Dillom quiere revancha. En su último show en Montevideo, el artista argentino volaba de fiebre. Cuarenta grados en el termómetro y la visita de un médico con un inyectable antes de poder salir a escena.

Aquél show, dentro de la presentación de su disco Por cesárea, lo recuerda como muy bueno, pero como un evento que no pudo disfrutar, y como una experiencia bastante rara para su cabeza. Ahora, con un nuevo álbum para presentar, buscará ese desquite uruguayo.

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La Nueva Violencia pone a Dillom en otro lugar, en distintos sentidos artísticos. Después de dos discos donde su propia biografía y su universo interior dictaban el rumbo, este tercer álbum se abre a los delirios de la sociedad contemporánea. La sociedad del espectáculo, de la exposición permanente, del teléfono en la mano todo el tiempo, del exceso, el consumo y el hedonismo desbocado.

Es un disco también más bailable, discotequero, aunque sin desconectarse de los cables del rock, el pop y el rap. Un disco que amplió la paleta sonora e instrumental, que incrementó la cantidad de miembros de su banda y que lo entusiasma particularmente tocar en vivo.

En la previa a su vuelta a Uruguay para presentar esta novedad, con un show en la Rural del Prado el próximo 14 de noviembre, Dillom conversó con El Observador sobre canciones, violencia, celulares y envejecer.

¿Sentiste la necesidad para este disco de cambiar el punto de vista y dejar de escribir mirando para adentro y empezar a hacerlo mirando para afuera?

Me pasó de mirar más para afuera, si, pero también es un disco que considero que tiene mucho condimento de lo personal. Sentí que tenía que cambiar mi forma de escribir, que por momentos van cambiando las perspectivas desde donde está escrita cada letra, y de hecho hay letras que están escritas desde varias perspectivas al mismo tiempo.

Creo que más que nada quería cambiar mi forma de escribir a una cuestión más metafórica y menos literal. Siempre tuve una forma de escribir quizás muy directa, también muy del punchline, del remate. Como mis primeras escrituras eran más dentro del mundo del rap y del hip hop, que es muy de ir directo al hueso, en este disco tenía ganas de hablar de cosas que me pasan, pero sin personalizarlo en mí, porque en ningún momento hablo de mi, nunca digo Dillom. Diría incluso que como persona no existo dentro del disco. Pero hay una cuestión más fotográfica, de ir contando situaciones o sentimientos, o mostrando ciertos entornos a través de imágenes, de cuestiones más sensoriales que van pintando ese paisaje.

¿Buscaste entonces pararte en el cruce entre hablar de lo colectivo, lo social, y de vos mismo como miembro de esa sociedad a la que le pasa lo mismo que a todos y que enfrenta lo mismo que todos?

Si, total. Justo a mí me pasa también de estar en una posición particular por el tipo de vida que llevo y los entornos en los que a veces me veo envuelto. La nueva violencia es un disco que habla mucho acerca del entretenimiento, y mi rol como artista muchas veces desemboca en ser entretenedor, también. Hay como una línea difusa ahí. Entonces también hay mucho condimento de lo que yo tengo para decir desde mi punto de vista, o de observaciones que tengo acerca de ese mundo.

La grabación del disco fue bastante particular, la hicieron en una casona de 1860, y estuvieron ahí dos semanas, sin teléfonos, sin contacto casi con el mundo exterior, tocando música, grabando y enfrentándose al tiempo libre de otra forma. ¿Te paso después de volver de grabar que pudiste separarte del teléfono o volviste enseguida a agarrarlo?

Volví con todo (risas). Si me pasó que pude tomar consciencia y decir “no pasa nada, no se muere nadie si estoy sin el teléfono. Nada terrible va a pasar, y si pasa algo me voy a enterar igual por otro lado”. Después, uno también usa el celular porque trabaja con él, entonces tiene que estar más o menos atento. Pero si, me hizo mucho más consciente del uso, y de lo que también es no usarlo. A partir de la grabación, todo lo que hago lo hago sabiendo, y me doy cuenta, lo percibo y con eso puedo salir.

¿Y a vos qué te pasa con los teléfonos en tus shows?

Por un lago tengo la suerte de que, por lo menos en Buenos Aires, no hay tantos celulares porque la gente tiene miedo de que se los roben, suele haber mucho robo de celular en mis shows (risas). Está bien que anden con miedo. Después en otros lugares si, hay más, está la costumbre de usarlo. Que se yo, no es lindo como artista estar arriba del escenario, mirar al público y que sean todos celulares. Es bastante disociativo, de alguna manera. Yo entiendo que la gente se quiere llevar su recuerdo, que paga la entrada y quiere una fotito, un video. Pero la gente que viene y filma todo el show, lo hubieras visto por YouTube, amigo. Espero que de a poco se pueda tomar consciencia sobre eso y se pueda recuperar el disfrute.

¿Vos como sos en los shows, filmás o no?

