6 de febrero 2026 - 15:24hs

Ir de tapas en España no es comer: es estar y compartir. Estar con otros, estar en el barrio, estar en el tiempo y siempre, pero siempre, compartir con amigos o gente que quizás lo sea, al menos por esa noche.

En invierno, cuando en Madrid las temperaturas se niegan a subir y la ciudad se repliega sobre sí misma, el ritual se asemeja a la búsqueda de un refugio contenedor.

Se trata de encontrar una barra donde acordarse, una caña bien tirada que ordene la noche o una copa de vino dispuesta a un brindis. Llega entonces la tapa sin solemnidad y con ella una conversación que reclama escucha, en esa extraordinaria disponibilidad que solo aparece cuando nadie está pensando en irse. Esta danza cotidiana encontró en los últimos años un lugar con una densidad y variedad singular, casi irrepetible que dio origen a un sendero que hay que transitar.

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Hablamos de la Ruta del Retiro. No nació como evento ruidoso ni como operación de marketing. Se fue decantando, como decantan las cosas auténticas: por acumulación de buenos lugares, de dueños presentes -relevante-, de cocinas con oficio y sin impostura. Desde estrellas Michelin hasta tabernas tradicionales, hoy concentra restaurantes atendidos por quienes creen, todavía, que la hospitalidad es además un valor a ejercer y no un slogan.

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El tapeo: una tradición con más historia que glamour

El origen del tapeo es discutido, como casi todo. Desde la tapa como lonja que cubría el vino en las tabernas andaluzas, hasta la comida mínima que permitía seguir bebiendo sin perder el equilibrio, lo cierto es que nació como gesto funcional y popular. La cuestión era evitar un problema. O los insectos y el polvo, o bien la ebriedad. Su origen no está en el lujo, ni en el show. No es nostalgia: es cultura pura. Y Madrid, lejos de perder identidad, absorbió lo mejor de cada región y consiguió un espacio donde todo cabe, se respeta y se potencia.

El derrotero de una noche de leyenda, en la milla de oro

Rodeado de amigos del mundo, arrancamos la peregrinación de lo que sería una noche de cuento. Una salvedad con la zona, lo extraordinario del Retiro se resume en tres palabras: concentración, variedad y calidad.

En pocas calles conviven lo tradicional como Casa Rafa, con su ensaladilla ya inscripta en la memoria madrileña, con proyectos que llevan la taberna a otro nivel, pero sin traicionarla, como el vibrante Arzábal, con su albóndiga de pularda con royale de hongos silvestres y su cava de Champagnes con todas las burbujas imaginables.

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Andando unos pocos pasos, encontramos resumida la geografía española: Galicia late en O’Grelo con su ensalada fría de bogavante con vinagreta, Asturias en Couzapín nos regala su empanada artesanal de chipirones en su tinta, Andalucía dice presente en Triana con su tortillita andaluza de camarones, Cataluña nos invita a manchar nuestros dedos en su ceremonia tradicional: Calçot a la parrilla con salsa romesco en Can Bonet y casi sin escalas, girando sobre nuestros pies, llegamos a las Baleares en Sa Brisa y su Waffle con sobrasada, queso de cabra y miel.

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Pero también hay una generación que innova; eso sí, sin dejar de respetar los 'huesos', la esencia original. Y ahí vamos por los escabeches y una Gilda (brochette vasca de aceitunas, anchoa y guindilla encurtida) de Hermanos Vinagre, seguimos con un Atún fresco picado con lima y mayonesa de trufa en Casa de Fieras, nos zambullimos en Coalla y su tabla de quesos, no si antes picotear unas papas fritas cremosas de Alejandro con salsa brava picante de Taberna y Media.

Promediando la noche y cuando creemos haber recorrido el mapa completo, el GPS alerta a viva voz que la ruta está recién comenzando.

La próxima parada será en Albedrío, donde su cocina de mercado nos ofrece el canelón de rape y langostinos. A pocos metros, Buendi, en sus dos casas, Narváez y Retiro, refugio clásico y contemporáneo a la vez, nos da jamón ibérico servido sobre pan con tomate, y un steak tartar de lomo de vaca que se arma en la mesa, porque el ritual importara tanto como el sabor.

La ruta avanza en la noche fría mientras las copas se suman en variedad y calidad. La cofradía encuentra en Vinos de Bellota unos sanadores garbanzos con gambas sobre una base que sabe a mar fresco. Confirmado: el cuchareo también tiene su lugar. Kulto devuelve a primer plano una tradición: la oreja de cerdo, crujiente, con salsa brava, como debe ser.

La noche dilatada, pide calorías y memoria. La Raquetista cumple la promesa con sus torreznos crujientes y Laredo deslumbra con unas chuletitas de conejo, que suenan a caricia.

Ya en tiempo de descuento, encaramos el tramo final que nos dice: es la hora de la fusión. Marcano nos sorprende con sus rollitos tipo wonton de carne vacuna, yogur, salsa tártara de queso y pico de gallo. Y sobre la bandera de llegada, Salino pone el broche de oro con la recién elegida la mejor croqueta de jamón ibérico de bellota de toda España en 2026. ¿Se puede pedir más?

Un refugio de los sentidos humanos

La noche parece que se termina y quedamos con la sensación de haber sido parte de algo. Porque la Ruta a pocos pasos del Parque del Retiro, no es solo una suma de bares ni una colección de tapas memorables. Es una coreografía viva, donde cada barra cuenta una historia y cada plato confirma que Madrid, cuando se deja caminar y saborear, sigue siendo una de las grandes capitales emocionales para comer y compartir.

La Real Academia define a la gastronomía como “el arte de preparar una buena comida, la afición al buen comer y el conjunto de platos y usos culinarios propios de un lugar determinado”. Desmenucemos: la gastronomía no solo es un gesto de amor y curiosidad, es la actividad cultural más completa. Un acto de alquimia que implica cocinar, dominar el fuego, transformar la naturaleza en alimento y que culmina en una mesa, el escenario principal de un espacio de diálogo.

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La luna se hizo un espacio y corona la travesía. Los afortunados sabemos que transitamos un archivo histórico. En cada receta hay geografía, climas, necesidades, interacción cultural y herencia familiar. En un contexto donde la tecnología y la IA dominarán casi todo, el acto de cocinar, compartir y juntarse con amigos se adivina como un último refugio de acciones auténticamente humanas.

Es el lugar donde el tiempo se detiene y volvemos a conectar con nuestros sentidos y con los demás. En definitiva, donde nos expresamos y conectamos con otro idioma además del de las palabras.

Y entonces pasa lo inevitable: Paco propone “otra vuelta”, Esther y su calidez nos invita a seguir la aventura. Nadie mira el reloj, el Retiro, cómplice, nos dice: acá no hay algoritmos. La madrugada silenciosa exclama quédate un rato más!

Y no queda otra que decir, ¡vamos a por ella!

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