10 de abril 2026 - 17:04hs

Durante décadas, cada nueva generación fue, en promedio, un poco más inteligente que la anterior. Era casi una ley de la naturaleza moderna: los hijos superaban a los padres en los tests de coeficiente intelectual (CI), y los nietos superaban a su vez a los hijos. El fenómeno tenía nombre propio —el efecto Flynn— y era uno de los hallazgos más sólidos de la psicología del siglo XX. Pero en los últimos años, una serie de estudios comenzó a sugerir que esa tendencia se frenó y, en algunos países, se invirtió.

En enero de 2026, el neurocientífico australiano Jared Cooney Horvath, profesor de la Universidad de Melbourne especializado en desarrollo cognitivo, puso el tema en el centro del debate al declarar ante el Senado de Estados Unidos que la generación Z podría ser la primera en la historia moderna en obtener peores puntuaciones en pruebas académicas estandarizadas que la generación anterior. La hipótesis principal que maneja: la tecnología digital.

El nombre del efecto que resumió este fenómeno deriva del investigador neozelandés James R. Flynn (1934-2020), quien en 1984 publicó un hallazgo que dejó perplejos a los especialistas: desde los años 30, el CI promedio de la población venía subiendo en casi todos los países del mundo a un ritmo de aproximadamente 3 puntos por década. En un siglo, eso acumuló entre 15 y 30 puntos según el país, una diferencia enorme en términos estadísticos.

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Como la inteligencia no cambia genéticamente en tan pocas generaciones, la explicación tenía que ser ambiental. Los investigadores identificaron varios factores: mejor nutrición, mayor escolarización, reducción de la exposición al plomo en naftas y pinturas, y un entorno cotidiano cada vez más complejo que exige mayor abstracción y razonamiento simbólico. Flynn advertía, sin embargo, que la tendencia no podía ser eterna. Y en una observación que hoy resulta premonitoria, señaló que los aumentos no necesariamente reflejaban una mayor inteligencia real: en parte, las generaciones más recientes simplemente se habían vuelto más hábiles para pensar en los términos abstractos que los propios tests demandan. "Lentes científicas", las llamó: una forma de ver el mundo que la escolarización masiva instaló en la cultura, y que se refleja en los puntajes.

Dónde y cómo empezaron a detectarse las caídas

Las primeras alertas llegaron de Escandinavia. En 2018, los investigadores noruegos Bernt Bratsberg y Ole Rogeberg, del Instituto Frisch de Oslo, analizaron los datos de tests de CI obligatorios del ejército para hombres nacidos entre 1962 y 1991. El resultado fue claro: los puntajes venían cayendo para los nacidos después de 1975. El dato más inquietante fue que el declive se observó incluso entre hermanos de la misma familia, lo que descartaba una explicación genética.

Dinamarca, Finlandia, Gran Bretaña, Francia, los Países Bajos y Australia registraron tendencias similares, con descensos que en varios casos comenzaron a mediados de los 90. En Francia, los puntajes cayeron 3,8 puntos entre 1999 y 2009; en Finlandia, 2 puntos entre 1997 y 2009. En Estados Unidos, un estudio de la Universidad Northwestern publicado en 2023 en la revista Intelligence analizó los puntajes de 394.378 adultos entre 2006 y 2018 y encontró caídas consistentes en razonamiento verbal, matricial y numérico, en todos los grupos de edad y niveles educativos. Hubo una excepción notable: el razonamiento espacial tridimensional mejoró, lo que sugiere que no se trata de una decadencia uniforme de todas las capacidades cognitivas.

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Por qué se apunta a la tecnología digital

La hipótesis que más tracción viene ganando es la del impacto de las pantallas y los hábitos digitales. Horvath, en su exposición ante el Senado, fue directo: "Más de la mitad del tiempo que un adolescente pasa despierto lo pasa frente a una pantalla". Según él, eso afecta la atención, la memoria, la lectoescritura y la capacidad de resolver problemas, porque la biología humana está orientada al aprendizaje a través de la interacción social y el estudio profundo, no a la búsqueda superficial de información en dispositivos.

Un dato llamativo que señalan varios investigadores es el del momento en que se aceleró el declive: alrededor de 2010, exactamente cuando los smartphones comenzaron su ascenso masivo entre los jóvenes. Y el grupo con las caídas más pronunciadas, según Northwestern, es el de jóvenes de 18 a 22 años, también el que más horas pasa conectado. Un estudio de 2025 del SBS Swiss Business School, con más de 600 participantes, encontró además una relación negativa entre el uso frecuente de inteligencia artificial y las habilidades de pensamiento crítico, especialmente entre jóvenes. El mecanismo propuesto es la delegación cognitiva: cuando el cerebro deja de hacer el esfuerzo de razonar porque tiene una herramienta que lo hace por él, ciertas habilidades se atrofian.

Las dudas que plantea la ciencia

Antes de sacar conclusiones apresuradas, conviene tomar en cuenta las voces críticas dentro de la propia comunidad científica. El primer cuestionamiento apunta a qué miden realmente los tests de CI: investigadores como Wayne Weiten y Keith Stanovich argumentan que solo capturan el tipo de inteligencia necesaria para el desempeño académico formal, sin contemplar otras capacidades relevantes. Si los jóvenes de hoy son peores en ciertas tareas abstractas pero más hábiles en otras —orientación en entornos digitales, procesamiento visual rápido— el instrumento podría estar perdiendo validez.

El segundo cuestionamiento apunta a la comparabilidad de los tests a lo largo del tiempo: parte de los cambios en los puntajes podría reflejar cambios en cómo las personas interpretan las pruebas, no en la inteligencia real. El tercero es la heterogeneidad del fenómeno: los adolescentes de 13 años siguen mostrando el efecto Flynn positivo; son los de 18 los que lo pierden. Los puntajes más altos de la distribución (CI por encima de 130) siguen creciendo; los del extremo inferior caen con más fuerza. Hablar de "una generación más tonta" aplana una realidad mucho más compleja.

Lo que la evidencia sí permite afirmar con razonable certeza es que el efecto Flynn se frenó o invirtió parcialmente en varias habilidades cognitivas, especialmente desde los años 90. Si eso significa que la generación Z es menos inteligente que las anteriores, o si la inteligencia simplemente se redistribuye de formas que los tests tradicionales no capturan bien, es algo que la ciencia todavía no terminó de resolver. Mientras tanto, el debate tiene consecuencias prácticas concretas: países como Suecia ya reintrodujeron los libros de texto físicos y la escritura a mano en las aulas, reconociendo que la digitalización acelerada de la educación puede tener costos cognitivos reales.

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