Parece que León XIV, por el momento, viene. Y por el momento los preparativos para recibirlo en Uruguay se mantienen, los escenarios se siguen amando, los protocolos afinando y los feligreses aprontando. Pero cuando se supo que la intervención había sido por un adenocarcinoma pulmonar y que, quizás, peligraba la misión vaticana, una gran porción de los uruguayos pensó lo mismo: El baño del papa. Esto es El baño del papa. O una especie de inesperada secuela. Y eso, de alguna manera, demuestra el peso que tiene la película de César Charlone y Enrique Fernández, que este jueves volvió a los cines en un reestreno que festeja sus casi veinte años y, además, adelanta la llegada del sumo pontífice a este país.

Para cuando El baño del papa se estrenó, en 2007, el cine uruguayo ya había tenido su primer gran despunte de éxito en el exterior. Tres años antes, Whisky había sacudido el Festival de Cannes y se había traído dos de los premios principales del palmarés cinematográfico uruguayo. Aquella película de Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella logró que los uruguayos miraran con atención lo que se estaba empezando a hacer con el lenguaje cinematográfico por estos lares, pero generó división entre el público y el malentendido de que una única película definía el espíritu del cine de todo un país.

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De alguna forma, El baño del papa nace en medio de esa oleada y con una intención patente de parte de uno de sus directores de “importar” una manera de hacer cine que había aprendido en otro lugar. Ese director era César Charlone.

Radicado en Brasil desde sus 18 años, Charlone ya era un nombre de peso para el cine antes de meterse en este proyecto. En 2002, por ejemplo, se convirtió en el primer uruguayo nominado al Oscar por su dirección de fotografía en Ciudad de Dios, el hitazo brasileño con el que Fernando Meirelles, su gran socio, entró en el cine mundial. En 2005 puso bajo la lente a Ralph Fiennes y Rachel Weisz para El jardinero fiel, también de Meirelles, y desde Brasil Hollywood lo volvió a rodear.

Pero aunque Brasil era su segunda tierra, Charlone extrañaba el Uruguay.

“Estaba dividido. De hecho, hice psicoanálisis años para tratar de entender, hasta que mi analista me dijo: 'César, pensá que es un árbol con dos troncos. Uno es Brasil, otro es Uruguay. Y va a ser siempre así'. Todos los años venía de vacaciones a Uruguay, venía con mis hijos, y cuando llegaba a la frontera empezaba a sentirme en casa. Y en el Chuy, al atardecer, había una luz divina a comienzos del verano. Soñaba con poder filmar eso un día, y entonces pasó que me invitan a hacer una película exactamente en la frontera”, cuenta hoy el director desde su casa en Malvín.

El “regalo” vino del guionista y a la postre codirector de la película Enrique Fernández, oriundo de Melo, que le propuso rodar la historia de un contrabandista de la región que, durante la visita del papa Juan Pablo II a Uruguay en 1988, decide construir un baño para hacerse rico.

La historia real de lo que sucedió es conocida: se estimaba que más de 50 mil personas iban a cruzar la frontera para ver al representante del altísimo en la tierra, pero eso no pasó. Y el error de cálculo fue gigante, porque a la misa del papa asistieron apenas 8 mil personas y las multitudes pronosticadas nunca se aparecieron. Los melenses, que ya se imaginaban remontando la pobreza de la localidad gracias a las ganancias del evento, terminaron entre montañas de comida que se pudría al sol, deudas enormes y una desilusión enquistada.

La idea de Fernández era tomar ese episodio y convertirlo en una suerte de comedia dramática costumbrista con un personaje entrañable, Beto. Charlone compró. Y filmaron.

“Fue una idea maravillosa. Le tengo muchísimo cariño a esa película, la hice con mucho cariño. Fue un gustazo poder volver a verla ahora. De hecho, me llamaron para revisarla porque soy medio quisquilloso con el tema técnico y estético, y la copia nueva está mejor que la original. Vi detallitos y cositas que no había visto antes.”

Charlone se refiere, claro, al reestreno que El baño del papa tuvo por estos días en cines, un evento que se promocionó con intención en los medios y también en algunos cines que exhibieron hasta la icónica bicicleta del protagonista. Allí está, para reencontrarse con ella en sala.

Voy a poner un baño pa cuando venga el papa

Hay muchas cosas que tienen que ver con el lugar que El baño del papa consiguió en el mapa del cine uruguayo. Una de ellas es que fue la primera película que puso a César Troncoso en el centro y empezó a consolidarlo como uno de los actores más versátiles e identificables de nuestra filmografía. El derrotero de su personaje, Beto, encontró además un lugar de privilegio en el corazón del público uruguayo, que lo convirtió en una especie de referencia para todas esas proezas que se intentan cuando la idea del progreso amaga en el horizonte.

La búsqueda de Beto fue crucial para Charlone, porque una de las cosas que no le gustaban demasiado de lo que había visto del cine uruguayo era la impronta teatral que tenían sus actores y actrices. Él quería mayor naturalismo, más parecido a lo que se había acostumbrado a ver en Brasil. En ese sentido, recuerda que sentía que Troncoso, alguien que había salido precisamente del teatro pero de cosas rarísimas como el dúo Suárez Troncoso, tenía mucho más tablas que cine a sus espaldas y “había que bajar” la intensidad que requiere el escenario.

