Dicen que a Uruguay todo llega diez o veinte años después. Una frase popular que en el mundo de hoy quizás ya no tiene tanta veracidad como antes, pero que todavía se aplica a algunas cosas. Por lo pronto, a Gran Hermano, el reality show que desde este domingo 20 tendrá su versión criolla, 25 años después de que el formato se viera por primera vez en la televisión local.

Después de casi tres años de rumores, conversaciones y negociaciones, Canal 10 estrenará Gran Hermano Uruguay ante un público expectante por ver la “traducción” del certamen a la idiosincrasia y al imaginario local.

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En estos días previos al estreno, por ejemplo, no han faltado comentarios jocosos sobre las altas posibilidades de que se conozca a uno de los 21 participantes, o que incluso se dé que dos de los jugadores tengan algún contacto en común, dada la lógica pueblerina de este país.

En una entrevista con el programa La Playlist, del streaming de El Observador, el conductor del ciclo, Eduardo “Colo” Gianarelli, adelantó además que la casa donde se desarrolla el juego tendrá algunos toques uruguayos, como un espacio para hacer fuego; y hasta se puede especular sobre cuánto del presupuesto semanal del que disponen los participantes se destinará a yerba.

El púbico local está curtidísimo en el consumo de Gran Hermano gracias a más de dos décadas de exposición al formato, principalmente a través de su edición argentina. Como pasa en tantos otros órdenes de la vida, la comparación con el hermano mayor al que amamos odiar será inmediata. Pero el reality tiene metido en su ADN la capacidad de adaptación. Se acomoda a la realidad de cada país, lo que ha hecho que hoy cuente con 63 versiones en lugares tan disímiles como Brasil, China, Rusia, Nigeria o Egipto.

El gran hermano te está mirando

Mucha de la televisión que hoy miramos tiene nombre propio: Johannes Hendrikus Hubert de Mol junior. John, para los amigos. Este señor de 71 años nacido en La Haya es el creador de programas que ya han tenido versión local como La voz, Trato hecho, 100 uruguayos dicen, The Floor, y ahora, Gran Hermano.

De Mol y sus colaboradores tomaron una conjunción de referencias e influencias para crear el programa, que debutó en la televisión neerlandesa en 1999. El concepto de Gran Hermano tiene un origen obvio: la novela 1984, del británico George Orwell, que se ambienta en una Londres distópica donde el gobierno (liderado por el Big brother en cuestión) vigila de forma constante y permanente las acciones, movimientos y hasta pensamientos de sus ciudadanos.

En la película "1984", basada en la novela homónima de George Orwell, un tirano gobierno liderado por Gran Hermano controla todos los movimientos de cada individuo a través de la propaganda

Reality shows previos como The Real World, que salía por MTV, o Survivor, también fueron influencias reconocidas, así como algunos de los streamings en vivo de la internet primigenia de aquellos tiempos, más la teoría del panóptico de Michel Foucault.

Gran Hermano fue un fenómeno de forma instantánea, y su expansión —primero en Europa, luego en el resto del mundo— fue veloz. Menos de dos años después, el programa estaba en la televisión abierta uruguaya.

Bienvenidos a la vida en directo (en diferido)

Aunque para los uruguayos la primera referencia es Gran Hermano Argentina, el primero que se vio acá fue el de España. En concreto, la primera edición del reality hecha en el país ibérico. Con una particularidad: el programa se emitió entre abril y julio del 2000 en su país, pero Canal 12 lo emitió en Uruguay en los primeros meses de 2001. Otro mundo.

El programa llegó a estas tierras ya con cierto ruido previo. Al mismo tiempo que cientos de niños, adolescentes y adultos vigilaban y jugaban en las casas virtuales de Los Sims, el fenómeno de este programa rarísimo, donde un puñado de personas comunes convivían encerradas en una casa, y se los veía durmiendo, lavándose los dientes o cocinando ya circulaba de antemano. Una mezcla de juego con experimento social.

Apenas unas semanas después de que los uruguayos tuvieran su primer contacto con Gran Hermano, en marzo de 2001 se estrenó la versión argentina, la primera que se hacía en Latinoamérica, y la número 20 a nivel mundial.

