28 de junio 2023 - 5:59hs

Mis abuelos vinieron a la Argentina y mi sobrino se fue a vivir a España.

Me llamo Viviana Canosa, soy periodista, tengo 52 años, soy hija y nieta de inmigrantes españoles.

Me entristece y me duele muchísimo la Argentina en la que vivo.

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Me acuerdo de mi abuelo, Arturo Canosa Caamaño, contándome la desgracia de la guerra y sus vivencias.

En ese momento, yo tenía 10 años. La misma edad que tiene mi hija Martina.

Yo creía que Argentina era el mejor país del mundo.

Hoy ya sé que Argentina no es el mejor país del mundo.

Hace unos días, mi sobrino, se fue a vivir a España, el lugar donde nació mi padre.

La puerta giratoria es la historia de mi familia.

 

Mi abuelo, Arturo Canosa Caamaño, y mi abuela, Consuelo Baña Lema, fueron los padres de José Canosa, mi papá.

Vivían en La Coruña, en España, con una muy buena posición económica. Campos, tierras, pero llegó la guerra civil y Don Arturo se fue a pelear.

En 1949 decide venir a la Argentina, para vivir en tranquilidad y en libertad.

Mi abuela, Doña Consuelo, llegó un año más tarde con sus hijos.

La mayor, de 8, mi padre, de 6 años y medio. Mi tío, de 4, y mi tía de 14 meses.

Fueron 25 días en el barco.

Al llegar, se fueron a vivir a la casa de unos parientes.

Y, al poco tiempo, alquilaron en el barrio de Palermo: Fitz Roy y Santa Fé.

Después de dos años, en los que Don Arturo Canosa trabajaba de día y de noche, se pudieron comprar la primera casa, que era más terreno que casa y de a poco la fueron construyendo.

Pero la familia ya tenía el techo propio, su hogar.

 

A mi padre, José Canosa, le costó mucho acomodarse a la Argentina. 

Era muy chiquito, tenía 6 años y sufrió el desarraigo. Sentía que le faltaba el aire.

Le faltaba su Patria.

Extrañaba su tierra, su casa, los olores, las costumbres, sus amigos. La vida que ya no tenía.

Hasta los 18 años padeció ser un inmigrante. Se sentía ajeno a esta nueva Patria y tuvo la posibilidad de volver, pero no lo hizo porque ya había formado su familia acá ,en la Argentina.

Mi papá nunca se pierde un partido de la Selección Española y, cuando salieron campeones del mundo en 2010, festejó y lloró como si volviera a ser aquel niño de La Coruña.

 

Ahora, José Canosa, mi padre, está por cumplir 80 años.

Y su nieto de 34 se fue al mismo lugar desde donde él partió a los 6.

Mi sobrino fue a buscar a España lo que mis abuelos vinieron a buscar a la Argentina.

Un futuro, oportunidades.

Mi sobrino es universitario y maneja tres idiomas, pero mi país lo expulsa.

Argentina no le da la posibilidad de desarrollarse y crecer.

 

José todavía recuerda, con mucha angustia y melancolía, aquellos días en el barco. Las bodegas vacías, la gente triste como sin rumbo, con la mirada perdida, encomendándose a Dios.

En aquel viaje de 25 días cruzando el Atlántico todos perdían peso. La comida escaseaba y el ánimo estaba por el piso.

Se sentían presos en una cáscara de nuez en el medio del océano.

Mi padre, con su madre y sus hermanos, llegaron un 6 de enero de 1950.

La Argentina fue su regalo de reyes.

Acá, José Canosa trabajó, se enamoró y formó su familia.

 

Los inmigrantes bajaron de los barcos con la esperanza de una vida mejor.

Trabajaron sin parar y generaron un país pujante que fue potencia y que ahora está fundido.

Ya tenemos tres generaciones de argentinos que viven de los planes sociales, de la limosna del Estado.

El Gobierno usa a los pobres como rehenes, son votos cautivos.

Miles de chicos en la Argentina nunca vieron trabajar a sus padres.

No es casualidad que el Gobierno se jacte de no creer en el mérito.

 

Pero, por suerte, todavía millones de argentinos creemos en la cultura del trabajo.

Me lo enseñó mi papá.

Y a él se lo enseñó mi abuelo.

Para José Canosa, mi papá, su familia es un orgullo.

Sus nietos son universitarios, profesionales.

El viene de la Argentina de ”mi hijo el doctor”.

No como esta Argentina actual, donde vivimos en una decadencia absoluta de valores.

 

Mi país se está convirtiendo en una villa miseria gigante, con niños que salen de la escuela sin comprender un texto.

Donde la ideología le ganó a todo lo demás; donde la gente no tiene para comer y la pobreza es extrema.

En mi Argentina el narcotráfico ya es dueño de extensos territorios.

Me da mucha tristeza mi país.

La decadencia es moral y social.

La pobreza, la indigencia, la corrupción y el narcotráfico se convirtieron en el pan nuestro de cada día.

Pensar que supimos ser el granero del mundo y muchos inmigrantes preferían venir a la Argentina, ante opciones como los Estados Unidos o Australia.

 

¿Qué nos pasó?

Quizás tenga razón Isabel Díaz Ayuso, la presidenta de la comunidad de Madrid, cuando dijo que “no es casualidad que cada vez más argentinos vengan a Madrid a vivir en paz”.

Y cuando dijo que “la Argentina lleva décadas estancadas por políticas intervencionistas al servicio del poder político”.

Veinte años de kirchnerismo no son gratis.

A los argentinos nos pasó el peronismo, una enfermedad con la que convivimos desde hace 70 años y para la que todavía no tenemos una vacuna.

 

España tampoco está hoy en su mejor momento, pero ustedes saben cambiar, saben enfrentar los problemas y resolverlos.

España ya le está diciendo basta al populismo, nuestro peronismo.

Fijate como Díaz Ayuso se enfrenta al presidente español, Pedro Sánchez, y lo acusa de querer hacer peronismo con la reforma fiscal propuesta.

“Es populismo; le quitan el dinero a la gente para luego repartirlo como hacen los peronistas”, asegura Isabel.

¿Será su valentía de enfrentarse al negocio del populismo lo que llevó a Díaz Ayuso a arrasar en las últimas elecciones?

 

Mientras tanto, en la Argentina, seguimos envueltos en una espiral de fracasos.

El kirchnerismo continúa gobernando, aunque estemos en el tercer puesto del ranking mundial de inflación y tengamos una  suba de precios interanual del 114%, y creciendo.

También tenemos un dólar a casi 500 pesos y el Gobierno, para seguir burlándose del pueblo, propone al ministro de Economía como candidato a presidente.

Para colmo, como se creen los dueños de la Argentina, amenazan con sangre, violencia y muerte si gana la oposición.

Ojalá nosotros podamos copiar al pueblo español, que ya tomó conciencia del daño que produce el populismo.

 

Tengo 52 años y, para mi generación, éstas elecciones significan la última oportunidad que tenemos de ver a una Argentina mejor. Dónde nuestros hijos estén orgullosos de habitarla.

Deseo que el próximo Gobierno genere el cambio que los argentinos necesitamos.

Que sea el fin de un ciclo y el comienzo de una nueva era. 

Una nueva época, una nueva Argentina.

Que volvamos a ser el país al que llegaron mis abuelos.

Que la única salida de la Argentina no sea el aeropuerto internacional de Ezeiza.

 

Ya fui a despedir a mi sobrino.

No quisiera repetirlo con mi hija, ni con nuestros hijos.

 

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