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Quien alguna vez haya pisado un club deportivo después de la hora de cierre, cuando el eco se agiganta y la oscuridad predomina, lo sabe: es un lugar terrorífico. La amenaza está en las esquinas, en las canchas vacías, en la piscina quieta, en los pasillos en silencio. Los minutos ahí adentro queman. Más de un guardia de seguridad, alguna vez, debe haber escuchado algún ruido raro e imaginado toda clase de tramas con cuchillos, vísceras esparcidas y algún asesino encapuchado. O zombies. También puede haber imaginado zombies. Algunos, quizás, pueden haber tenido la forma que tienen los de Virus: 32.

La última película del director uruguayo Gustavo Hernández, referencia dentro del cine de género vernáculo –suyas son también La casa muda, Dios local y No dormirás–, es eso: la historia de un virus extraño que se propaga por Montevideo –no se explicita si otros puntos del globo también sufren esta plaga, pero podríamos decir que sí– y que convierte a las personas en una especie de muertos vivos extremadamente violentos, rápidos y despiadados. Quien liderará al espectador a través del apocalipsis será una mujer (Paula Silva) que trabaja como guardia de seguridad nocturna de un club de barrio, y que tendrá que sobrevivir junto a su hija a esa noche aciaga.

Daniel Hendler y Paula Silva

Virus: 32 se estrena este jueves en cines y es lo último de un hombre que abrazó al terror desde el principio de su carrera y que con su primera película, La casa muda, alcanzó un éxito inesperado: aquella recordada producción uruguaya de 2010 compitió en el Festival de Cannes, tuvo una remake estadounidense y se vendió a decenas de países. En ese camino a través del género, Hernández se encuentra ahora en las vísperas de su cuarta película con la cabeza dividida: ya está metido en otros dos proyectos más junto a su guionista de confianza, Juma Fodde. Se trata de una película que ya rodaron y una serie que se encuentra en etapa de desarrollo.

Pero ambos, guionista y director, no esquivan la idea de poner en pausa esas obligaciones y retomar la conversación sobre Virus: 32, una película que trabajaron desde 2015, en la que dejaron el cuerpo durante cuatro semanas de rodaje intenso, y a la que creen su apuesta más ambiciosa a la fecha.

Virus se llamaba Albatros y era totalmente diferente, era una road movie”, cuenta Hernández desde las oficinas de Mother Superior, productora en la que ampara sus realizaciones, en Ciudad Vieja. “Pero luego quedó en el cajón. Mucho después, Ignacio Cucucovich (productor) nos contó que se había enterado que cerraba el club Neptuno, y supimos que queríamos hacer algo ahí”.

La locación del Neptuno

Efectivamente, el Neptuno, ubicado en Juan Lindolfo Cuestas y la Rambla, cerró definitivamente sus puertas el 13 de marzo de 2019, un año exacto antes de la llegada de la pandemia a Uruguay. El enorme edificio quedó vacío y pronto encontró una utilidad que hasta ahora sigue activa: la de servir como locación para producciones audiovisuales. En la primavera que vivió el sector durante la pandemia fue uno de los sets predilectos de varias producciones, entre ellas la serie mexicana/argentina/uruguaya Amsterdam que se acaba de estrenar en HBO Max, y por supuesto Virus: 32, que edifica el 95% de su historia dentro de sus paredes, oficinas, vestuarios, piscinas y canchas.

“Tuvimos una locación increíble. Hubo un gran mérito del fotógrafo, de Fermín Torres, que le sacó todo el jugo y que un día me planteó que cada sector tenía que tener su propia personalidad. El club en sí ya la tenía, pero queríamos generar distintos ambientes. Iluminar esas superficies tan grandes, la piscina, la cancha de basketball, fue difícil”, recuerda Hernández.

En efecto, Virus: 32 es visualmente poderosa y algunas de sus escenas más destacables se sirven del ecosistema del club con éxito. Es un lugar casi tan amenazante como los muertos rabiosos que corren y se quieren tragar a los protagonistas.

