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Héctor Paladino, retratado por el semanario Brecha en su casa antes de los crímenes
En estos tiempos donde las historias de true crime en streaming, podcasts y libros se han convertido en un tema de interés para el público, Londinsky se metió en una historia a la que tuvo que sacarle su conexión emocional, y para la que tuvo como gran hallazgo el expediente del caso.
Londinsky conversó con El Observador sobre el fruto de esa investigación, el libro El loco de la bandera. En un bar de Pocitos, mientras —casualmente— las televisiones del local pasaban documentales sobre la segunda guerra mundial, el periodista contó cómo fue zambullirse en esta historia, lo que resuena hoy del caso de Paladino, y sobre si maneja o no una vuelta a los medios.
¿Cómo llegás a esta historia?
La escuché por primera vez en mi adolescencia. Fue una cuestión de transmisión oral, alguien de la familia la contó, y no sé si por deformación profesional o curiosidad adolescente dije “acá hay algo”. Entonces me puse a buscar, a ver que había, pensando que ya con internet, otro desarrollo tecnológico, iba a encontrar información. El problema es que cuando quise ir a buscar más, el resultado fue cero. Dos o tres crónicas de la época y punto. Cada algunos años repetía ese ejercicio, pero siempre era el mismo resultado. Pocas cosas. Hasta que un día dije “no puede ser”. Porque esto se pierde, queda perdido, hay que rescatarlo. Es un caso que dejó a dos muertos, un tipo con una bandera nazi en pleno Palermo, en el medio de Montevideo. Entonces me metí a buscar el expediente y a investigar.
¿Siempre tuviste esta historia en el radar con el plan de escribir un libro, o era algo más de satisfacer una curiosidad tuya?
Era más eso último. ¿Qué pasó? Escuché hablar de la bandera, pero nunca vi una foto de la bandera colgada. Escuché hablar de un asesino, pero no sé dónde está, no sé qué pasó con él, no le conozco la cara. Entonces un poco fue eso de ponerle cara al asesino. Cinco personas que pudieron haber sido asesinadas, asesinó a dos. ¿Qué pasó con las familias? ¿Cómo reconstruyeron su vida? ¿Cómo siguieron la causa? ¿La monitoreaban? ¿Estaban pendientes de lo que fue la causa y el destino del asesino? Y cuando llegué al expediente me empecé a encontrar con cosas que eran una más sorprendente que la otra.
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Portada del semanario La Hora, de 1987, que publicó una nota sobre la bandera y la pintada nazi en la casa de Paladino dos meses antes de sus crímenes
Y cuando se convirtió en un libro, ¿cambió tu vínculo con la historia?
Sí, porque era un proyecto cargado de mucha subjetividad, de mucho sentimiento. A mí me daba frustración, rebeldía, bronca, todo este caso. Y en los primeros manuscritos volqué todo eso. La rabia que me daban determinadas situaciones, que el asesino estuviera desaparecido seis años y que la justicia no supiera que había sido de él. Los encuentros con cada uno de los familiares de las víctimas fueron muy removedores, algunos muy difíciles. Y todo eso tuvo que quedar a un lado al momento de escribir el libro. Me costó. Pero pude convertirlo en una narración donde cada uno puede sacar sus conclusiones y sus ideas.
¿Cuánto tiempo te llevó todo ese proceso?
El expediente lo rastreamos durante seis meses como una tarea imposible. Pero por suerte pudimos dar con él. Y yo me hago de ese expediente en 2021. Desde ahí para acá hubo mucha intermitencia en la escritura, por la propia vida. A veces tenía más ganas, otras menos. Retomaba con fuerza, hacía diez llamadas, y después pasaban seis meses que no tocaba nada. Al final fue el nacimiento de mi hijo el que me hizo decir “tengo que terminarlo antes que nazca”, y lo logré.
¿En algún momento te planteaste buscar a Paladino para hablar con él?
Nunca. Él habló mucho en el expediente, a través de sus declaraciones. Las que da el 21 de diciembre de 1987, cuando asesinó a dos personas e hirió a una tercera. Cuando escribe manuscritos a la Suprema Corte de Justicia. Cuando vuelve a ser periciado a lo largo de los años por distintos médicos del Instituto Técnico Forense. Entendimos que era suficiente. Él estaba en una situación psiquiátrica. Él mantenía una condición clínica de la que no iba a sanar jamás, aunque podía compensarse. Era innecesario generar esa instancia.
