¿Cómo es vivir un Mundial con indiferencia en un país obsesionado con el fútbol? Miembros de esa minoría le contaron a El Observador como atraviesan estas semanas.
“Es como estar en una fiesta donde ponen música que no te gusta, pero bailás igual”
Martín Craciún es curador de arte y director del Instituto Nacional de Artes Visuales (INAV), que pertenece al Ministerio de Educación y Cultura. A esta altura de su vida ya tiene incorporado que el fútbol le falte como tema de conversación, aunque al moverse dentro del mundo del arte, no es un requisito obligatorio para sacar charla.
“Se puede vivir sin eso, pero siempre siendo respetuoso con la gente que está comprometida de verdad”, consideró. “Igual terminé enganchado con el partido de Uruguay y Arabia, porque estábamos en una reunión familiar, y el clima te lleva a eso”.
Parte de ese cambio tiene que ver que para este Mundial la hija de Craciún tiene 5 años, y está compartiendo la experiencia con ella. “De alguna forma termina siendo interesante el fenómeno de que se esté jugando en Estados Unidos en este momento histórico, que Irán esté participando, y esa cosa que hacen los estadounidenses de que todos sus espectáculos son excesivos”, reconoció.
“Es un fenómeno cultural por la convocatoria que tiene, y me resulta llamativo por eso, aunque tomo distancia, lo veo de afuera”, agregó Craciún. “Pero hay que dejarse llevar, porque además tiene un efecto claro en la sociedad. Si gana Uruguay, los bizcochos al otro día son más ricos”.
El director del INAV observa con curiosidad el alcance que tiene el fútbol en Uruguay, y cómo este deporte construye el imaginario colectivo del país, que se refleja incluso en la forma de hablar, en expresiones cotidianas como “ponerse la camiseta” o hasta en proyectos políticos como el Pelota al medio.
“El Mundial es la cúspide de todo eso. Es la confluencia de la sociedad entera, que capaz que en otros momentos está fragmentada o polarizada. Acá se encuentran todos, hasta el que no es del fútbol como yo”, consideró.
De todas formas, aclara que no se conmueve con el fútbol, y que nunca se sintió cómodo con la “sensación de perdedor” que se genera como consecuencia de la competencia deportiva. Sin embargo, prefiere no encerrarse y en momentos como este, acompañar a los que si lo sienten. “Disfrutás viendo al resto disfrutar, y siendo parte de un ritual colectivo, arraigado en las tradiciones”.
“Uno no es insensible, es como estar en una fiesta y ponen música que no te gusta, pero bailás igual. Y aunque no te reconoces bailando un tema de Shakira, lo estás haciendo y te divertís”, concluyó.
***
En su texto El extranjero, el escritor argentino Pedro Mairal narra la vida de un hombre al que no le gusta el fútbol. Una historia que transcurre del otro lado del Río de la Plata, pero que bien podría suceder en esta orilla.
“El desinterés por el fútbol te vuelve un poco menos argentino, un poco menos hombre. Yo padecí eso toda la vida. Me hubiese gustado ser parte de la gran hermandad futbolística, poder integrarme a la memoria colectiva de cada domingo y hablar después durante la semana, como los porteros, de vereda a vereda, como los oficinistas, de escritorio a escritorio, cargándose por derrotas y rivalidades, insultándose de esa manera tan colorida y ocurrente. Pero el fútbol siempre me expulsó”, escribió Mairal.
El relato, publicado en 2001, tiene como punto culmine una conversación entre el protagonista y un taxista que le pregunta de qué equipo es hincha. El protagonista le pone como comparación un escenario alternativo para que entienda su forma de ver el mundo: le pide al conductor que se imagine un mundo donde toda Argentina fuera fanática del ballet.
“Imaginate que los pasajeros que se suben al taxi te hablen de la coreografía y los saltos geniales que hizo un bailarín el domingo y vos no lo viste y no te gusta el ballet. En la calle todos hablan de ballet, las tapitas de gaseosa tienen adentro imágenes de bailarines. Cuando un chico nace ya el padre lo hace fan de un bailarín. Los chicos en la plaza ponen música y bailan. Hay barrabravas de ballet, se matan a cadenazos y balazos a la salida del Colón cuando es la gran final. Una o dos veces por mes alguien te pregunta ‘¿Vos de qué bailarín sos?’, y vos no sos de ningún bailarín. Lo decís y te miran raro. La gente en los bares mira ballet por televisión…” A esta altura el tipo empezó a resoplar, así que no le di más ejemplos y le pregunté: “¿Me entendés?”. “Si”, me contestó, “te entiendo”. “¿Cómo te sentirías vos si la cosa fuera así?”, le pregunté. “Y… no… claro”, contestó, después se quedó callado y al rato dijo: “Pero no vas a comparar el fútbol con el ballet”.
***
“Durante los partidos hago otra cosa”
La dramaturga y directora teatral Marianella Morena estaba escribiendo mientras Uruguay jugaba con Arabia Saudita su primer partido del Mundial 2026. Escuchó los gritos de sus vecinos, y supo lo que estaba pasando porque toda su familia —su pareja, su hijo, sus padres— es futbolera y estaba siguiendo el encuentro. Ella es la única ajena al deporte. “Tuve intentos de acercarme, pero no me pasó nada”, confesó.
Morena aclaró que lejos está de mostrarse contraria a las manifestaciones masivas como el fútbol y el fervor mundialista. Al contrario, celebra el “plus de alegría” que da el Mundial cuando las cosas salen bien. “Pero sí me genera sospechas la dictadura emocional que se genera. Se instala la supremacía, no la convivencia. Y está esa cuestión de la búsqueda de la gloria que te la traen tus héroes, y vos hacés el mínimo esfuerzo, porque lo ves por la tele. Además, es algo que está sustentado por un negocio millonario, que si no estuviera no tendría la repercusión que tiene, sería como otras disciplinas”, explicó.