“Yo venía con la experiencia de haber trabajado en Ciudad de Dios, donde Meirelles puso un elenco que casi en su totalidad era gente de la favela que nunca había trabajado en cine. ¿Cómo hizo eso? Puso una preparadora de elenco, Fátima Toledo, que trabajó con ellos durante meses para que fueran espontáneos. Cuando Elena (Roux, productora de la película) y Enrique me invitaron, pedí traer un preparador de elenco de Brasil y traje a Christian Duurvoort, que había trabajado en Ciudad de Dios junto con Fátima. Él hizo un trabajo de preparación maravilloso, a punto de que cuando yo veo la escena de Beto y Valvulina después de la carrera de bicicletas, pensé: ‘Lo conseguimos’.”

Troncoso recuerda a El baño el papa como el gran punto de inflexión en su carrera, que hoy se encuentra en uno de sus picos de mayor popularidad y demanda. Acaba de estrenar dos películas en Uruguay, filmó otras tantas, está a nada de meterse en el rodaje de la segunda temporada de El Eternauta de Netflix, ya filmó la serie Sangre también para la plataforma. Pero todo empezó ahí. Entre las ondulaciones de la frontera arachana.

“De verdad fue un punto de inflexión. El baño del papa se presentó en el Festival de Gramado, ganó cinco premios, entre ellos el de mejor actor que gané yo. Y a partir del éxito en el festival, y de que además se vio mucho en Brasil, empecé a trabajar en ese país. Y eso me abrió la puerta a muchas cosas. Todo pasó alrededor de esa película, entonces yo la tengo presente no sólo porque está muy buena y sigue siendo una película vigente, sino también por todo lo que me trajo en la vida”, cuenta a El Observador.

El rodaje en Aceguá, en la frontera, fue intenso. El primer protagónico de Troncoso implicaba que tenía que pedalear como nunca lo había hecho en su vida, en medio de un paisaje lleno de repechos en el que Charlone siempre le pedía nuevas tomas, nuevos ángulos, más kilómetros recorridos.

“Fue un rodaje fuerte para mí, sobre todo por el tema de la bicicleta y la sensación de cansancio, porque era la primera película en la que tenía un protagónico así. Yo había trabajado en El viaje hacia el mar, pero ahí estaba repartido entre seis compañeros, entonces estaba un poco más aireado; y las otras cosas que había hecho eran roles secundarios. Esto implicaba estar muy presente, en muchas escenas, y entonces trabajé intensamente, pero de todas formas siempre fue una sensación de placer. Todavía me pasa hoy, pero en aquella época pensaba mucho eso de 'mirá loco, estoy haciendo una película, mirá dónde estoy'. Esa sensación nunca la perdí, pero en aquel tiempo era todavía más fuerte”.

“Yo creo que el personaje de Beto es entrañable”, dice el director, “es carismático, César Troncoso lo hizo maravillosamente bien. Te enamorás de ese personaje, lo entendés, empatizás”.

Para Charlone, además, filmar aquellas locaciones donde exigía a Troncoso pidiéndole más y más pedaleo eran otro sueño. “Esas ondulaciones pequeñas del Uruguay, esa luz baja maravillosa. Fotográficamente la película fue un regalo. Porque hay interiores, pero tiene mucho exterior. Y en esos exteriores se abre todo”.

Además del entrenador de actores, Charlone también quiso traerse desde Brasil otros dos elementos puntuales: un editor que no conociera la idiosincrasia uruguaya para apuntar a un público más internacional y un “doctor de guiones”, una figura que se encarga de leer los guiones de las películas y hacer recomendaciones para corregir sus fallos.

“Nos hizo dos o tres comentarios que fueron fundamentales. Una de las cosas que nos dijo fue que el personaje de la hija de Beto no existía, era un monigote que iba con la madre para arriba y para abajo. Con Enrique nos encerramos en un apartamento y nos dedicamos a escribir ese personaje otra vez y ahora es riquísimo, tiene vida e interactúa”.

Una película para la gente común

A Melo no le fui bien con Juan Pablo II, pero a Charlone y compañía sí le fue bien con la película: según el sitio Cinestrenos, en 2007 la vieron 72.841 espectadores, y es después de En la puta vida la película uruguaya que más dinero recaudó por venta de entradas.

Además de los mencionados premios en el festival de Gramado, con esta película Uruguay volvió a Cannes luego del éxito de Whisky y estuvo nominada también en la sección Un Certain Regard, al tiempo que sus dos directores estuvieron nominados a la Cámara de Oro. En 2025, además, El baño del papa fue elegida como la quinta mejor película del cine uruguayo del siglo XXI, en una encuesta de El Observador que incluyó a cien referentes del rubro. Troncoso está de acuerdo con la selección.

“A mí me parece que sí, que efectivamente es una de las películas más destacadas del siglo XXI. Creo que tiene un vínculo muy lindo con el espectador promedio. Aquel espectador que desconfía de cierto tipo de cine nuestro, que dice muchas veces ‘uy, el cine uruguayo es lento’, esa mirada tal vez negativa. Me parece que El baño del papa, en ese sentido, es una película que ha llegado a la gente común”.

Cuando Charlone vino a Uruguay a promocionar el estreno de la película, todo el mundo, incluida la prensa, le preguntaba por su nominación al Oscar por Ciudad de Dios. Habían pasado cinco años y todavía seguía el ruido. Esa película sigue marcando su obra, pero ha sido superada por el peso que El baño del papa consiguió. Volverla a ver, en ese sentido, ha sido removedor para el director. Ve en esas carreras de bicicleta, en esa luz de la frontera y los personajes que cuidó, algo que todavía sigue latiendo.

“Yo estaba preocupado porque hubiese envejecido. Pero la vi y no. Parece una película que fue filmada ayer. Envejeció bien”.

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