¿Viste la obra original, en 2005?
Vi la original hace 20 años. Y no la recuerdo. O sea, recuerdo a Marisa Bentancur, que es mi amiga, mi compañera, mi hermana, haciendo este personaje hermoso. Y después tengo momentos de la obra en la mente. Pero es una historia compleja y pasaron 20 años, así que no la tenía en la cabeza. Recuerdo también que me voló la cabeza el texto.
Volvés a actuar las palabras de Calderón otra vez.
Sí. A Gabriel lo quiero y lo admiro, laburé con él, he visto todo su teatro. Lo que me flasheó en esta experiencia, y se lo comenté a él, es ver cómo la obra se despega del autor. Uz hoy, en este contexto, tiene una lectura totalmente diferente a la que podía haber imaginado él cuando la escribió a los 23 años, como que de alguna manera ya no le pertenece, ¿viste? Él no tiene control sobre su obra, porque todas las obras se van desprendiendo de los autores. En este caso, además, está la lectura del director, Damián Barrera, que la ubica en los años cincuenta, un poco reproduciendo el sueño americano, la familia idílica, extremadamente católica, en un pueblo pequeño en el que aparece Dios y le da un mandato a partir del que todo el orden se empiece a resquebrajar. La obra critica un sistema sumamente perverso y jodido.
Gabriela Iribarren en Uz: el pueblo
¿Y sentís que tiene resonancia con el mundo de 2026?
Es más distante que la que tenía en su momento, o es otro tipo de resonancia. No sé cuál fue el propósito de Gabriel al escribir la obra, pero adquirió vida propia, eso veo yo. Creo que cuando se estrenó, o según recuerdo mi lectura en aquel momento, la familia disfuncional era un tema recurrente del teatro. Pero hoy la obra no está ahí. Sí está ese sueño americano que nos dominó tanto como cultura occidental, esa hegemonía del norte. La religión también, metida en la vida de la gente y el pensamiento crítico, la fe ciega, el dogma, el orden. También hay una revalorización del estilo de la dramaturgia, de la construcción escénica. Es decir, está jugada a la farsa, tiene el ritmo y debería tener la precisión de un vodevil francés, está atravesada por el absurdo y por el humor.
¿Cómo es para transitar el péndulo entre tragedias como Ana contra la muerte y comedias como Uz?
Me encanta la comedia. Me gusta experimentar con ella. La comedia te llena de energía, de vida. Los uruguayos nos reímos poco. Y nos reímos cada vez menos, antes nos reíamos mucho más. Y teníamos tremendo humor. Un humor medio irónico, medio de doble sentido. Hoy estamos como muy alejados de la risa. Y la risa es una herramienta humana espectacular, es una defensa, es una manera de resignificar, de crítica, de autocrítica. Te podés reír de vos mismo, de todos, del poder, reírte de cosas horribles. Es profunda la risa.
¿Por qué no nos estamos riendo tanto los uruguayos?
Porque estamos un poquito alienados. La alienación te adormece y para reírte tenés que tener una mirada activa sobre la realidad. Tenés que tener la capacidad de ver algo, tomar distancia y poder reírte de eso. Cuando estás sumergido en un drama, no te podés distanciar, no te podés reír. Cuando te pasa algo y lo estás sufriendo, no te podés reír.
El humor es tragedia más tiempo.
Como decía Woody Allen. Yo creo que la sociedad está sumergida en un drama. Tenemos problemas de salud mental, somos una sociedad tan desigual. No se puede ser muy feliz si la atmósfera en la que vivís está deprimida. Y creo que como sociedad estamos deprimidos. Yo lo percibo así. Y eso te impide reírte. Porque te saca alegría, te saca rebeldía. Nos falta creatividad también, por eso la cultura es importantísima para la vida y para la construcción social y colectiva. Es lo que te permite salir de todo eso y conectarte con la realidad desde otro lugar. Y también dispara tu imaginación, desarrolla tu sentido crítico, tu sentido del humor, te conecta con tus emociones, con el pensamiento. Y bueno, estamos en un proceso de desculturización importante . Más allá de eso, por suerte hay mayor accesibilidad a la cultura y la gente acude porque lo necesita. Pero es un tema más estructural.
Hablando de temas estructurales, ¿qué visión tenés de la gestión de la cultura de este gobierno? Como presidenta de la comisión de cultura del Frente Amplio fuiste parte de la redacción de ese tema en las bases programáticas.
