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El pasado 24 de junio Ernesto Sabato hubiese cumplido 100 años de edad, pero no pudo ser: el autor de El túnel, burlándose del protocolo y eludiendo así la incomodidad de los homenajes, dejó que su vida se apagara antes –el 30 de abril– de manera austera y discreta, como había vivido.

Al menos así lo presenta la periodista argentina Julia Constenla, quien para llenar este vacío de agasajos truncos que provocó la muerte del creador de Sobre héroes y tumbas publicó el libro Sabato, el hombre (cuya primera edición apareció en 1997), la biografía definitiva de un hombre que, antes de que concluyera el siglo XX, dijo: “A comienzos de la década del cincuenta quise dejar en claro lo que pensaba sobre algunos temas sobre los que todavía hoy me acosan. Entonces publiqué Hombres y engranajes. Son mis reflexiones sobre la crisis de nuestro tiempo, después de medio siglo sigo todavía creyendo lo que creía entonces. En mis novelas dije todo lo que tenía que decir sobre el amor, la furia, el dolor, la muerte, Dios. Ya lo he dicho todo, me parece justo y necesario llamarme a silencio”.

A través de más de 300 páginas, en las que se incluyen cartas enviadas a Sabato por varios escritores de primer nivel, Constenla –autora además de títulos como Celia, la madre del Che, Che Guevara, la vida en juego y Raúl Alfonsín, biografía no desautorizada, entre otros– hace un recorrido muy cercano por la vida de Sabato, ya que ambos fueron amigos durante más de 50 años, logrando con esto mostrar una imagen distinta de Sabato, es decir, una imagen que a veces lo muestra molesto por cuestiones mínimas –como no encontrar los gemelos que quería usar para ir a ver al rey de España–y otras veces lo muestra con un extraordinario sentido del humor.

Pero Sabato, el hombre también aborda momentos muy importantes en la vida del autor de Abaddón el exterminador, como por ejemplo el almuerzo que varios intelectuales mantuvieron con Jorge Rafael Videla, un encuentro en el que, mientras Jorge Luis Borges le decía al dictador que era un caballero, él pedía explicaciones por la persecución de Antonio Di Benedetto y Jorge Hardoy.

“Lo puedo hablar desde el conocimiento personal –aseguró la autora en más de una ocasión–. Él pensó cómo y para qué iba a ir. Un almuerzo es eso, no es ir a una tribuna a sentarse al lado de Videla. Puedo limitarme a decir ‘páseme la sal’ o ‘no me gusta el asado’. Él decía, si voy a ese encuentro, que no es por aprobación o por compartir, tengo que hacer algo”. Lo que sucedió entonces, cuenta Constenla en Sabato, el hombre, es que los invitados –menos Borges– se organizaron para que el padre Castellani hiciera el pedido por la aparición de Haroldo Conti, el presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, Horacio Ratti, hiciera lo mismo con una lista de escritores presos o desaparecidos, y Sabato reclamara por el arquitecto Hardoy y el poeta Di Benedetto.

A propósito de esto, otro tema que Constenla desarrolla en el libro es el compromiso asumido por Sabato con los derechos humanos cuando nadie lo hacía, recibiendo en su casa a las Madres de Plaza de Mayo y a las Abuelas, escribiendo el ensayo Nuestro tiempo de desprecio en plena dictadura y finalmente redactando el informe de la comisión que investigó los crímenes de la última dictadura militar y que más tarde se publicaría bajo el título Nunca más.
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