Sebastián Casafúa se quedó sin palabras. En el sentido más literal de la expresión. Mejor dicho, las palabras estaban ahí, en su cabeza. Tenía las frases armadas en el cerebro. Pero no salían.

El 25 de diciembre de 2022, mientras paseaba con sus dos hijos por la zona de Villa Dolores, Casafúa se mareó en la calle. Cuenta que sentía “una batidora” en la frente. Cayó desplomado.

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“Desperté en un hospital, metido en un caño de metal que sonaba como un redoblante. Miraba luces rojas, pero no sé de qué serían, y me dormí otra vez. No recuerdo más nada de esa Navidad”.

Dos días después de sufrir un accidente cerebrovascular, el músico, productor, gerente de la librería Feltrinelli y uno de los responsables del proyecto de recorridos Montevideo Sonoro había recuperado la movilidad, la lucidez, la memoria. Todo, menos el habla.

“Escuchaba todo, procesaba todo, pero no podía hablar”. Afasia anómica. Saber que las palabras están ahí, al alcance de la mano, pero no poder agarrarlas. Una vida dedicada a escribir letras y cantarlas, a enseñar inglés, a hablar con otros, de repente, se queda sin su elemento central.

Cuatro años después Sebastián Casafúa dice:

“Viví una novela de terror”.

Cuatro años después, Sebastián Casafúa ganó (junto a Georgina Cerruti por su novela Cruzar) el premio Bartolomé Hidalgo como autor revelación por su primer libro, Hiato. Tiene canciones nuevas. Volvió a los escenarios. Las palabras volvieron a salir.

En el medio hubo una operación de carótida en febrero de 2023, un proceso de recuperación, y un tratamiento que consistió en dibujar y escribir. De ahí salió el libro que ahora le valió un premio, aunque no empezó como tal.

“Ahora me manejo bastante bien. Tengo una latencia, pasa un segundo entre que pienso primero y después hablo. Pero ta, estoy a kilómetros de cómo estaba”, cuenta en la cafetería de Feltrinelli. “Al principio estaba muy alterado, caliente con la vida, conmigo mismo. Tenía que expresar algo por otro lado. Entonces empecé a dibujar, que es algo que hice siempre, estudié dibujo con varios profes. Y a escribir textos porque me servía”.

¿Era una forma de canalizar?

Y de acordarme de palabras, de frases. Todos los días escribía una o dos horas en casa, y recordaba muchos términos. Eran textos muy básicos, pero fui avanzando hacia textos más fluidos. Para diciembre de 2024 ya tenía cuatro o cinco textos lindos, y le escribí a Julia Ortiz de Criatura Editora. Se los pasé a ver que me decía, y unos días después me contestó que le parecían muy buenos. Me preguntó qué quería hacer, y le plantée la posibilidad de un libro. “Vamos arriba, pero tenés que escribir más”, me dijo. Y bueno, seguí escribiendo. Lo terminé a mitad de 2025, y salió a fin de año.

Hiato es tanto un reflejo del proceso que Casafúa atravesó en esos años desde que sufrió el ACV como de reflexiones sobre su ida y vuelta con las palabras, con el lenguaje, con la música. Están también las letras de varias de sus canciones (reunidas en dos discos como solista, Las causas del siniestro y Caudillo), sus dibujos, sus memorias.

Las canciones también están porque el músico se dio cuenta que después de lo que le había pasado, muchas de sus letras se resignificaron.

Hay una canción, El coleccionista, parte de su debut como solista tras sus etapas en las bandas Kirlian y Psimio, Las causas del siniestro (“ya ahí tenía algo previsto para mí mismo”, acota).

El coleccionista sería un personaje que funciona como una especie de compañía vital de cada persona, como una suerte de ángel de la guarda pero sin el componente religioso. Ese coleccionista reúne todo lo que se va perdiendo por el camino: monedas, tarjetas, amores, amigos muertos. Y al final de la vida viene y muestra esa recopilación de perdidas. A Casafúa, que esa Navidad de 2025 murió un poco y revivió (pero sin el componente religioso), ese coleccionista le fue dando de a poco sus palabras.

Y El Coleccionista —la canción—, tiene el verso “voy a cambiar la fecha de Navidad para siempre”.