Pero sí lo rastreaste y lo encontraste en YouTube, donde hacía transmisiones muy poco vistas. ¿Cómo te diste cuenta que tenía ese canal?
No sé. Esa obsesión a veces tiene mucho de la intuición periodística, de la curiosidad, de querer buscar. Y a veces cuando te encontrás con que no hay nada, redoblás el esfuerzo, lo triplicás. Y creo que fue así que me lo encuentro con un canal de YouTube donde en los últimos años de su vida transmitió, como un radio aficionado, como un streamer incluso. Fue precursor en ese sentido, porque se sentaba delante de una cámara en su computadora y transmitía durante horas. Transmitía música, hacía comentarios. Hay mucho de su patología que se deja translucir también en esas horas de vídeo que él grabó durante los últimos años de su vida. Y que también me genera un impacto. Yo estaba buscando a este hombre, lo encuentro y se está riendo delante de una cámara, con familias que todavía sufren. Él no vuelve en esos videos sobre sus ideas ni sobre episodios pasados, pero hay un momento donde hace la mímica de gatillar un arma. Es fuerte.
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El armamento de Paladino para sus ataques
De alguna forma, esta es una historia de varios fallos, tanto antes de sus crímenes como durante ese día y también después.
El libro reconstruye muchas señales que se sembraron en el camino hasta el día de los ataques y que advertían de un eventual desenlace de esta característica. Una bandera nazi que estuvo durante meses colgada en la ventana de su casa a la vista de quien circulara por Gonzalo Ramírez. Medios de comunicación que lo denunciaban. Folletos caseros que el propio Paladino elaboraba y repartía en galerías de 18 de Julio y en el interior del país. Varios episodios violentos que se dieron en su casa. La incautación de un arma de fuego que se le hace por parte de la policía. El 21 de diciembre, va a buscar a 5 personas para asesinarlas. Empieza un raid a las 7 de la mañana y la Policía no lo puede encontrar durante todo el día. Yo sé que los recursos no eran los mismos que ahora, pero ya desde la mañana lo tienen identificado y no lo agarran hasta que a las 6 de la tarde el tipo va y se entrega solo. Y después, bueno, desde la declaración de inimputabilidad que muchos juristas cuestionaron, además de las partes interesadas e involucradas hasta las discusiones entre los propios organismos del Estado incapaces de poder determinar si el mejor lugar de reclusión era una cárcel de máxima seguridad o un hospital psiquiátrico. El corolario es haber estado seis años desaparecido en la órbita de la justicia sin que ésta se diera cuenta de que un hombre que se tenía que presentar a controles psiquiátricos mensuales hacía seis años que no lo hacía.
¿El expediente del caso era la pieza que faltaba, el tesoro que había que encontrar?
Sin eso no había libro y sin eso se perdía el caso. Lamentablemente faltan recursos, el expediente no está digitalizado, entonces está a la merced de la humedad que puede haber en un depósito del Poder Judicial, de una inundación, de un incendio. No está respaldado, así que por suerte lo pude encontrar, digitalizarlo y digerirlo en un libro para que la historia no se pierda.
¿Por qué te parece que la historia de los asesinatos de Héctor Paladino quedó escondida?
Yo no digo que haya sido un tema tabú, pero creo que siempre fue un tema muy doloroso de remover. Por otro lado, la falta de archivos digitales, el poco material que los medios de comunicación guardan, y eso de que la cobertura duró unos días y poco más. Para las familias es una herida que no cicatriza hasta el día de hoy, pero creo que sobre todo es por el temor de volver a hablar sobre esos temas, o el sacar a la luz las fallas que hubo, el hecho de que se podría haber evitado.
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Héctor Paladino, arrestado
¿La publicación ahora tiene que ver con el resurgimiento de discursos como el que manifestaba Paladino en el mundo de hoy, y también con la mayor atención que se le presta a la salud mental, comparado con lo que pasaba hace 40 años?
