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9 de agosto 2023 - 5:00hs

Cuando fueron a la consulta pediátrica en alguna de las policlínicas municipales de Montevideo, hace más de un año, casi la totalidad de estos niños pesaban menos de lo que deberían para su edad. Entraron al plan de emergencia de la Intendencia de Montevideo y un año después, pese a que mejoraron algunos hábitos y se redujo en parte la malnutrición, seis de cada diez hogares continuaban experimentado inseguridad alimentaria moderada o grave.

La evaluación del Programa de Apoyo Alimentario del Plan ABC que la comuna presentó este martes, confirma que los niños pequeños y las madres embarazadas que ingresaron a este plan tenían motivo para hacerlo. Una usuaria lo definió así: “A veces si no te da con la tarjeta de Mides, lo que te falta lo pagas con el apoyo ese que te dan”.

Pero el programa —que además de un apoyo de $ 2800 supone talleres sobre cómo alimentarse y un seguimiento cuerpo a cuerpo del estado de salud— no logra revertir del todo un escenario de por sí aciago.

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Un año después de haber sido parte del programa, la seguridad alimentaria mejoró (pasó del 20% al ingreso a 42%), pero sigue habiendo un núcleo de 30% de inseguridad alimentaria moderada y 28% grave. Es decir: alguna persona del hogar había sentido hambre, pero no había comido o había pasado un día sin comer por falta de dinero u otros recursos. O, dicho de otro modo, en más de 45 hogares de Montevideo se pasa hambre.

Porque la inseguridad alimentaria, dicen los nutricionistas, primero afecta la calidad de lo que se consume, luego la cantidad y por último decanta en hambre.

Los “magros” resultados del programa, tienen su correlato con que se mejoró la desnutrición observada en algunos niños, en especial disminuyeron los casos de bajo peso (del 86% al 52% tras el año de programa). Pero “la talla o longitud para la edad sigue siendo el punto crítico por excelencia el cual sin duda requiere de un análisis más profundo”. Se mantuvo intacta.

También se evidencia que “la frecuencia de consumo de varios grupos de alimentos que aportan nutrientes fundamentales continuaba por debajo de las recomendaciones en una importante proporción”, reza el informe oficial.

Refiere a que solo el 61% de los niños come frutas todos los días y solo el 27% verduras, cuando la recomendación es el consumo diario. Más de la quinta parte no tomó leche de vaca o ingirió quesos en toda la semana anterior a que se lo encueste. Mientras que uno de cada seis consumió todos los días refrescos, aguas saborizadas, jugos envasados o polvos para preparar refresco.

Gracias a la transferencia monetaria de la IMM “puedo comprar alguna que otra pavadita para él (el niño) también. Porque él a veces, como te dije, él come algún chizito. No es que pasa comiendo eso. Pero yo le doy porque es un niño, le doy alguna galletita, algún chizito. Y se lo compro ya para guardárselo e irle dando para cuando no tenga. Porque yo tengo (dinero) en ese momento. Después no es que yo tengo todo el mes. O sea, yo compro para ir tirando el mes".

En medio de la emergencia sanitaria por el covid-19, en las 20 policlínicas municipales que la Intendencia tiene desplegadas en la capital uruguaya, y sobre todo en aquellas situadas hacia la periferia este y la oeste, los pediatras habían detectado un incremento de la desnutrición en niños. A tal punto que a mitad de 2021 descubrían un nuevo caso por día.

Era una desnutrición que no siempre se veía con los huesos marcados en la piel y el vientre hinchado como esas imágenes africanas que usa Unicef para recaudar fondos. Pero que tenía indicios en un cansancio extremo, en una infección que no cura a tiempo, en los números que arroja una balanza y una paramétrica.

Es un núcleo de población que, por más que la casi totalidad (97%) recibe algún tipo de apoyo del Estado, es parte de una vulnerabilidad estructural (al decir de los técnicos) difícil de mover. Por ejemplo: ocho de cada diez niños habita en hogares en que hay problemas de desempleo, seis de cada diez están en viviendas precarias, cuatro de cada diez viven hacinados, la quinta parte convive con violencia de género, uno de cada diez es hijos de padres adictos, el 7% es hijo de delincuentes, casi un mismo porcentaje tiene al padre privado de libertad y la cuenta de factores de riesgo sigue.

“El acceso limitado a alimentos de calidad y seguros, vehículo de nutrientes esenciales para el crecimiento y desarrollo infantil, la afectación en los medios de subsistencia, el desempleo así como otras condiciones de vida negativas, violencia, estrés y limitaciones para proteger, promover y apoyar una alimentación óptima de los niños y niñas, son algunas de las causas que podrían estar interfiriendo negativamente sobre la mejora del estado de salud de los participantes en el programa”, concluye uno de los informes que evalúan el programa de emergencia.

Por eso la propia evidencia advierte que “las mejoras (aunque insuficientes) o el deterioro en algún indicador no pueden ser adjudicadas solamente al programa. En este sentido, es importante destacar que la evidencia sobre cómo este tipo de programas afectan el estado nutricional del niño no es concluyente”.

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hambre infantil Inseguridad alimentaria plan alimentario

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