1. Desde un punto de vista material, el problema más grave que sufre nuestro país es el demográfico, porque a largo plazo amenaza su misma supervivencia. Una verdadera solución al problema demográfico del Uruguay no puede venir de la inmigración por dos razones principales: a) el envejecimiento de la población es ya un fenómeno mundial, por lo que el recurso masivo a la inmigración apenas lograría, si acaso, ganar algo de tiempo; b) con toda la apertura, el respeto y el cariño del mundo por los inmigrantes, hay que considerar que los uruguayos queremos sobrevivir también como pueblo, no ser sustituidos por otros pueblos. Los uruguayos no somos un mero conjunto de individuos que casualmente habitamos un mismo territorio. Somos un pueblo: una trama compleja de personas y familias que comparten una historia, una cultura, unas tradiciones y una voluntad de vivir juntos como nación. Esa trama no es cerrada ni estática, pero tampoco es una simple masa intercambiable por cualquier otra1.
La defensa del derecho humano a la vida y de los derechos naturales del matrimonio y de la familia son objetivos que se justifican sobre todo por razones morales. No obstante, incluso aquellos compatriotas que no perciben o no aceptan esas razones morales deberían admitir la defensa de esos derechos al menos por razones de conveniencia. Para que la nación uruguaya subsista es necesario que muchos uruguayos procreen y eduquen a sus hijos de la mejor manera posible en la sociedad. Y esto implica defenderlos contra el aborto, la eugenesia, etcétera; y también promover el matrimonio natural y su estabilidad, apoyar a las familias, especialmente a las familias numerosas, etcétera.
2. El problema demográfico condiciona casi todos los demás problemas de Uruguay, en particular el segundo que quiero plantear aquí: ¿cómo alcanzar un desarrollo económico notable, que haga que tantos de nuestros jóvenes dejen de soñar con emigrar a Norteamérica o Europa y todos tengan la posibilidad de formar una familia y vivir aquí de un modo más o menos próspero? ¿Cómo alcanzar una situación de relativa prosperidad para todos, sin la injusticia y la vergüenza de tantas viviendas indecorosas en los asentamientos irregulares, sin la creciente población "en situación de calle", etcétera? Habría tanto para decir sobre esto… Hoy me limitaré a un punto esencial: los uruguayos debemos descartar de una buena vez el estatismo que durante más de un siglo ha sido para nosotros un obstáculo para el desarrollo y una carga cada vez más pesada. Es necesario que aumentemos la libertad económica de las personas, las familias, las empresas y la nación como un todo. Para ello tendremos que recorrer el difícil camino de la disminución del gasto público, la carga fiscal y la deuda pública y privada, el camino de las desmonopolizaciones y las desregulaciones, etcétera. El principio de subsidiariedad de la doctrina social cristiana, tan olvidado, nos podrá guiar en este camino; obviamente, sin dejar de lado el principio de solidaridad, que debería traducirse –por ejemplo– en una vivienda digna para cada familia, en una educación de calidad para cada uruguayo y en un trabajo honesto y bien remunerado para cada miembro de la población económicamente activa.
3. El problema cultural es el más importante de los tres aquí tratados. Nuestra cultura actual, sobre todo en la clase intelectual, que tanto influye en los demás, está enferma de secularismo, materialismo y relativismo. Mientras no sane de esos males será muy difícil que los uruguayos, como pueblo, recuperemos plenamente la alegría de vivir y la esperanza que nos impulsan a transmitir la vida a nuestros hijos y a sacrificarnos por ellos. ¿Qué alegría verdadera (espiritual) puede haber en quienes se consideran a sí mismos como meros conjuntos de átomos o meros animales evolucionados, existentes solo gracias al azar y la despiadada lucha por la supervivencia de los más aptos? ¡Cuánto quisiera transmitir a todos la alegría de saber que ninguno de nosotros es un hijo no deseado de la fría madre naturaleza ni está destinado a la muerte total, sino que todos hemos sido creados por Dios para una comunión de amor con él!
Sin embargo, aquí me limitaré a plantear un argumento similar al del segundo párrafo de este artículo. A los compatriotas que no quieren abrir sus corazones a la buena noticia de la fe cristiana, que construyó nuestra civilización y nuestra patria, les pido que, superando un anticlericalismo decimonónico, valoren al menos los efectos sociales positivos de esa fe y, en vez de combatirla, permitan su desarrollo, promoviendo la libertad religiosa en toda su extensión imaginable, como quiso Artigas2. ¿Cómo no reconocer que quien cree de veras en el Dios cristiano se verá impulsado por su misma fe a practicar las virtudes morales y las obras de misericordia corporales y espirituales, a promover la amistad social haciendo el bien a su prójimo, sea este bueno o malo? ¿Cómo no aprovechar (aunque sea en la forma aguada del cristianismo cultural) una fuerza espiritual tan poderosa en la necesaria lucha de nuestro país contra el crimen, la violencia, el suicidio, la drogadicción, el tráfico de personas, la pornografía y, en realidad, todos los males sociales? Empero, de parte del Estado, eso supone descartar su vieja actitud de indiferencia u hostilidad a lo religioso y poner en práctica una actitud de colaboración más estrecha y confiada con la Iglesia católica y con otras confesiones religiosas, a fin de que, por ejemplo, todos los uruguayos tengan una oportunidad real de dar a sus hijos una educación religiosa y moral acorde con sus propias convicciones.
1Se puede decir algo análogo de cualquiera de las demás naciones.
2Cf. Instrucciones del Año XIII, Artículo 3°.