A Ruben Rada le brotaba la música. La desparramaba con cada paso. Era un artista siempre hiperactivo, con decenas de proyectos desarrollándose en simultáneo. En cualquier momento dado tenía entre manos un disco, un show, una colaboración, algo. Sin ir más lejos, su familia contó tras su muerte en agosto de este 2026 que dejó diez discos inéditos y hasta dos episodios de una serie de YouTube que había empezado a publicar hace poco. Pero quedaba la duda de qué iba a pasar con los shows en homenaje a Tótem, la banda que integró entre 1970 y 1972.

Los shows habían sido anunciados hace algunos meses, y la banda ya estaba ensayando. Con Matías Rada como productor y director musical, más la presencia de Daniel "Lobito" Lagarde, bajista del grupo, la cosa estaba en marcha para este 10 y 11 de octubre. Y como Rada nunca le decía que no a la música, su familia decidió seguir adelante. Se sumaron a la banda Lucila y Julieta Rada como cantantes, la banda reformuló las canciones para ajustarse a ese cambio, y llegó la fecha, ahora con una carga emocional más particular de la que tuvo desde su inicio.

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Ante un Auditorio Nacional del Sodre prácticamente lleno (quedan algunas últimas entradas para la función de este domingo 11), la noche del sábado ofreció el show de una banda que conjugó con equilibrio perfecto la potencia rockera del repertorio de Tótem, el virtuosismo de sus integrantes, y una magia musical capaz de abrir un puente a través del tiempo, el espacio y todas las dimensiones para invocar el alma de una banda que reescribió algunas reglas del sonido del rock uruguayo y que más allá de ser hija de la estética, el espíritu y la música de su época, dejó también un camino periódicamente redescubierto de la fusión entre lo de acá con lo de afuera, y un repertorio potentísimo confeccionado entre sus integrantes.

Fue inevitable que al escuchar esas canciones mientras las visuales mostraban congelados allá en los 70 a los miembros de la banda que se viniera a la mente aquella frase de Newton de estar parados sobre hombros de gigantes.

El show pasó por 16 canciones de Tótem, todas de los dos primeros discos del grupo: nueve del álbum debut homónimo de 1971, y siete de Descarga, su secuela de 1972. El conjunto tuvo luego un tercer trabajo, Corrupción, pero para ese momento ni Rada ni Lagarde estaban en la banda, y suele quedar por fuera del repaso, como en este caso.

Ahora claro, con un repertorio como el que Tótem acumuló en esos dos primeros discos, se puede traer a colación aquel dicho de los picaditos infantiles de "está robado". Ya de entrada, apenas se levantó el telón, Dedos. El riff más icónico del rock criollo, una descarga de música que puso los pelos de punta, y claro, el nudo en la garganta.

Incluso detalles escénicos como una alfombra en damero blanco y negro, emulando la portada del disco Descarga, fueron condimentos para hacer de este un espectáculo memorable.

Más allá de que el show no se vendió nunca como un homenaje a Rada, su presencia sobrevolaba lógicamente el espectáculo. Sus hijos no podían evitar, al contar la historia de las canciones antes de tocarlos, que la familiaridad lógica se colara. "Papá", "nuestro padre". El saludo constante a las familias de los miembros de Tótem que ya han fallecido y el recuerdo a cada uno de esos músicos, como Chichito Cabral, Eduardo Useta y Enrique Rey que aportaron también sus composiciones (solitarias y en conjunto) para ensamblar ese repertorio implacable.

Los Rada oficiaron de guias por ese repertorio (Matías además contó que hay un ensayo grabado junto a su padre que quizás en algún momento sea publicado), mientras que Lagarde tuvo su momento con su canción Chévere.

Y la banda tuvo además el plus de contar con la cuerda de tambores del "Lobo" Núñez en algunos pasajes del espectáculo, que pasó por todos los hitos: Heloísa, De este cielo santo (la canción que Rada compuso para su padre), Orejas y Biafra.

Una constatación recurrente durante el espectáculo, fue que aunque presuntamente Tótem era un acrónimo de Todos Tenemos Música, había un grupo de uruguayos que en los primeros años de la década de 1970, tenían bastante más que el común de los mortales.

Volvé a cantar

La penúltima canción en la lista de temas fue la que puso de pie a todo el Auditorio. Gente bailando en los pasillos, gente bailando delante de sus butacas abandonadas. La canción fue Negro. Y ahí si, el homenaje a Tótem fue también, lógicamente, un homenaje a Ruben Rada.

"Volvé a cantar/Si vos no cantas no va", entonaron sus hijos. "Volvé a cantar" gritó la audiencia. Y si se cree en aquello de que morir de verdad es ser olvidado, Rada volvió. Estaba ahí en esas voces, en esos tambores, en esa música. Como el resto de Tótem.

"Este es un show hermoso y difícil", dijo Lucila Rada sobre el final. Confesó que recién sobre las últimas canciones del repertorio pudieron contener la emoción lo suficiente como para agradecerle a su padre el haber dejado un cariño popular que se tradujo también en este espectáculo.

La despedida definitiva fue la continuación de esa celebración, homenaje, despedida, llámele como quiera. Capaz fue todo a la vez. La banda volvió para un bis que no pertenecía a Tótem: ¿Quién va a cantar? Y la respuesta fue que por lo pronto, lo harán un montón de voces.

Mientras los músicos daban su reverencia final, apareció una mezcolanza de cánticos en la tribuna: olé olé olé Rada y olé olé olé Tótem. No se consolidó ninguno de los dos, y siguieron en paralelo. Quizás un ejemplo más de lo que significan estos espectáculos.

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