La conexión con España seguía: los responsables argentinos del programa la tomaron como referencia, viajaron a la casa en Madrid para tomar nota de cómo debía construirse la de Buenos Aires, y hasta tomaron elementos como el concepto de “nominado” (no se les ocurría como traducirlo al español rioplatense y lo dejaron así), o la “nominación espontánea” que en 2007 daría uno de los momentos más memorables del recorrido de la versión argentina, cuando la participante Marianela Mirra se la aplicó a Diego Leonardi.

Al otro lado del río

Aunque rápidamente el juego derivó hacia el show, y los participantes empezaron a meterse en el casting con la expectativa de ser famosos más allá del reality, las primeras ediciones de Gran Hermano Argentina eran más cercanas al espíritu original del programa, más un juego que otra cosa. Eran ediciones más cortas, sin participantes con algún tipo de trayectoria pública previa.

Marcos Gorban, productor responsable de las primeras ediciones argentinas del programa, cuenta en su libro de memorias Nominados que los primeros jugadores se anotaron para probar el experimento. Atravesar la estadía en la casa y ver si lo podían soportar.

En el libro, Gorban explica que Gran hermanose basa en tres premisas básicas: el aislamiento del mundo exterior, el sistema de nominaciones y eliminación y el concepto back to basics, volver a lo básico”, un componente derivado de que las casas originales no tenían todas las comodidades de la sociedad moderna (aunque para el estándar latinoamericano eran casas de lujo), un elemento que con el tiempo se sacó del formato.

Como ya había pasado en tantos otros lugares, Gran Hermano fue un fenómeno. El programa arrasaba en las mediciones de rating, los concursantes se hicieron estrellas de la noche a la mañana.

También de este lado del río, donde se veía por Canal 4. Según Nominados, la final de ese primer GH fue lo más visto en la historia de la televisión uruguaya durante años.

En julio de 2001, apenas un mes después del final de la primera edición argentina, el ganador Marcelo Corazza (que luego fue productor de televisión y que en 2022 fue acusado en una causa por corrupción de menores, de la que esta semana fue absuelto por prescripción) tuvo un recibimiento de rockstar en el festival Uruguay en vivo, que se hizo en el Estadio Centenario y reunió a toda la plana mayor del “pop latino” que arrasaba en aquel momento. El maestro de ceremonias del festival, Omar Gutiérrez, lo sometió a su clásico “a ver, a ver, como mueve la colita” de cara a la tribuna Olímpica.

En enero de 2002, con un Uruguay descarrilado rumbo a la crisis económica más profunda, el hoy ministro de trabajo, Juan Castillo, proclamaba en un discurso en un acto del PIT-CNT en Maldonado “Jorge Batlle, estás nominado, y Bensión también”, en referencia a los entonces presidente y ministro de economía.

Aquella irrupción del formato tuvo luego sus altos, como la cuarta edición, en 2007, o la sexta en 2011, que tuvo como gran personaje a Cristian U., y bajos, como las ediciones que se hicieron entre 2011 y 2016. Gran Hermano tendría su resurrección en 2022 —ya en un mundo considerablemente distinto— y desde entonces ha tenido cuatro entregas, con dos uruguayos triunfadores: Bautista Mascia en 2024 y Santiago “Tato” Algorta en 2025, y una tercera ocupando el segundo puesto en la edición más reciente, la comediante Yisela “Yipio” Pintos.

Tato Algorta con la gorra de Peñarol

Si como dice Gorban, Gran Hermano es un reflejo de las inquietudes, deseos y estados de ánimo sociales de un país en el momento en el que se hace el reality, no es descabellado asumir que en los últimos años, parafraseando aquel dicho de la expresidenta argentina Cristina Fernández sobre José Artigas, nuestros vecinos quieren ser uruguayos.

Jugamos todos

Aunque hoy ya es parte del paisaje televisivo, y lidia con la carga de ser considerado como televisión chatarra, Gran Hermano también ha tenido un componente pionero y hasta de predecesor de la vida moderna.

Hace 25 años era raro ver a alguien lavarse los dientes en televisión, hoy cualquier aspirante a influencer lo muestra en su “get ready with me; la idea de estar vigilado todo el tiempo era todavía distópica, hoy tenemos cámaras de videovigiliancia por todas partes, nuestros dispositivos electrónicos rastrean nuestra ubicación, y cualquier acción en las redes o en internet deja una huella permanente. El gran hermano nos está mirando todo el tiempo y no nos hacemos mucho problema.

