El jefe de Gabinete Manuel Adorni tiene razón: no somos jueces. Somos apenas periodistas. Tampoco fiscales. No instruimos causas. No solicitamos ni concedemos medidas. No juzgamos. Nosotros preguntamos. Y en su fallida conferencia de prensa, tras más de dos semanas de erráticas y confusas respuestas a partir de que se conoció el viaje de su mujer en la comitiva presidencial a Nueva York, y luego el vuelo a Punta del Este y después las propiedades en Exaltación de la Cruz y en Caballito, surgieron dudas.
El escenario se fue tornando cada vez más vidrioso y el jefe de Gabinete convocó a una conferencia de prensa donde los periodistas acreditados hicieron lo que tenían que hacer: preguntar para disipar el cúmulo de dudas en torno a uno de los hombres más poderosos del gobierno de Javier Milei. Por lo menos en cuanto al organigrama.
En términos morales ni Adorni ni su cargo son en sí más que ninguno de nosotros. Aunque sí, y no es menor, tiene una responsabilidad muy superior en términos del cargo que detenta, al punto que el propio Código Penal establece una serie de conductas delictivas que solo pueden ser ejercidas por funcionarios públicos. Porque lo público no es privado. Al punto que la propia justicia se ocupa en el fuero federal de los delitos de corrupción.
Un inocente se defiende como un inocente, reza el dicho. Y Adorni pudo haber hecho un montón de cosas que no hizo, en lugar de dedicarse a prepotear y maltratar periodistas y darle la espalda a la opinión pública que necesita, en medio de la incertidumbre que genera su caso, respuestas. De los vuelos a Punta del Este, donde estaría acreditado tal como él dice que se hizo cargo de lo correspondiente a su parte y por la cual a su amigo Marcelo Grandio le debió haber ingresado ese importe en algún lado.
¿No hay nada opaco ni vidrioso ni oscuro? Entonces podría haber entrado y repartido entre los colegas de la sala las facturas, las escrituras del nuevo departamento de Caballito que adquirió sin haber vendido el anterior de Villa Devoto y de la casa del country Cua. Los contratos de Grandio con la Televisión Pública. Y hasta tachando información sensible, el anexo de información de su cónyuge en la Oficina Anticorrupción. Tal vez para conocer los ingresos de la coaching ontológica que le permitieron adquirir propiedades. Cuántas y cómo.
O haber puesto a su contador o a su abogado a disposición de la prensa para contestar preguntas. ¿Era su obligación? De ninguna manera. ¿Lo incrimina no haberlo hecho? Tampoco. Pero explicar, en su caso, no es una deferencia sino una obligación.
Dos problemas
Dice que no es el ámbito para aclarar nada, que los periodistas son apenas periodistas y que es la justicia el ámbito donde se dan las investigaciones. Y que no lo hace ante acreditados porque estaría interfiriendo con las investigaciones judiciales. No es cierto. No hay nada que interferir. En todo caso podría complementar la información que se está solicitando desde los juzgados de Ariel Lijo y Daniel Rafecas, y las fiscalías de Gerardo Pollicita o Carlos Stornelli. Porque no hay una sola causa. Hay varias: vuelo a Nueva York, propiedades, contratos con la Televisión Pública, clientes de su mujer…
¿Entonces entendemos que las explicaciones las da en la justicia? Hasta ahora no hizo nada allí tampoco. No presentó abogado. Nada. ¿Hace cuánto se desató el escándalo autoinfligido que él llama operación? ¿Se puso a disposición? Nada. ¿Podría? Claro, y eso no lo autoincrimina. No se lo nota tampoco desesperado por dar explicaciones en ese ámbito. La pregunta, otra, es si las tiene.
Fundacional. Adorni no entiende, o hace como que no entiende, cuando repite "no tengo nada que esconder, es mi dinero y hago lo que quiero". Y tiene razón. Que lo gaste como más le gusta. Ese no es el inconveniente. El problema radica en que no sabemos efectivamente si se trata de su dinero. O de dinero del Estado. O de dinero generado por beneficios que obtuvo a partir del cargo que detenta. Acá no hay una policía de sus gastos. Se le pregunta a un jefe de Gabinete cómo gasta lo que gasta con un sueldo con el que no le cierra el balance.