Se están estrenando La casa y La mujer del río, que son dos películas que filmaste ¿el año pasado? ¿En el 2024?
Creo que hice La casa en 2025 y La mujer del río fue anterior. El ritmo de laburo y la edad empieza a hacer que olvide cosas que no me tendría que olvidar.
¿Tenés alguna técnica física, psíquica, para sobrellevar la carga de trabajo y de rodaje?
No. Debe ser el dulce de leche (ríe). Si estoy en Brasil o en Argentina, aprovecho y camino mucho, pero no con la pretensión de entrenar. Camino porque estoy en un país que no conozco y caminar por Buenos Aires es precioso. Yo no hago… ¿Viste que hay gente que concentra, hace yoga o hace alguna otra cosa? Yo no.
Y la llevás bien.
Por ahora. Lo que sí noto es que, por ejemplo, tengo otra energía en el rodaje. Cuando naturalmente estaría tirado en un sillón, me dicen “tenés que correr", y corro. Pero no tiene que ver con una preparación previa.
Tus personajes de La casa y La mujer del río son, por decirlo de alguna manera, sombríos, ominosos. ¿Cómo te llevás con ese tipo de personaje desde la interpretación? Es curioso, además, que ahora, en tu momento de mayor popularidad, se te conoce como un héroe entrañable como el Tano Favalli de El Eternauta.
A mí me parece que una de las riquezas que tiene este laburo es justamente poder construir personajes que van de una punta a la otra del espectro. El caso del negro Bernal, de La casa, es un personaje de pocas palabras, de una mirada fuerte, ominoso, y parto de la base que estoy haciendo ficción y que el espectador lo sabe. Yo no soy ni tan entrañable como Favali ni tan ominoso como el negro Bernal. Soy alguna otra cosa, vaya uno qué. Entonces, jugar a este juego es eso. Disfrutar de los cambios, de las zonas que trabajás en una película y después poder pasar a otras zonas en otra. Si alguien percibe que un personaje como este es odiable, que lo odie, que lo odie en calma, que lo odie en paz. Es parte de lo que puedo generar, por suerte.
El Negro Bernal me hizo acordar a tu personaje en Zanahoria.
¡Tiene algo!
Igual tienen energías distintas, el de Zanahoria era más paranoico.
Sí, aquel estaba fabulando. Si vamos al caso, este no, este es un tipo que llega para resolver algunos temas. Pero es cierto. Él hace lo que dice. Claro, viste, uno lo mira y dice: "Uy, este tipo", viste, pero en realidad es correcto, tiene sus códigos, en principio no desea cagar a nadie, al contrario. El otro, el de Zanahoria, era otra cosa. Ese era un cagador. La trampita de esta peli es que transforma a este tipo en una especie de villano. Yo creo que tal vez con la intención de desenmascarar después alguna de las cosas que el personaje de Diego tiene.
¿Cómo fue ese trabajo con Diego Peretti?
Con Diego se trabaja muy bien. Él es muy accesible, muy manso, necesita su espacio. Hay muchos tipos de actores en el set, quiero decir. Yo soy de los que camina por el set, charla con los técnicos. Diego también lo hace, pero hay momentos en los que se reserva un espacio de calma para pensar. Pero es un tipo que sabe claramente de qué se trata todo esto, lo comparte contigo, no trabaja solo y es muy buena onda.
Vos sos más conversador en el set.
Eventualmente. Dependiendo de la escena que toque hacer. De pronto una te exige generar un clima, estar en concentración. Pero si no, me gusta estar por ahí.
¿Sos rápido a la hora de entrar en clima con los personajes, cambiar el chip?
Creo que sí. En general. También es cierto que si tengo una escena más intensa, de pronto en alguna de ellas cuesta un poco más la bajada. Creo que para ciertas cosas hasta capaz que sirve estar con la cabeza en otro lado. Te da como una relajación y te saca alguna morisqueta que de repente viene programada.
La mujer del río es la tercera parte de una trilogía. Eso es raro en este ecosistema, ¿no?
Sí, creo que debe ser el único caso. Esto empezó con una película llamada 36 horas de Néstor Mazzini, que es el director de la trilogía. Él empezó con aquella película y en determinado momento dijo: "Bueno, esto es una historia que puede seguir". Es un proyecto raro, compuesto de tres partes complementarias pero independientes. O sea, si alguien va a ver esta película, la va a entender perfectamente sin ver las otras. Y nada, es un proyecto muy querido porque construimos un vínculo de 6 o 7 años trabajando juntos. Es un personaje que tengo muy mangiado.
Y trae, como te planteaba al principio, otro personaje oscuro, en este caso a nivel intrafamiliar.