El libro tiene dos objetivos: uno era que la historia no se perdiera y el otro apunta a señalar algunos discursos y mensajes que se repiten, que parece que se mueven de forma cíclica. Adaptados a la realidad actual, pero con muchas similitudes a lo que eran los discursos que consumía y que repetía Paladino, y que hasta se difunden con nombre y apellido, lo que creo que lo hace todavía más preocupante y alarmante.
¿Tenías pendiente publicar un libro?
No, nunca fue un objetivo de vida ni una cuenta pendiente. Se presentó la posibilidad, confluyeron muchas situaciones: la necesidad de que la historia no cayera en el olvido, el renovar esas señales de alerta, y también un interés de parte de la sociedad, no solo de la comunidad judía. Porque no es un tema solo de la comunidad, Paladino no salió a buscar judíos. Sí, mató a un comerciante judío, y tenía una obsesión y un odio visceral contra la comunidad judía, pero mató a quemarropa y ante su esposa a Enrique Delfino, que de judío no tenía un pelo, y en su lista tenía a personas que no eran parte de la comunidad. Entonces también estaba esa idea de alertar que esos mensajes, que a muchos pueden no sorprender o pasar desapercibidos, trascienden a una comunidad, así como el nazismo no buscó el exterminio únicamente de la comunidad judía sino también persiguió a otras minorías y colectivos.
Tu formación universitaria fue en Estudios Internacionales y en Derecho. ¿Eso también influyó en tu obsesión con esta historia?
¿Sabés todo el vocabulario jurídico que me tuvieron que pulir y sacar en la edición? (risas). Tiene mucho que ver. Si bien el derecho penal es algo que me atrae, me especialicé más en derecho internacional, pero al final del día los puntos se tocan. La Corte Penal Internacional en La Haya está muy ligada al derecho penal, porque juzga cuatro tipos de crimen, y creo que la formación en esa área se termina trasluciendo en el libro.
Vos pasaste por La Haya, como estudiante en la Academia de Derecho Internacional, ¿cómo llegaste ahí?
La Academia tiene la sede en el Palacio de la Paz, que es donde está la Corte Internacional de Justicia, uno de los órganos principales de Naciones Unidas que resuelve conflictos entre países, es donde en su momento fueron Uruguay y Argentina por el conflicto de las papeleras. Fue una experiencia muy, muy movilizadora desde el punto de vista de la formación personal, sin ser abogado, porque yo me gradué en Relaciones Internacionales. Pero siempre me apasionó la cuestión de las relaciones y los vínculos jurídicos entre estados, y esa experiencia me sirvió para coronar esa formación. Me gustaría tener más tiempo para seguir estudiando, poder estudiar más en el exterior, porque creo que hay cosas muy actuales que el derecho internacional puede ayudar a entender, a aclarar y a explicar mejor lo que está pasando.
En todo ese puzle, ¿tu etapa en los medios está cerrada o volverías a trabajar en ellos?
El periodismo deportivo fue una etapa de formación inigualable, fue una escuela periodística, y esa si es una etapa cerrada. Pero disfruté mucho los años en Azul FM, haciendo periodismo general, y ahí sí no me animo a decir que no volvería. Hoy es un paréntesis, unos puntos suspensivos. Necesitaba unos años de descanso de los medios, por un lado por lo cansador de estar todos los días en esa dinámica, y también para mirar un poco desde afuera, para leer como los medios se han transformado y cambiado tan rápidamente, y ver si uno es capaz de seguir ese ritmo o de entender qué es lo que la gente quiere consumir. Hoy capaz la gente prefiere ver algo de 30 segundos en el celular y entenderlo de esa forma, sea acertado o no, más cercano a la realidad o más lejano. Hay cosas contra las que no se puede luchar, entonces también quiero estar desde afuera para ver si puedo hacerlo.
Mientras tanto, ¿cuál es tu trabajo actual?
Hago consultoría política para el exterior (NdR: Londinsky trabaja en ese rol para la embajada de Israel en Uruguay). Disfruto mucho de intentar entender la política uruguaya pero aún más explicarla para quienes no viven en esta realidad tan particular. Me gusta interpretarla y explicar el funcionamiento del Poder Ejecutivo, de los partidos, la historia de los partidos, cómo funciona el Parlamento, y traducirlo para los que no viven el día a día uruguayo con la idiosincrasia que tenemos. Soy como un traductor de la política uruguaya.