Pasa algo parecido con los Juegos Olímpicos, pero ahí la dispersión deportiva le saca un poco de punch, y el valor de este evento va por otros carriles. El Mundial es el Mundial y no hay con qué darle, al menos en tierras futboleras como estas.
Obdulio Varela arrancándole la copa de las manos al presidente de la FIFA, Jules Rimet; Messi de túnica, Maradona desparramando ingleses, la pelada de Zidane impactando el pecho de Materazzi, Diana Ross errando un penal en la ceremonia inaugural, los minutos finales y los penales de Uruguay-Ghana en 2010. Cada torneo deja un puñado de imágenes imborrables que pasan a alimentar la leyenda de la Copa del Mundo. Es cuestión de verlas e inmediatamente retrotraerse a la edición correspondiente.
Sin embargo, en los últimos años, si uno saca una captura de un momento aleatorio de un partido mundialista y se la muestra a otra persona, el consultado se va a encontrar en un entuerto considerable: determinar a simple vista de qué Mundial se trata. Porque de un tiempo a esta parte, los Mundiales se ven todos iguales.
La percepción se reavivó en la previa del torneo que empieza este 11 de junio, en discusiones en las redes sociales, aunque la teoría ya había sido desarrollada por medios, periodistas y diseñadores en ediciones anteriores.
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Esta noción tiene que ver con distintos aspectos del evento: el más obvio es la televisación de los partidos, pero también abarca a otros elementos vinculados a la identidad estética del Mundial, como su logo, su canción oficial y hasta los estadios donde se juega.
El fútbol hiperprofesional y globalizado de estos tiempos se ha estandarizado, y eso influye en el aspecto de los Mundiales. A eso se suma el control que ejerce el organismo rector del fútbol mundial, la FIFA, en los apartados gráficos y técnicos de su torneo estrella.
Si bien no hay un consenso determinado, el punto de quiebre está en el Mundial de 2006 jugado en Alemania. La noción es que a partir de ahí se estandarizaron y lavaron los Mundiales. Francia 1998 y Corea-Japón 2002 fueron la transición entre los Mundiales de antes, donde la identidad del país anfitrión se notaba de forma mucho más clara, y los de ahora, donde importa más el branding de la Copa que el lugar donde se esté jugando.
De manual
Uno de los males audiovisuales que aqueja a los Mundiales es también un síntoma de época que se ve en la ficción. En los últimos años se han escrito centenares de caracteres y publicado horas de análisis en ensayos de YouTube y redes sociales sobre las razones por las que las series y las películas “se ven todas iguales”: oscuras, planas y sin color.
Justo en los Mundiales el color abunda, pero con tonos homogéneos. Y eso no es casual. FIFA tiene un documento de unas ochenta páginas sobre cómo hay que iluminar los estadios donde se juegan sus competencias. Allí establece hasta cómo la luz tiene que perfilar las caras de los jugadores, y en qué tonalidad exacta tiene que verse cada uno de los colores del espectro cromático.
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La luz, además, juega su parte en otro aspecto: tanto los estadios mundialistas como buena parte de la producción audiovisual moderna están hiperiluminados. Eso, sumado a la tecnología de cámaras actuales, hacen que todo se vea más “plano” y similar en contraste a las viejas cámaras que tenían sus imperfecciones y hasta una “suciedad” que se perdió con el salto del fílmico al digital.
El Mundial de este año tendrá la particularidad de que salvo por los tres estadios mexicanos, los recintos donde se jugarán los partidos en Canadá y Estados Unidos son estadios diseñados con otro deporte en mente: fútbol americano y canadiense respectivamente (son casi iguales pero tienen algunas diferencias en cómo se juegan).
Más allá de que algunos son también utilizados por equipos de la MLS —la liga de “soccer” que ambos países norteamericanos comparten—las construcciones se alejan un poco del tipo de estadio que los futboleros de esta parte del mundo están acostumbrados a ver en Sudamérica y Europa. Eso le dará un marco escenográfico algo diferente a esta Mundial en comparación a los anteriores, con sus estadios hechos a nuevo o remodelados siguiendo los estándares de FIFA, que lleva a diseños homogeneizados.
Salvo por detalles sonoros como las infames vuvuzelas de Sudáfrica 2010, las tribunas de las Copas del Mundo también están estandarizadas, sobre todo con la imposición de protocolos como la imposibilidad de entrar con banderas grandes establecida por el ente rector del fútbol, que también le sacó algo del colorido anterior a las gradas.
No me importa en qué cancha juegues
Una cosa es que el minimalismo y la simpleza sean las tendencias estéticas y gráficas de esta época. Otra es que el logo oficial de este Mundial sea el trofeo puesto arriba de un 26. Y abajo del trofeo, el logotipo de FIFA. Que nunca falte.
Un logo que no dice nada de dónde se juega el torneo, ni sobre su identidad deportiva y cultural. Una ruptura con las identidades gráficas anteriores, donde la diversidad y las referencias locales estaban presentes. Si bien incluso había una cierta continuidad forzada en los logos de 2014 a esta parte, con reinterpretaciones gráficas de la Copa del Mundo, no dejaban de estar vinculadas a referencias locales de Brasil, Rusia y Catar respectivamente.
Esta vez, el logo lo diseñó la propia FIFA, señalando al presentarlo que lo central era su adaptabilidad y la capacidad de escalarlo a distintos tamaños y aplicaciones con facilidad. Eso se consiguió a costa de la gracia, parece ser. Y habrá que acostumbrarse a estos diseños más desabridos, ya que la intención de los rectores del fútbol es imponer su marca y el trofeo como logo en sí mismo.
"La imagen con el trofeo y el año permite personalizar la marca para que refleje el carácter único de cada sede, a la vez que genera una estructura reconocible en la actualidad y en el futuro", dijo la FIFA al estrenar el logo en 2023.
Además, el hecho de que la expansión del campeonato a 48 equipos llevará a que con más frecuencia el Mundial se juegue en más de un país (como pasará también en 2030, con España, Portugal y Marruecos como sedes y partidos adicionales en Uruguay, Argentina y Paraguay), impondrá la utilización de una marca genérica por encima de un reflejo de un conjunto de países, cada uno con su estética, su tradición y su cultura.
Waka Waka eh eh
Italia 90 fue el primer Mundial con una canción oficial. Y pavada de canción fue: Un’ estate italiana sigue siendo la más conmovedora y épica de todas. No es que todo tiempo pasado haya sido mejor, pero sí se siente como una canción pensada como tal, además de que está cantada en el idioma del país sede, por artistas locales.
Lo mismo pasaría en 1994, con la canción Gloryland, interpretada por Daryl Hall (el 50% de Hall & Oates) y el conjunto Sounds of blackness. De nuevo, 1998 y 2002 fueron la transición: Ricky Martin y su Copa de la vida primero, y la olvidada Boom! De la estadounidense Anastacia después, fueron la primera vez que las canciones oficiales fueron interpretadas por artistas de otras latitudes y no del país anfitrión.
La práctica se estandarizó de ahí en más, con canciones más o menos pegadizas pero siempre más genéricas, abrazadas a la tendencia del momento en música pop, como la presencia de Pitbull en la canción de Brasil 2014 (donde al menos estaba la locataria Claudia Leitte), y la repetición de Shakira, que canta dos de las últimas cinco canciones mundialistas: Waka-Waka en 2010 y Dai Dai en el torneo actual.
Embed - Shakira, Burna Boy - Dai Dai (Official Video)