Incluso el hecho de estar expuestos todo el tiempo ante cámaras no es nada raro: tenemos una en el bolsillo las 24 horas del día. Nos grabamos, reflexionamos ante ella como si estuviéramos en el confesionario, le contamos al mundo nuestros viajes, los primeros pasos de nuestros hijos, que el perro nos mordió el sillón o el último libro que leímos.

Las transmisiones en streaming de 24 horas que en 2001 eran una novedad hoy son moneda corriente. Los reality shows hoy están no solo por todos lados en la televisión, sino que incluso se mudaron a las plataformas de streaming como Netflix o Amazon Prime.

Un impacto nada menor para un programa que en su momento era visto como la “anti televisión”. Que daba vuelta todas las nociones, reglas y fundamentos de cómo debía ser un programa.

Gorban lo detalla en Nominados: “En Gran Hermano vale mostrar a una persona que está hablando de espaldas a la cámara, se valoriza mucho el plano del que escucha, los tiempos son más lentos porque no se muestra ‘dónde’ está la gente sino lo que está pensando, la gestualidad. También es legítimo mostrar una conversación aunque uno de los que hablen esté tapado por otra persona o por una columna. Hasta sirve que se vean los marcos de las ventanas a través de la cual se está espiando. De hecho, esa es la sensación que todo el tiempo se intenta dar”.

No es raro, entonces, que el programa (aunque no parezca) tenga bastante de documental y de periodismo. Los guionistas y montajistas del programa tienen en realidad un trabajo más editorial que narrativo: eligen qué es lo importante, cómo se cuenta, y en qué orden de prioridad. Encuentran y definen qué es lo novedoso y cómo contarlo. Como si fuera un medio.

“No hay programa que salga bien si la producción no interviene”, cuenta Gorban. “En el reality, en cambio, cuanto menos mete mano la producción, mejor sale. ‘Se tienen que olvidar de que están en la televisión y es entre ellos que deben relacionarse para tener una buena historia. Si se relacionan con el afuera, no van a tener nada interesante para poner en el aire’. Este es un principio básico, que va a contramano de lo que muchos suponen que se debe hacer o que en verdad se hace. Si alguien le dice a un participante ‘ahora hacé esto’, o ‘decile a tu compañero esto otro’, se trastoca el juego, se vuelve falso, artificial. Y nada de lo que suceda va a ser sorprendente y contundente, como ocurre cuando se permite que la historia se anude sola. (…) Cuando los que entran se olvidan de las cámaras y se empiezan a vincular entre ellos, a contarse las vidas, a enamorarse, a enojarse, a solidarizarse, a divertirse, a hacerse chistes… ahí empieza Gran hermano”.

Ruido de mate

Desde este domingo, entonces, Uruguay tendrá su espejo deformado delante. Un espejo que hace algunos años podía parecer imposible que se instalara, pero que gracias al acostumbramiento generado por las redes sociales y por la realización periódica de otros realities en versión local, hoy parece hasta lógico. Porque en Uruguay todo demora, pero termina llegando.

La pregunta ahora deja de ser si se puede hacer Gran Hermano en Uruguay y pasa a ser “¿Cómo será Gran Hermano Uruguay?”. ¿Qué personajes habrá? ¿Conoceré a alguno? ¿Se pasarán tomando mate en el jardín?

Marcos Gorban, que trabajó como asesor de esta primera edición autóctona, diría que es lo mejor que puede pasar. Porque como dice en su libro, Gran Hermano no es un programa de personas, es un programa de vínculos”. Y uno de sus mayores hallazgos haciendo la versión argentina fue encontrar que el concepto de “están todo el día al pedo” era el mejor catalizador para el programa.

“Es un programa de relaciones, de estrategias, de juegos de máscaras. Todo eso nace del ocio. El día en que para cumplir con lo políticamente correcto se montó una carpintería dentro de la casa, no hubo material suficiente para editar y poner al aire. Todo fue muy solidario, pero no hubo historia para contar. Sólo gente martillando. Las mejores situaciones y el material más profundo salieron cuando no tuvieron nada que hacer”. Así que el éxito del Gran Hermano uruguayo estará en una ronda de mate. Tiene sentido.

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