Si, alguno que otro, pero filmo 30 segundos y después lo guardo y disfruto. O me filmo un video de mi mismo, mostrando que estoy en el lugar, para después mostrarle a mis amigos, o dentro de un par de años verlo y decir “que lindo, me fui a Mánchester a ver a Oasis”. O yo que sé, fui a ver a AC/DC acá en Buenos Aires, filmé diez segundos porque tenía a Angus Young enfrente, estaba en el campo, me mandé al medio de todo el pogo, y bueno, saqué el celu, grabé eso, y después lo guardé y listo, porque me gusta disfrutar del momento. Sino después tengo 400 videos que nunca veré, al pedo.

Volviendo al disco, es muy bailable. ¿Estamos en una época donde necesitamos bailar?

Creo que los shows en vivo son de los pocos lugares que nos quedan de encuentro, de congregación, de catarsis de alguna forma también. Es loco como ir a un show puede hacerte salir de la rutina y emocionarte, y que sientas cosas que no sentís todos los días. El otro día fui a ver a Robbie Williams que vino a Argentina, y en un momento se bajó del escenario, y le cantó a una piba que estaba contra la valla, mirándola a los ojos, y la piba estuvo toda la canción llorando. La enfocaban y estuvo diez minutos con las lágrimas cayéndole. En lo cotidiano no hay muchas situaciones en las que uno se emocione hasta las lágrimas y que sienta tan fuerte algo así.

Entonces es muy fuerte la potencia que tiene el arte en vivo, los shows, las obras, lo que sea. Entonces sentí que era un momento para darle valor a eso, fomentarlo y hacerlo parte de la obra también, parte del disco. En mi mente estaba el llevarlo al vivo, al show. Y también es un disco que está muy centrado en la música. Parece una pelotudez dicho así, pero por ejemplo, sacamos solo un videoclip, y ahora salió otro que es una compilación de imágenes de los shows en vivo, y no hay mucho más que eso. Es la música, es un disco con mucha instrumentación y que se presta mucho para el vivo, hay un disfrute por tocar música y del otro lado por disfrutarla, bailarla, cantarla, emocionarse.

¿Hubo una cuestión también de que la gente entre en la narrativa del disco? Pienso en que cuando salió el disco publicaron unos videos donde le preguntaban sobre vos a gente en la calle en distintos lugares del mundo, después hiciste una convocatoria pública para que la gente se fuera a tatuar para el videoclip de Cocodrilo, y hace unos días te fuiste a comer milanesas a la casa de un fan después de una interacción por redes.

Fue muy pensado eso. Está bueno fomentar la participación activa de la gente en un momento en el que estamos todos pasivamente recibiendo estímulos y sin siquiera elegir qué estamos viendo. El poder hacer que la gente venga y participe, en el sentido de que termine siendo parte de la obra, del disco, hace que se complete, que vos seas parte de que la obra se finalice.

En 2024 contabas que tu disco anterior, Por cesárea, tenía referencias cinematográficas muy claras como Psicosis, Donnie Darko y Beau tiene miedo. ¿Qué películas hay atrás de La nueva violencia?

Austin Powers, esa cuestión medio de los 60, está ahí. También esa cosa muy nocturna, de excesos de Boogie Nights. Las décadas de 1960 y 1970 fueron influencias muy fuertes. Después también La sustancia, es una película que me gustó mucho y tiene esa cosa medio moderna, medio pop, de estímulo electrónico, pero al mismo tiempo distópico, grotesco y horroroso, que creo que fue un input que estuvo muy presente a la hora de hacer el disco.

Quiero volver a un concepto que mencionaste hace un rato, esta cuestión de entretener, de ser el entretenedor. ¿Pesa en algún momento el tener que estar entreteniendo todo el tiempo o aprendiste a llevarlo bien?

Pesa, si. Lo elijo todos los días de mi vida, obviamente, porque es lo que amo hacer, pero también puede ser un rol bastante ingrato por momentos, y que también se ve afectado con el paso del tiempo, como puede pasar también, por ejemplo, con un futbolista. Uno inevitablemente crece. Y son muy pocos los casos en los que un artista se va por la puerta grande sin dar pena, o estar a la deriva, en el abandono y el olvido. Son muchos más los casos de decadencia y fracaso. Entonces encuentro algo súper trágico ahí, pero también súper poético, que alguien dedique hasta el último de sus días haciendo lo que ama sin importar nada más.

Y es una pregunta también que me hago siempre. Por mucho tiempo pensé “¿hasta cuando me dará?”, porque prefiero irme por la puerta grande antes que pasar vergüenza, hacer un papelón. Me pregunté cual es la mejor forma de envejecer. Y últimamente, viendo lo que pasó con Ozzy Osbourne, o viendo en vivo a Iggy Pop, me encontré con que hay ejemplos de lindos casos, y me dije a mi mismo: “quiero morirme en un escenario haciendo lo que hago, hasta donde me dé”. Así que tengo que encontrar la mejor forma para que eso suceda.

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