Otra más: antes de su ACV, Casafúa hizo una canción que saldría en 2025 y marcaría su regreso a la actividad musical. Inspirada por la final de la Copa Intercontinental de 1987, que Peñarol perdió contra el Porto en Tokio, La nieve del 87 tiene el verso “Soy la nieve del 87, la pelota anaranjada que quedó trancada ahí y no entró”. Como esas palabras que no le salían.

¿Qué te pasó cuando notaste esas cosas en tus canciones? ¿Te dio miedo?

No. Me sorprendió. No sé, hay algo mágico, energético, algo así. Mis canciones tienen algo de Nostradamus. Después el número 25 se me aparece por todos lados y aparece en fechas clave de mi vida, como el nacimiento de mis hijos y el de mi padre, que falleció en una fecha que sumaba 25. Cosas de esas que son medio de creer o reventar.

La charla con Casafúa fue el 20 de octubre. Día Internacional de la Afasia. Creer o reventar.

Frase trillada pero cierta aquella de que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. El músico sabe de primera mano que por más que sea un cliché, perder algo vital hace que uno se dé cuenta de lo importante que era. “Le debe pasar al que pierde una mano, la pierna. A mí me faltaba la vida casi. Por suerte recuperé paso a paso las palabras, componer, cantar. Fue bravo. Visto ahora es una anécdota, pero por cuatro años lo sufrí. Yo, mi vida, mis amigos, mi familia. Ahora ya está, tengo mi trabajo en la librería, Montevideo Sonoro, Hiato, el Bartolomé, canciones, todo es divino, pero pasó mucha agua antes”.

Por delante Casafúa tiene la salida de una nueva canción, Walkirias. Más lejos en el horizonte, sin fecha concreta, un nuevo disco, un libro de poesía.

Aclara, sin embargo, que no se piensa como escritor. “Escribidor sí, letrista capaz también cabe. ¿Poeta? Tal vez. Pero escritor no. Pero sí escribo todos los días. Primero para recordar cada vez más palabras, frases, dichos. Y ahora con el libro publicado y el premio hay como una responsabilidad, pero escribir lo hago primero que nada para mí, para mi placer. Pero no soy escritor, aunque sin querer me dieron un premio por eso”.

Cuando ganó el Bartolomé Hidalgo, Casafúa subió al estrado en la Sala Azul de la Intendencia de Montevideo y dijo que no le salían las palabras. Fue un chiste sobre su afasia.

“Puedo reírme de mí mismo y de lo que pasó porque estoy acá, zafé. Hay mucha gente, jóvenes, viejos, que estuvieron en la misma que yo y no la contaron, o quedaron postrados, quedaron mal”, dice.

¿La escritura y la música fueron parte de tu tratamiento?

Sí, sin querer, porque siempre escribí, canté. Era —ahora ya no— profe de inglés, productor, hablaba de todo con todos. Cuando me chequeó la neuróloga después del ACV me dijo “zafaste porque sos cantante, profe, productor. Creo que tenías la cabeza más construida alrededor de las palabras”. Y capaz es algo así.

Sebastián Casafúa es un músico que, obligado, se quedó en silencio. Y que hoy, señala con una risa, tiene una productora que se llama Domo Silent y que organiza eventos silenciosos, además de proporcionar equipamiento. Son, por ejemplo, los auriculares que se utilizan en las caminatas de Montevideo Sonoro. “Todo concuerda”, bromea.

“El silencio es parte de la música. Hay canciones que tienen un corte tremendo y retoman con un estribillo igual de tremendo. Ahora que lo pienso, capaz tuve ese espacio de silencio y ahora empecé a cantar otro estribillo diferente, más potente pero más tranquilo a la vez, más estilo Radiohead”.

¿Y qué te pasa ahora cuando llega el 25 de diciembre?

Obvio que no es un día más. Pero no le tengo rencor a la Navidad. Primero porque tengo dos hijos que la viven como tal, siempre. Y la pasamos bien. Yo prefiero recordar la salvada y no el hecho. Poder decir “es Navidad y estoy acá, vivo, con los niños disfrutando, con mi familia y mis amigos”. Nada más. Hay dos posibilidades: el bajón u otra cosa. Y yo prefiero ver el vaso medio lleno.

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