3 de junio 2024 - 17:08hs

Una devaluación del ciento dieciocho por ciento. Ninguneo a diputados y senadores. Maltrato a gobernadores. Viajes de posicionamiento personal sin asidero institucional, papelones diplomáticos, festejos en el Luna Park, la imposibilidad de sacar la ley fundacional de más de seiscientos artículos, caída en el empleo y la producción, licuación de salario o el fallido Pacto de Mayo que lo dejó sólo en Córdoba el último 25. Sin embargo, las encuestas más serias indican que nada de esto alteró la imagen positiva del presidente Javier Milei. La gran pregunta sigue siendo hasta cuándo la gente está dispuesta a acompañarlo a pesar de vivir en carne propia el impacto del ajuste.

El tiempo de luna de miel entre el presidente y el pueblo argentino es directamente proporcional al daño provocado por las administraciones anteriores, particularmente el kirchnerismo. Milei le ganó en las últimas elecciones a la vieja política llámese Juntos por el Cambio o Unión por la Patria. Bajo esa perspectiva les ganó a todos. Capitalizó el hastío, la bronca, el descontento. Le puso nombre de " casta" a los que detentaban privilegios del Estado. Esos privilegios que prometió erradicar de raíz cuando llegara al epicentro de un Estado que definió como organización criminal.

Con la inflación a la baja y el déficit en la mira, Milei recorrió los primeros meses de gobierno como si se tratase de una carrera de pocos obstáculos que sorteaba sin mayores dificultades. Dos paros de una CGT desprestigiada, dilaciones en la aprobación de su ley bases que adjudicó a esos que ponen palos en la rueda y no quieren que al país le vaya bien. Y la tremenda e inconmensurable ventaja que supo aprovechar: ausencia de una oposición que post elecciones quedó completamente desconcertada y sin rumbo. El PRO que no sabe si servirse en bandeja al espacio libertario o ir a una "convergencia" que es algo similar con un dejo de resistencia. Y un peronismo que no encuentra conducción. Sin Macris ni Cristinas en el horizonte, Javier Milei se celebraba en la tapa de Time.

Más noticias

Sin embargo, cada super héroe tiene su kryptonita. Esa sustancia que debilita al protagonista hasta el punto de neutralizar sus super poderes.

Hasta la marcha universitaria del 23 de abril, más de uno vio en esa calle que defendía uno de los pocos valores consensuados por la sociedad argentina la debilidad del presidente. Ese día no la vio. Subestimó el significado profundo de la educación universitaria pública y gratuita. Fue un "hasta acá". Un límite. Aun así y ante la contundencia de la convocatoria, Milei se autopercibió triunfador y dijo en una entrevista con El Observador Radio 107.9les gané a todos.

La calle ordenada por Bullrich no fue su kryptonita.

Tampoco el temor de que replique en el país la revuelta de Misiones con la policía acampando y los docentes cortando rutas.

Milei podía hacer casi cualquier cosa. Menos meterse en el barro del pasado vidrioso que de la mano de la corrupción y los servicios de inteligencia tiñen de sospecha cualquier gestión hasta que sólo queda lugar para la sospecha.

La nueva política que pregonaba Javier Milei era impoluta. El anarcocapitalismo que embanderaba no utilizaba mecanismos sinuosos para “caminar” a los propios y mucho menos tendía puentes entre el Estado y los suyos para generar negocios reñidos con la legalidad. El Gobierno que venía a sacarle privilegios a la "casta" tenía, incluso, algunos avances para mostrar. Como la guerra que el ministro de Justicia Mariano Cúneo Libarona le declaró a Acara (la Asociación de Concesionarios de la República Argentina), un “ente cooperador” que desde hace más de tres décadas maneja unos 140 millones de dólares anuales por operaciones del Registro Automotor y gestiona un enorme esquema de financiamiento paralelo de gastos del Ministerio de Justicia. El ministro comenzó a dar pasos para desmontar esa caja millonaria, de la que varios partidos políticos se han servido, e incorporar en 2025 esos fondos al presupuesto para que tengan control de la AGN y la SIGEN.