Es un personaje realista, que tiene otro nervio y otra oscuridad vinculada a la sociedad actual en la que vivimos. Es un tipo que no entiende lo que le está pasando, que no entiende el momento en el que se encuentra la familia, que quiere recuperar lo que ya no tiene. Es un tipo que termina ejerciendo violencia, que tiene mucha frustración, mucha baja autoestima. Mucha desesperación, mucha bronca, también. Me parece necesario contar esas cosas, me parece necesario hablar de esos tema. Intentar de algún modo ponerlos a la vista para resolverlos.
Estaba pensando que si El baño del papa te abrió las puertas de Brasil, El Eternauta te terminó de abrir las puertas grandes de Argentina.
Sí, es muy raro lo que pasa. Estaba mirando ahora una serie de notas que hice en Argentina por esta película, La casa, hace algunos días. Para mí hubiera sido muy natural hacerlas con Peretti, o que las hubiera hecho él solo. Esa era mi sensación. Y sin embargo ahí estaba yo, con una presencia más fuerte de la que me imaginaba. Y eso tiene que ver con lo bien que me fue con la serie, claramente.
Hace poco decías bromeando que la gente te saluda ahora esperando encontrar al Tano Favalli y se encuentra con vos.
Sí, porque para mucha gente que vio El Eternauta la referencia es el Tano y no hay otra. Pero por suerte el otro día se me acercó alguien y me dijo: "Esto está bárbaro, pero yo vi El baño del Papa". Es como una línea que se traza con dos puntos. Pero de todas maneras, he tenido suerte con la serie. Porque hay actores a los que el espectador y el mundo acribillan, pero yo, con esto de pararme desde la humildad, no demasiado fanfarrón, me acomodo bien. Yo soy liso, tranquilo y calmo. Me la creo un poco pero no demasiado. Y además me entregaron un personaje que se hace querer ya desde el guion. Por suerte no lo desperdicié, no se me fue de las manos, no hice que un personaje que tenía que ser entrañable se transformara en una especie de porquería, no, no sucedió. Y hoy cuando se me acerca gente a saludarme nunca es prepotente, nunca lo fue. Siempre es muy respetuosa, muy afectuosa, y eso tranquiliza.
Estaba pensando que hoy se da que dos de los rostros más habituales en las ficciones del Río de la Plata son el tuyo y el de Roberto Suárez. Qué curioso que hayan empezado ambos juntos con el dúo Suárez Troncoso y ahora estén, varias décadas después, en este contexto. ¿Lo han hablado entre ustedes?
Sí, claro. Pero Roberto no trabaja todavía más en cine porque siente, creo yo, que su lugar es el teatro. Él trabaja en cine para poder cobrar un salario, porque en el teatro después está tres años para hacer las cosas. La última vez que me invitó para hacer una obra de teatro fue para Bienvenido a casa, en La Gringa, y me dijo "la ensayamos un año y la estrenamos al año siguiente". Y yo le dije: "¿Un año? Yo en un año hago tres películas, Roberto. Y no las hago en Uruguay, no me puedo hacer el loco". Yo en ese momento no me podía perder películas en Brasil por estar ensayando una obra en la que no me iba a pagar un mango hasta el año siguiente (ríe). Fue la última vez que me invitó. Después encontró este elencazo de gente divina que tiene y trabaja con él. De todos modos, creo que ahora Roberto está cambiando un poco la pisada, me parece que la figura de él empezó a tomar otro peso específico. Tiene esta película Prince, de Fede Borgia, que está ahora en Inglaterra. A mí me parece que a partir de eso puede andar muy bien.
¿Y qué dicen del rumbo que han tomado sus caminos?
Bueno, es un camino bastante razonable. Estábamos en el under porque nadie nos daba la sala de El Galpón. Si hubiese sido así, Suárez Troncoso hubiera estado en el medio teatral con naturalidad. Más allá de que a mí me siguen gustando aquellas cosas que hacíamos.
¿Se podrían volver a hacer esas cosas que hacían hoy?
Hemos tonteado diciendo "Che, ¿y si volvemos?". Y Roberto obviamente siempre dice que no, cosa que me deja muy tranquilo porque cuando él decía que no a algo, tenía razón siempre. A mí me gustaría hacer un poco esa otra cosa. Pero sería kamikaze, sería como darnos contra el piso. Yo le decía que si le ponemos Dos viejos chotos justificamos un poco y se la tienen que fumar igual. A mí me gustaba aquello, y de hecho me sigue gustando. Me parece que tengo un perfil desaprovechado que tiene que ver con otro modo de hacer las cosas. Pero lo tengo desaprovechado porque lo desaprovecho yo.
¿En qué sentido?
En el sentido de que aquella estética estaba buena y perfectamente se podría sostener hoy, en otro contexto, de otro modo, no como lo hacíamos en aquel tiempo. Pero Roberto está en otro lugar, y está muy bien allí. Las cosas que ha hecho son impresionantes. Entonces a mí la verdad me parece lo más normal y razonable que siga por ese camino sin cometer locuritas de esas. ¿Qué necesidad? Estamos grandes.
Hablando de otras facetas de tu carrera, ilustraste recientemente un libro de poesía de Gustavo Alzugaray. ¿Qué lugar tiene el dibujo para vos?
Dibujo desde siempre. Tomé unas clases cuando era niño que no me sirvieron para nada y después entré a hacer dibujo y pintura en la UTU, en la Escuela Figari. Estuve un año, tampoco me gustó mucho y seguí dibujando por la mía. En la UTU te enseñaban a dibujar con óleo, te ponían una naturaleza muerta, querían que copiaras una cafetera y yo no quería copiar cafeteras.
Querías algo más pop.
Claro. Entonces medio que dejé, pero me presenté a un par de concursos. En algunos me rechazaron directamente, y después entré en algún otro. En el Premio Paul Cézanne, hace 500 millones de años, entró un pastel óleo mío, también unas tintas en el premio de Coca Cola. Y después bueno, el tiempo que tenía para ese tipo de cosas o la voluntad de dibujar se transformó en voluntad de hacer teatro. Hasta que hace unos años en Dodecá me ofrecieron exponer en la sala que tienen en Punta Gorda algunos de los dibujos que yo subía a redes sociales. La exposición se hizo, la vio una cantidad de gente, y ahora me volvieron a ofrecer algo parecido gracias a Pedro Dalton. ¿Viste que dibuja divino? Bueno, Pedro vio mis dibujos en redes, me empezó a seguir, siempre me daba para adelante y un día nada me llama y me dice "Che César, yo expuse en la Casa Central de la UTU en Gonzalo Ramírez, si querés hablo con Luis Peña para que hagas lo mismo”. Yo había hablado dos veces en mi vida con Pedro Dalton. Le dije que sí y ahora voy a exponer en noviembre ahí. Yo ya no tengo pretensión de mucho más que mostrar lo que hice y que la gente lo vea. Quiero decir, ya no me autopercibo artista plástico, me percibo dibujante. Como tampoco creo ser artista, creo ser actor.
Hace poco en tus redes sociales subiste la foto de una edición de Los tigres de la Malasia, de Emilio Salgari, y escribiste "si esto soy se debe en parte a las lecturas que tuve". ¿Cuáles son esas lecturas?
Mi papá compró un terreno una vez en Parque del Plata Norte y construyó una casa. Esa casa todavía la tengo. Cuando yo era pibe, mi viejo se iba los fines de semana con un señor que sabía de construcción y la iban levantando de a poco, mi viejo hacía de peón, el otro era el que tenía el conocimiento para hacer una casa. Y la levantaron. Ahí a media cuadra había un señor que se llamaba Don Lucero, que tenía hijos grandes y que era un peluquero espantoso. A veces me corté el pelo con él, mi madre me llevó algún fin de semana y quedé dañado psicológicamente para siempre (ríe). Y una de esas veces que me llevó, supongo que la primera, descubrí que el tipo tenía una biblioteca con un montón de libros de la colección Robin Hood. El tipo vendía los libros a cinco pesos. Mis viejos no leían, mi padre había llegado hasta tercero de escuela en una aldea gallega, pero siempre me compraron libros. Yo pedía libro y el tipo compraba. Y así le fui comiendo la biblioteca a Don Lucero y me la fui armando en casa.
¿Hoy tenés tiempo para leer?
Hoy no tengo el hábito. Esta porquería me comió la cabeza [señala el teléfono]. Sigo comprando libros, soy perseverante en la compra, pero no en la lectura. Y no leo prolijamente, si no me gusta lo dejo. Intenté leer a Onetti, por ejemplo, y allá quedó el libro. Capaz que lo agarro en algún momento, capaz llega el momento de leer a Onetti. Pero bueno, esto [señala otra vez el teléfono] es una competencia infame. Pero sí, volviendo a eso que escribí, soy producto de aquello, de las historietas que leí, los libros, las películas, los crucigramas, las críticas de cine. Yo tenía 10 o 12 años y leía las críticas de cine de Abbondanza, las recortaba. Mi viejo recibía diarios viejos en el almacén, porque la gente compraba el diario y después para deshacerse de ellos se lo daba al almacenero, que envolvía los huevos. Y yo recortaba las críticas de Abbondanza. De ahí vengo.
Las películas
La casa, dirigida por Gustavo Triviño, tiene más funciones en el Monfic: el domingo 11 de octubre a las 16.55 en el Movie Montevideo. La casa tendrá, además, un estreno regular próximamente.
La mujer del río, que dirige Néstor Mazzini, se podrá ver el lunes 12 a las 16.45.