la mozzarella de Conaprole, porque es muy superior que la que estoy trayendo de Estados Unidos’”.
Productividad, innovación y una estrategia de largo plazo
El desafío común a todos los sectores es transformar las ventajas comparativas en competitivas.
Miguel Sierra, presidente del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA), tomó el concepto de “Antifrágil” del libro de Nassim Taleb para explicar la estrategia que debería adoptar Uruguay: generar múltiples opciones y caminos alternativos para moverse con agilidad en escenarios inciertos.
En esa línea, INIA trabaja con Uruguay Innova, LATU-Latitud, la Universidad de la República, empresas y el gobierno en una propuesta de plataformas de innovación vinculadas con biotecnología, bioeconomía y agroalimentos.
La idea es combinar capacidades públicas y privadas, capital nacional, fondos internacionales y empresas extranjeras para aprovechar las oportunidades que aparecen en distintos mercados.
El acuerdo Mercosur-UE, entonces, no debería ser leído solamente como una mejora arancelaria. Para Uruguay representa una prueba de capacidad. La posibilidad de acceder a mercados sofisticados está acompañada por la obligación de demostrar origen, inocuidad, sostenibilidad, trazabilidad y calidad.
Agustín Giudice, director de Servicios Agrícolas del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP), destacó que Uruguay ya cuenta con una normativa fuerte en materia de plaguicidas, registros, controles y trazabilidad.
Como ejemplo, mencionó la resolución que desde agosto establece el registro obligatorio de aplicaciones para colza, carinata y camelina, una medida orientada tanto a la inocuidad como a la protección de los polinizadores.
Giudice entiende que, pese a las resistencias que puedan generar algunas exigencias, Uruguay debería procurar tener la mayor cantidad posible de mercados abiertos porque las condiciones internacionales cambian permanentemente.
Esa es, en definitiva, la principal conclusión que surge de las distintas miradas.
El acuerdo abre una puerta, pero no garantiza por sí mismo el éxito. La cuota de carne será limitada, el arroz deberá disputar espacios dentro del Mercosur, los granos tendrán que convertir sus ventajas ambientales en sistemas de certificación confiables y los lácteos deberán defenderse de una competencia europea con enorme capacidad de agregado de valor.
En un escenario internacional marcado por conflictos, cambios regulatorios y nuevas barreras, contar con un país capaz de demostrar cómo produce, de dónde provienen sus alimentos y bajo qué condiciones ambientales y sanitarias fueron producidos puede valer tanto como una reducción arancelaria: una ventaja que otros países todavía tienen que construir.