Pero pasaron cosas. Y en una semana mientras se sacaba fotos con los líderes de OpenAI y Facebook, en Buenos Aires la convicción que este, su gobierno, “es otra cosa” estallaba por los aires.

Después de semanas de rumores Jefatura de Gabinete sacó un comunicado anunciando que Nicolás Posse, el jefe de los ministros, daba un paso al costado. Quince minutos más tarde, la Oficina del Presidente también sacó un comunicado en el mismo sentido. Para que no quedaran dudas, a las dos expresiones oficiales se sumaron llamados de hombres cercanos a Milei para dejar constancia que se trataba de un despido y no de una decisión consensuada. Si bien en ninguno de los dos comunicados se hicieron explícitas las razones y solo se adujo falta de celeridad de Posse o discrepancias en el manejo de la Jefatura, la verdad estaba a la vuelta de la esquina. Las sospechas sobre seguimientos ordenados por Posse sobre ministros del gabinete, especialmente sobre la ministra de Capital Humano Sandra Pettovello, crecían sin pausa. Las versiones sumaban a cada hora más detalles. Hasta que la salida simultanea del gobierno del titular de la AFI Silvestre Sívori alimentaron las sospechas al punto prácticamente de confirmarlas. No sólo eso, la Agencia Federal de Inteligencia pasaba a depender directamente de Presidencia. Es decir, la agencia volvía a reportar directamente al jefe de Estado. Un mensaje claro. La experiencia de mantener al jefe de los espías sin relación con el presidente -Sívori no tenía ninguna relación con Milei- no sólo no había sido buena. Habría dado lugar a desmanejos propios de otras épocas y otros gobiernos. Todos hasta ahora, sin distinción, se vieron tentados a usar la red de espionaje oficial para beneficio propio. ¿Por qué el gobierno de Milei sería la excepción? Si el presidente no iba a hacer uso y abuso de esas estructuras, habría otros dispuestos a echar mano.

La misma semana estalló el escándalo por el acopio de toneladas de mercadería a punto de vencer en galpones de Vicente López en Buenos Aires y de Tafí, en Tucumán. Pettovello había denunciado a las organizaciones sociales. Juan Grabois denunció a Pettovello. El gobierno se enredó en la comunicación y perdió el eje: primero desmintió la existencia de esa comida sin distribuir en medio de la emergencia alimentaria, después dijo que solo era para catástrofes. Finalmente, sí existía y no era para catástrofes, pero estaba a la espera de una auditoria del sarasa. Grabois tenía razón. Lo que pocos imaginaban era que en el medio de denuncias cruzadas aparecieran sospechas de un mecanismo de corrupción aceitado sólo en cuestión de meses y que sindicaran al ex secretario de Niñez y Familia Pablo de la Torre como el responsable del engranaje.

Milei volvió a Buenos Aires y puso en marcha el operativo para despegar a su ministra favorita de cualquier hecho delictivo. El gabinete salió en malón a defenderla. Capital Humano denunció penalmente al ex funcionario. Aun así, quedan demasiadas preguntas sin responder en el ministerio más sensible, en un país con más de la mitad de su población bajo la línea de pobreza.

Milei se metió en el barro. O lo metieron. El auto que conduce no pudo escapar de las huellas dejadas por gestiones anteriores tan apegadas a lo vidrioso que se les hacía difícil distinguir si estaba bien o estaba mal.

Milei dice ser otra cosa. Pero esta semana fue más de lo mismo. Servicios de inteligencia y corrupción. No hay foto con Mark Zuckerberg que pueda ocultarlo. Si el electorado lo acompañó fue para darle una paliza a los que hacían propio lo ajeno utilizando al Estado como una caja de fondos comunes y convirtiendo a sus estructuras, como la AFI, en un prestador de servicios para librar guerrillas personales.

Temas:

Javier Milei Juntos por el Cambio Unión por la Patria Ley de Bases Nicolás Posse Sandra Pettovello AFI

Seguí leyendo

Más noticias

Te puede interesar

Más noticias de Uruguay

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos