19 de noviembre 2025 - 7:10hs

En diciembre de 2023 hubo un nuevo giro en la política argentina con la asunción de Javier Milei. El cambio implicó también una redefinición ideológica en varias áreas: entre ellas, la forma de vincularse con el mundo. El Gobierno abandonó el multilateralismo “pragmático” del pasado reciente y adoptó una política exterior de alineamiento atlántico, priorizando la relación con Occidente.

La inserción internacional pasó a convertirse en un instrumento clave para el Gobierno: abrir mercados, atraer inversiones y reposicionar al país como socio confiable de Estados Unidos y Europa en un contexto global atravesado por competencia entre grandes potencias.

Sin embargo, esa noción de “Occidente” ya no es tan evidente, remarcó Gabriel Puricelli, coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas, que advierte: "De Occidente no se puede hablar más. Estados Unidos y Europa ya no son lo mismo y no actúan como un bloque. Por eso no hay un ‘giro hacia Occidente’ posible”.

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Esa tensión también se refleja en la propia identidad internacional de la Argentina. Martín Schapiro, abogado y analista internacional, plantea que Argentina combina “una pertenencia al bloque occidental, por sus valores democráticos y de derechos humanos”, con una inserción en el Sur Global, más cercana a los reclamos por los desequilibrios internacionales y a foros como el G77 más China o la causa Malvinas. Ese doble anclaje vuelve central la idea de equilibrio, porque “tenemos identidades que son conflictivas en algún punto, aunque no sean excluyentes”, sostuvo.

En ese marco, la apuesta oficial se ordena alrededor de dos grandes vectores: el acuerdo Mercosur–Unión Europea y el nuevo marco de comercio e inversiones con Estados Unidos. “El tratado con la UE es un alineamiento estructural con el lado correcto de la historia: del lado de las democracias”, afirmó Fernando Iglesias, embajador designado ante la Unión Europea. Un dato que muestra esa prioridad: en casi dos años de gestión, Milei hizo 14 viajes a Estados Unidos (con otro previsto para el mes que viene) y nueve a países europeos.

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Ambos acuerdos son, para el Gobierno, la llave para realinearse a Occidente y reinsertar al país en la economía mundial. Pero hay un jugador clave en el tablero mundial, y con gran injerencia en el país, al que Javier Milei no puede ignorar: China. Aunque procure evitar su involucramiento político y económico en la Argentina, el gigante asiático es nuestro segundo socio comercial.

Estados Unidos primero, Europa como anclaje estratégico

Con Estados Unidos, el Gobierno apuesta a un vínculo de alto impacto económico y político. Más allá de la afinidad discursiva entre Milei y Donald Trump, la agenda bilateral está marcada por objetivos concretos: acceso preferencial para productos argentinos, acuerdos sectoriales, atracción de capitales y cooperación tecnológica, entre otras cuestiones.

La negociación de cuotas sin aranceles para acero, aluminio y carne busca reposicionar a la Argentina como proveedor confiable en un contexto de tensiones con China y reconfiguración de cadenas globales. “Con EE.UU., la confianza y la estabilidad institucional pesan tanto como el comercio”, explicó Jorge Vasconcelos, economista jefe de IERAL. Para la administración republicana, Buenos Aires puede funcionar como un socio útil en la región sin exigir compromisos políticos elevados.

Lautaro Rubbi, experto en prospectiva, planeamiento estratégico y riesgos sistémicos, propone leer el reciente “Marco para un Acuerdo sobre Comercio e Inversión Recíprocos” como algo más que un tratado clásico: “Es la formalización de un salvataje financiero que se traduce en arquitectura geopolítica”. Recordó que, semanas antes del anuncio, el Tesoro estadounidense habilitó un paquete de estabilización de unos US$ 20.000 millones, incluyendo una línea de swap de divisas, para apuntalar la viabilidad económica del programa de Milei.

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El marco recoge compromisos para desmantelar licencias de importación, reducir la tasa de estadística sobre productos estadounidenses y aceptar, sin filtros adicionales, bienes que cumplan normas técnicas y certificaciones de agencias de EE.UU. o de organismos internacionales. En la práctica, como advierte Rubbi, organismos como ANMAT o SENASA tienden a reconfigurarse desde el control de acceso hacia un rol más acotado de supervisión.

En paralelo, Europa se mantiene como un pilar estratégico de largo plazo. Aunque aún resta confirmar la presencia de Milei en la Cumbre del Mercosur del 20 de diciembre —donde podría ratificarse el acuerdo Mercosur-UE—, el Gobierno lo considera una bisagra histórica. El pacto implica acceso a un mercado de 450 millones de consumidores, eliminación del 90% de los aranceles y un anclaje político en el espacio occidental.

“El vínculo entre la Argentina y la Unión Europea se apoya en valores compartidos y ventajas complementarias”, afirmó el embajador Erik Høeg, quien destacó la profundidad del intercambio birregional y el rol europeo como segundo socio comercial del Mercosur, sólo por detrás de China.