Hablando de protagonistas, la película tiene en sus dos actores principales que generan un contrapeso interesante: por un lado está Paula Silva, un rostro ascendente en el audiovisual nacional y que ya ha demostrado su potencial, y del otro lado está Daniel Hendler, nombre consolidado en la región y uno de los actores uruguayos más carismáticos e importantes de los últimos años.

“Paula fue un hallazgo –dice Hernández–. En el casting vimos que tenía una sensibilidad que para nosotros era muy importante para el personaje. Yo no la conocía como actriz e hizo un trabajo increíble. Cada día terminaba extenuada, física y emocionalmente. Después, creo que vi pocas veces a Daniel Hendler en un rol como este. Creo que aceptó hacer la película cuando leyó el guion y se dio cuenta de que era un desafío para él hacer un personaje tan diferente a lo que ha hecho hasta ahora”.

Gustavo Hernández en el rodaje de Virus: 32

El entrenamiento para los actores que se pusieron en la piel de los zombies también incluyó un trabajo especial. Además de su rol como guionista, Fodde también ejerció como coach para el elenco, y se encargó de moldear los comportamientos de las criaturas.

“Hubo distintas categorías de zombies. Los más activos y que tenían características físicas o escenas más desafiantes, como saltar a una piscina vacía, las hicimos con personas que practican parkour. Pero hay un zombie en particular, que tiene un rol importante en la película, que lo interpretó un bailarín llamado Rasjid César que nos ayudó mucho en cuestiones de cómo atacar, qué pasaba físicamente con ellos y más. Después, terminamos de armar el lenguaje físico y expresivo en el set”, explica.

Fodde también cuenta que debieron ensayar particularmente uno de los detalles que hacen de estos zombies unas criaturas distintas a otros famosos muertos vivos del cine y la televisión, y que de hecho le da hasta título a la producción: los 32 segundos de “pausa” que estos infectados sufren luego de un ataque exitoso.

“Queríamos encontrar una regla nueva, algo a lo que le pudiéramos sacar jugo narrativo. Porque está ese binarismo de zombie rápido / zombie lento, pero ¿qué otra cosa podíamos sumar? Y dimos con esto. Nuestros infectados, además, son más pensante, más cazadores.”

Género despierto

En 2010, Hernández vio como La casa muda, casi una anomalía en un cine uruguayo que no buscaba correrse demasiado del drama costumbrista, inauguraba un camino para el cine de género que, a prori, parecía fértil pero que estaba casi inexplorado. Hoy, el cine nacional ya cruzó la barrera y no es raro encontrar, de vez en cuando durante el año, exponentes locales del terror, la ciencia ficción y más. La puerta se abrió, y para estos realizadores es tiempo de consolidar.

“Hace doce años hicimos La casa muda y esa película nos abrió un montón de puertas. Pero yo estudié en una escuela de cine donde nunca me pasaron una película de terror, vengo del cine europeo, del asiático. Lo otro como que no era parte del cine. A mí me encantaba John Carpenter, pero ahí nunca nadie me habló de él. Cuando La casa muda fue a Cannes, empezaron a ver que allí había una película de terror pura y dura, que había sido seleccionada por el festival más importante del mundo. Y después se hizo una remake. Y después vino lo demás. Para nosotros todo eso fue una sorpresa, pero sentimos que era la prueba de que podía mirarse otro cine, y que también eso era cine”, recuerda.

Virus: 32 respira mucho de La Casa Muda. Obviamente tiene otros recursos, y otra madurez. Pero hay madurez en todos, en los espectadores, los realizadores, la crítica, se abrió una puerta para que este tipo de películas valgan lo mismo que las demás. Desde el primer día de peleo por eso, porque lo rico del cine es la variedad. Se está logrando, la gente puede elegir hoy qué tipo de cine uruguayo quiere ver. Y otros realizadores vieron que no había que tenerle miedo a hacer lo que uno quiere realmente. Así es como madura este oficio”.

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