Lo veo como una gestión buena, correcta, que va funcionando. Pero que tomó solo algunas de las líneas del programa en materia de cultura, que era mucho más ambicioso. El programa proponía un cambio estructural, un cambio institucional, con la propuesta de llevar el Ministerio de Educación y Cultura a un Ministerio de las Culturas, Artes, Patrimonios y Educación. Eso no va a ocurrir en esta etapa, por lo menos en este periodo de gobierno. Ese cambio creaba condiciones para que la cultura tuviera la centralidad que tiene que tener, porque la cultura es, como la educación, un pilar que necesita una institucionalidad que la desarrolle. Del programa se tomaron hebras que se están cumpliendo y que van a mejorar la situación, pero no va a haber un cambio profundo y estructural como nosotros entendíamos y recogimos del contacto a nivel país.
¿Eso genera decepción?
En materia política sabés que siempre hay un límite, y si no te corrés del límite de lo posible, no van a suceder los cambios estructurales. Era algo previsible porque también la fuerza política se desarrolla con su propia correlación de fuerzas. Y porque también la señal del gobierno fue de reforzar el área de la educación. Eso se da un poco de cara con lo otro. No quiere decir que no pueda suceder. O sea, fue muy importante dejar eso plasmado en el programa, porque recogió la realidad de todo el país, fue un trabajo muy vasto, muy participativo, muy amplio y hubo una adhesión de parte del congreso del Frente Amplio, el organismo más importante.
¿Confiás realmente en que habrá un Ministerio como el que propusieron en un gobierno del Frente Amplio?
Seguiremos pensándolo, pero no por el ministerio en sí, sino por lo que representa. No hay todavía una comprensión de parte del sistema político, aunque el Frente Amplio creo que es el que más comprende, de la dimensión real de lo cultural. Siempre se reduce un poco al evento, a la sala, que sí, por supuesto que son imprescindibles, pero no se ve el entramado, el entretejido. No hay una lectura política de eso y es una realidad, ocurre. Puede cambiar también, ¿no? Pero creo que hay una emergencia cultural en las relaciones de la comunidad, en nuestra propia sociedad.
Y en cuanto al específico del teatro, por ejemplo, la Ley de Teatro Independiente sigue sin reglamentarse.
Me consta que eso va a salir, porque ya se instaló la comisión que tiene que reglamentar esa ley y así está previsto. Hay 30 millones de pesos que se entregaron ya, que es menos de lo que se necesitaba, pero ahí ya entra el tema presupuestal. El sector del teatro independiente está muy complicado. Debería ser patrimonio el teatro independiente uruguayo, porque es un fenómeno único en el mundo, por lo menos en el mundo más occidental.
Vuelvo a la obra: ¿a nivel actoral qué te demanda Uz?
El mecanismo es brutal. Es muy exigente. El ritmo. Tenemos un director muy exigente y muy eficiente. A mí me gusta mucho la comedia física, siempre meto un poco el cuerpo y esta obra me lo permite. A mí hacer obras de Gabriel me encanta.
Gabriela Iribarren en Uz: el pueblo
Se da, además, la coincidencia de que se puso en escena el principio de la pentalogía, Uz, y el final, Ay! La miseria nos hará felices.
No sé si estaba planeado, pero es una posibilidad muy interesante de ver también un arco en su trabajo. Por más de que son obras independientes y no tienen nada que ver, por lo que entiendo. Y bueno, en este caso formar parte del mecanismo de Uz y borrar los límites de lo real e ir al absurdo es también necesario. A veces estamos un poco embotados de realismo y correr esa frontera te permite atravesar estados.
¿Te llevás mejor con el día del estreno o el último día de función?
Me pone nerviosa el estreno. Es un shock emocional, te das contra el público, cuaja, pasa de todo. O no pasa.
¿Cuál es la reacción cuando no pasa nada?
Para el fracaso estamos súper preparados, pero no queremos fracasar. Fracasar en el sentido de no llegar, de no completar, de que no pase. Pero bueno, es el riesgo, ¿no? Y también tiene algo lindo, aunque no parezca. Y con la última función... A mí me gusta lo efímero del teatro. No me gusta quedarme pegada a los trabajos. Poder mirar lo que viene y también despegarme de la carga que tienen las obras y los personajes.
Ana contra la muerte, por ejemplo. Fue una obra que demandó una entrega emocional brutal en el escenario.
Ana contra la muerte nos puso en un lugar difícil. Fue duro convivir con ese texto. Llegó un momento en que dijimos "paremos porque necesitamos un poco de oxígeno". Fueron muchos años también.
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María Mendive, Gabriela Iribarren y Marisa Bentancur en Ana contra la muerte
Difusión
¿Se esperaban lo que pasó con esa obra? Se transformó en un fenómeno de años, y de varios países.
Una siempre ama el trabajo que hace, porque no hay otra manera de hacerlo. Pero nunca sabés qué puede pasar. Gabriel escribió esa obra para nosotras y fue parte de un proceso salado como dramaturgo y como persona también. Pasó algo especial en Ana contra la muerte. Creo que con ella Gabriel logró un clásico.