“El Mundial es un gigante que fagocita todo el campo simbólico”, agregó la dramaturga. “Y no es solo la ilusión, la alegría, va saqueando el lenguaje, todo el mundo habla en términos futboleros”.
La selección uruguaya se despide del público tras el empate ante Arabia Saudita en el Mundial 2026
Foto: Juan Martín González
Para Morena, la atención que se le da a la Copa del Mundo tiene que ver también con el funcionamiento social de estos tiempos. “Aparece algo y todos tenemos que ir para ahí, esta cosa de la masa. Y nadie se corre de ese lugar por miedo a la repercusión que pueda tener, por el miedo a ser criticado por no opinar lo mismo que el resto. Es polarización, pero por otro lado”, consideró.
La directora señaló que más allá de esos cuestionamientos, como artista también le corresponde ser atravesada por fenómenos como este, y llevarlos a su trabajo. Sin ir más lejos, Morena es la responsable de Las julietas, una obra que está atravesada por el fútbol y por su lugar en la identidad uruguaya. Y aclaró que en Mundiales anteriores ha hecho funciones y el público asistió.
“Durante los partidos hago otra cosa, pero no soy una talibana, dejo que los que lo disfrutan lo disfruten. Pero no disfruto de la imposición masiva que hay con el fútbol que no sucede con otras cosas. Para mí el fútbol narcotiza, como las drogas o como la religión, es ese nivel de euforia. Pero es esa euforia la que desde afuera me genera dudas”, concluyó.
***
La selección de Corea del Sur llegó a semifinales en el Mundial de 2002, que el país asiático coorganizó junto a Japón. Es, hasta ahora, su mejor participación histórica, y el torneo fue un fenómeno popular para el país, que venía de una feroz crisis económica que implicó hasta un rescate del Fondo Monetario Internacional.
En medio de ese fervor coreano se encontró el cineasta Park Chan-Wook, responsable de películas como Oldboy y La única opción. Por ese entonces, Park se desempeñaba también como crítico de cine y columnista en medios de su país. En esa faceta escribió El pecado de que no te guste el fútbol, que se publicó en el diario Kyunghyang Shinmun un mes después del Mundial 2002.
“Odio el fútbol, especialmente los partidos del Mundial. No me pregunten por qué”, confiesa el cineasta. “Los éxitos de la selección coreana convirtieron mi indiferencia en antipatía, porque de lo único que ustedes podían hablar era del Mundial, porque nunca nadie estaba disponible durante los partidos, porque no había nada interesante en la tele, porque no había películas buenas en los cines. Porque un grupo de extraños se subió al techo de mi auto y le saltaron encima. Porque no pude dormir mucho con los bocinazos”, escribió, comparándose con los coreanos que colaboraron con la ocupación japonesa durante la segunda guerra mundial.
Park cuenta que tratando de escapar del fervor mundialista, decidió aceptar una invitación a participar en un festival de cine en el extranjero. Sabiendo que Sudamérica y Europa iban a estar dedicados al fútbol, se fue a Estados Unidos, confiando en que a su regreso a casa, Corea ya estaría fuera de la copa. Al llegar al aeropuerto de Seúl, vio en un televisor el gol de oro con el que la selección asiática le ganó a Italia en octavos de final.
“La marea de camisetas rojas con la que me enfrenté volviendo a casa me dio escalofríos. Tenía miedo de que me agredieran si no me sumaba a sus cánticos”, relató. Unos días después, sorprendió a su esposa (que estaba en la misma situación que él) viendo la semifinal Corea-Alemania. “Parece que nuestros vecinos habían empezado a señalar a nuestra hija y a chusmear que sus padres no estaban siguiendo el Mundial. Ya no tuve fuerza para seguir peleando. Me rendí y me fui a confesar a la iglesia”. El sacerdote lo mandó a ver tres veces la repetición de cada partido.
***
“Desde adentro en cuerpo, desde afuera en mente”
Por Federica Bordaberry
El primer mundial que recuerdo haber vivido con más impacto fue el de Sudáfrica 2010. Tengo patente la imagen de mi padre saltando del sillón a los gritos, festejando el penal del Loco Abreu. Lo recuerdo por otros, no por mí. Desde que tengo uso de razón el fútbol no me conmueve demasiado. Entiendo las dinámicas, conozco la historia de Uruguay en los Mundiales, entiendo el porqué de las cuatro estrellas. He escrito sobre todo eso, siendo periodista, en más de una ocasión. A mí también me sorprende.
Es decir, tengo todo para sentir esa emoción cuando llega el Mundial, y no lo logro. No me toca. Más bien observo el sentir de otros cuando hay partidos. La última vez que me pinté una bandera de Uruguay en la cara me sentí ridícula. No por Uruguay, no porque me parezca todo un circo, no porque sea hater del mundial ni de la selección uruguaya. Simplemente porque me siento impostora festejando algo que no me atraviesa.
Lo vivo así: desde adentro en cuerpo, desde afuera en mente. Miro los partidos, presto atención. Pero no me entristece, no me enfurece, no me da rabia, no me quejo de Bielsa ni de los jugadores. Por fuera de eso, hay muchas otras cosas que no hago: no soy parte de ninguna penca (aunque todos mis grupos sociales las tengan), no tengo (ni tuve nunca) el álbum de figuritas, mucho menos las figuritas. No tengo banderas, no me pinto la cara, no tengo ni las versiones truchas de las camisetas. Y, quizás, lo peor: la única vez que fui a ver a Uruguay jugar en el Centenario fue por insistencia de un argentino.
El resto de mi vida transcurre como siempre.