Para Bruselas, su rol en la región es fundamental, ya que es el segundo socio comercial del Mercsour, sólo por detrás de China: el acuerdo ofrece una vía para consolidar alianzas estables en energía, minería y agroindustria. Es un marco de cooperación que, manifiestan en Europa, "combina desarrollo económico, innovación tecnológica, transición verde y altos estándares ambientales y laborales". Por eso, más que un tratado comercial, se proyecta como un acuerdo de integración política y productiva que, de implementarse, podría reconfigurar el vínculo por décadas.

China: el socio estructural que condiciona cualquier realineamiento

Mientras avanza el acercamiento a Estados Unidos y Europa, China sigue ocupando un lugar central en la estructura económica argentina. Es uno de los principales destinos de exportaciones agroindustriales y de importaciones industriales, y un proveedor estable de financiamiento, equipamiento tecnológico y swap de monedas.

Esa presencia convierte a China en un actor difícil de reemplazar. Schapiro remarcó que la centralidad de Beijing se vuelve evidente cuando se observan inversiones, comercio y financiamiento: “El primer inversor por stock son los Estados Unidos, pero el que más crece es China, que también se expande como cliente de nuestras exportaciones y como proveedor de bienes de capital”. A esto se suma —agrega— que Brasil, principal socio comercial de la Argentina, está “fuertemente condicionado en sus niveles de actividad por lo que sucede con China”, lo que refuerza el peso del gigante asiático incluso cuando se mira al Mercosur.

Puricelli coincide en que el margen de maniobra es más estrecho de lo que sugiere la retórica política. “Argentina no tiene modo de reemplazar a China como socio comercial y necesita llevarse bien con China”, sostiene. Para él, el país “está condenado a llevarse bien con los dos”, Washington y Beijing, y no puede permitirse un experimento de alineamiento total como el actual sin considerar sus necesidades materiales.

La dinámica con China combina comercio, inversiones y herramientas financieras, lo que le da un peso sistémico que no se puede obviar. Por eso, aun con un giro hacia Occidente, la inserción internacional del país sigue condicionada por esta interdependencia.

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Schapiro advierte que los costos de un enfriamiento con China probablemente se expresen “en el mediano plazo, en cooperaciones que no crecen, oportunidades que no se materializan y proyectos que se desarman”, más que en una ruptura abrupta. Beijing, dice, difícilmente adopte una actitud abiertamente rupturista, pero sí puede recalibrar el ritmo y el alcance de la relación.

Para Argentina, el desafío no pasa por elegir entre Washington o Beijing, sino por sostener márgenes de maniobra en un escenario fragmentado. Por eso, el realineamiento atlántico convive con una realidad en la que China continúa siendo un socio indispensable, tanto para el comercio como para la estabilidad financiera. La pregunta central es cómo gestionar esa superposición sin erosionar la capacidad negociadora del país en ninguno de los tres frentes.

Un tablero en movimiento

El avance simultáneo de los acuerdos con la Unión Europea y con Estados Unidos se inserta en una reconfiguración estratégica más amplia. Europa busca recuperar competitividad y garantizar recursos; Washington prioriza proveedores confiables, sintetiza Vasconcelos, y sentenció: “Por su bajo nivel de integración, Argentina podría ser uno de los países más favorecidos si avanza en ambos frentes, siempre que convierta la apertura en política de Estado”.

Schapiro advierte que, en ese proceso, el país “está alienando construcciones de alianzas y prioridades que se sostuvieron durante décadas”, no sólo bajo gobiernos peronistas, sino también durante gestiones como las de Menem o Macri. Cita como ejemplo el giro frente a temas como Malvinas, Cuba, Medio Oriente o el rol de organismos internacionales, donde Argentina “abandonó posiciones de consenso construidas en el tiempo”, lo que puede tener altos costos diplomáticos.

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Puricelli, por su parte, recuerda que la tradición de política exterior argentina apuntó, en general, a “maximizar la autonomía” y a preservar “mucho juego propio”. En su lectura, la actual etapa expresa un “hiperoccidentalismo” (término de Juan Gabriel Tokatlian), una adhesión a un Occidente idealizado “que en la práctica no existe”, y que no necesariamente se condice con los intereses materiales del país. De ahí su propuesta de “hacer un inventario de las necesidades de los argentinos y construir la política exterior a partir de eso”, con una diplomacia orientada a la paz, a la defensa del derecho por sobre la fuerza y al fortalecimiento de un orden internacional basado en reglas. Esa perspectiva, sostiene, también es la que mejor posiciona al país para reclamar la soberanía sobre Malvinas: “No nos podemos pelear con aquellos que necesitamos para ese reclamo”.

Rubbi introduce otra dimensión: la sostenibilidad política y la profesionalización de la política exterior. La viabilidad del acuerdo con Estados Unidos, advierte, depende “de la continuidad de dos liderazgos personalistas y de su capacidad para procesar resistencias internas”. En un país que cambió tres cancilleres en dos años, la volatilidad “erosiona previsibilidad, debilita la capacidad negociadora y envía a los socios una señal de improvisación”.

En el fondo, Milei busca algo más ambicioso que firmar acuerdos: pretende una redefinición del lugar de Argentina en la arquitectura geopolítica occidental, basada en convergencia económica. El desafío será sostener ese rumbo mientras se gestiona, en simultáneo, la interdependencia con China, en un mundo donde ninguna potencia domina por completo el tablero.

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