Sí al mundial 2030
Dejar pasar esa oportunidad porque siempre hay algo más "útil" en lo que
Entre muchos varios temas de esta semana, el fútbol ha vuelto a instalarse en un lugar destacado de la agenda uruguaya luego de que prácticamente hemos quedado casi clasificados por tercera vez consecutiva a un Mundial, ganando en un estadio en el que nunca en nuestra historia lo habíamos hecho. Y cobra firmeza la posibilidad de que Uruguay, un siglo después vuelva a organizar un torneo Mundial. Es algo típicamente uruguayo: el impulso y su freno.
Efectivamente, han surgido algunas voces que se manifiestan contrarias a que el país asuma la responsabilidad de un evento global en fútbol. Es importante mostrar un consenso amplio y consolidar la oportunidad de que un mundial de fútbol vuelva al país continuando lo maravilloso logrado por nuestros abuelos.
Dejar pasar esa oportunidad porque nos puede pasar el desastre de lo ocurrido con Brasil o porque sea difícil coordinar con
Argentina o porque siempre hay algo más "útil" en lo que gastar, sería asumir una mediocridad secular y generacional terrible.
Un mundial 2030 tiene una ventaja política: tiene que ser algo tan plural en lo político partidario como el fútbol mismo. Nadie puede saber que gobierno tendremos tras las elecciones de 2028. Debería ser necesariamente una tarea colectiva.
No solo sería un homenaje justo a quienes hace 100 años provocaron el parto del mayor espectáculo que un deporte regala al mundo. Sería también un homenaje al equipo que lidera Oscar Washington Tabárez y que desde hace 10 años viene dándole una alegría permanente a los aficionados al fútbol y más importante que eso, viene posicionando a Uruguay como un país pequeño casi milagroso.
El proceso de la selección ha mostrado que la improvisación se puede cambiar por la planificación. Ha mostrado que aún luego de varios años de generar algo inédito se pueden seguir recibiendo críticas ácidas. Y aún así, el proceso vuelve a demostrar su renovación. El 2030 no está de todos modos tan lejos. Si pensamos que Valverde tiene 19 años, cuidándose mucho tendría chance de jugarlo ya como un experimentado mediocampista.
Si el país lograra sostener el crecimiento hasta ese entonces –y podría ser otro acuerdo interpartidario- sumaría más de 25 años de mejora. Seguramente debería comprometerse a normas ambientales y de construcción de imagen que en cierta forma nos obligarían a ser cada vez mejores en un plazo que puede considerarse de mediano a largo.
Al fin y al cabo, comprometerse a albergar una serie mundialista es tener una publicidad masiva globalmente por 12 años que sirven para promover todos nuestros productos y el turismo.
Si somos tan competitivos en fútbol es porque somos una pradera y tenemos jugadores "de potrero" que surgen de todos los rincones del país (aunque Salto parece tener algo especial).
El país precisa una renovación de su mística. La situación de altos costos, los meses y meses de hablar del vicepresidente, y muchos otros aspectos del discurso reciente han generado una especie de desánimo pegajoso, que en el
agro al menos no se irá fácilmente. Toda la sociedad necesita un desafío heroico en el que embarcarse, una razón superior desde la cual atender a los variados problemas que el país tiene.
No organizar el mundial sería una actitud pusilánime. Y además condenaría las generaciones por venir. Porque ya que estamos para pensar en larguísimos plazos, el Mundial 2130 también debería tener a Uruguay entre sus organizadores si es que los humanos seguimos sobre el planeta.
Visto el estado del mundo es inevitable preguntarse cómo será el estado de las cosas en 2030.
Con la posibilidad de una guerra nuclear antes de que termine este mismo año toda proyección puede parecer dudosa. Pero asumir esa responsabilidad junto a Argentina sería también para el mundo un ejemplo de buena vecindad y como el tamaño no es una limitante para asumir proyectos globales.
Sería además un estímulo impresionante para miles de niños que con 10 años en el presente tendrían 23 en la fecha del mundial y pondría a ellos y a otros en sintonía con la vocación por el deporte.
Y entre los adultos obligaría a destrabar definitivamente las articulaciones público/privadas. Porque evidentemente no es el Estado el que debe asumir los gastos de emprender este desafío. Algo de eso incluso ya está pasando.
Ojalá se genere un amplio consenso y nos tiremos al
agua ambos vecinos del Rio de la Plata y tomemos el 2030 como un trampolín que se sume a las oportunidades que tenemos pensando en el mediano plazo de la región. Corresponde felicitar a los empresarios que están impulsando el apoyo ciudadano a la iniciativa, a través de la llamada Iniciativa 2030 (http://iniciativa2030.org) que de paso, puede unir a empresarios y trabajadores, gremialistas de empresas y sindicalistas como solo el fútbol puede hacerlo.
Antes seguramente todo era más fácil y simple. Pero cuánto más intrépidos parecen haber sido nuestros antepasados que construyeron el Estadio Centenario en seis meses con dudas genuinas respecto a si llegarían a tiempo. Ahora habrían 12 años para planificar.
Si no nos animáramos hablaría mal de nosotros mismos. Un Mundial en el Río de la Plata podría redefinir la amistad a ambos lados del río y tal vez ayudaría a una integración regional que por ahora no encuentra el rumbo.
Se trata mucho más que de fútbol. Se trata de darle a la oportunidad uruguaya la mayor proyección hacia adelante y un objetivo común capaz de unir a personas que en otros temas pueden discrepar. Sería un factor de cohesión social de enorme potencial.
El sueño es posible porque no se trata de organizar todo un mundial. Es hacer la ceremonia inaugural, una serie en la que pasaremos, cruzar luego a jugar las finales y volver a ganarle a Argentina 4 a 2 pero esta vez de visita. Para que las cosas pasen, primero hay que soñarlas.