Apareció el presidente de los Estados Unidos e interrumpió durante cuarenta minutos sus paseos por los greens para sellar lo que ella llamó "un gran pacto, un enorme pacto" y lo que según él fue una "buena decisión" que "soluciona muchas cosas".
En vez de explicar el potencial de las futuras relaciones comerciales entre Estados Unidos y Europa, Trump se pasó el tiempo hablando de sí mismo y de lo estupendo que es, y haciendo publicidad de su maravilloso campo de golf. Von der Leyen, incomodísima, estuvo callada y con cara de palo. La alucinante escena en este salón queda para el recuerdo.
Para los que presumen de imaginación histórica el Turnberry golf resort, propiedad de Trump en Escocia, podría adquirir en adelante un valor icónico comparable al que tuvo el vagón de tren, propiedad de la Compagnie Internationale des Wagons-Lits, que utilizaba el alto estado mayor aliado en la Guerra del Catorce.
Aparcado en un macizo forestal cerca de la ciudad de Compiègne, en la región de Picardía al norte de París, el vagón, que en adelante sería conocido como el Compiègne Wagon, acogió a los firmantes del armisticio que puso fin a cuatro años de matanzas en las trincheras con la derrota de la Alemania imperial.
Esta vez se ha evitado el apocalipsis porque el viejo continente no ha tardado nada en rendirse a la república que colonos ingleses fundaron en el nuevo mundo hace, ahora pronto, doscientos cincuenta años. "Rendición no" dicen otras corrientes de opinión: los dos súper poderes que se desviven por los valores civilizadores de la democracia liberal llegaron a un acuerdo equilibrado y realista. La opinión pública está dividida entre los que ven el vaso medio lleno y quienes lo ven medio vacío.
A grandes rasgos se conocen los detalles de lo negociado. Europa acepta aranceles del quince por ciento a sus exportaciones a Estados Unidos y cero tarifas a las de Estados Unidos a Europa. Además, Europa se compromete a billonarias inversiones en Estados Unidos y a la compra de ingentes sumas de combustibles fósiles norteamericanos.
Para el USA trumpista, el acuerdo es un win-win en toda la regla. Es el gran triunfo de los que intrépidamente militarizan las relaciones comerciales. Si la poblada y próspera Europa se ha sometido a la primera de cambio, ¿qué no harán todos los demás?
Vaso medio vacío
Para los del vaso medio vacío el encuentro en el Turnberry golf resort fue lo que vulgarmente se dice una bajada de pantalones. Y llovía sobre mojado. Von der Leyen siguió el mismo guion que hace un mes interpretó el neerlandés Mark Rutte, secretario general de la OTAN, cuando, a requerimiento de Trump, elevó drásticamente el gasto militar europeo y aceptó una inagotable adquisición de armamento estadounidense.
La opinión contraria es que Bruselas evitó que se desatase una guerra comercial porque Washington amenazaba con imponer aranceles del treinta por ciento a partir de hoy. Se ha corregido un balance comercial muy favorable a Europa que desde la vuelta de Trump a la Casa Blanca era insostenible y se han establecido las bases de un intercambio de bienes sensato, prometedor y perdurable.
Lo que no se conoce es el alcance del acuerdo. ¿Acabarán siendo tan onerosas las condiciones que forzó Trump en Turnberry como las que impusieron los aliados a Alemania en el Tratado de Versalles después de la firma de armisticio en el Compiègne Wagon? Por lo pronto se ha penalizado a cambio de nada el acceso de Europa a su más preciado mercado exterior. Dicho de otra manera se ha aceptado un hiriente castigo proteccionista para no sufrir un correctivo mucho peor.
El cortoplacismo revanchista de los aliados en Versalles condujo a la Segunda Guerra Mundial y Adolf Hitler, que tenía toda la distorsionada imaginación histórica que se quiera, hizo traer el mismo vagón de 1918 al mismo claro en el gran bosque de Picardía para que se firmase ahí, en 1940, un nuevo armisticio que significaba la derrota y la ocupación de Francia. Los déspotas lo bordan a la hora de humillar al adversario.
Para cuando Hitler se suicidó en su bunker de Berlín, a donde había hecho llevar el Compiègne Wagon, las lecciones de Versalles estaban aprendidas. Winston Churchill aconsejaba resolución y resistencia en tiempos de guerra y, de manera enfática, magnanimidad en tiempos de paz. Con el Plan Marshall, Estados Unidos estuvo a la altura de las circunstancias.
El plan, ideado por el secretario de Estado George Marshall, el "organizador de la victoria" según Churchill que sería premiado con el Nobel de la Paz, lo puso en marcha en 1948 el presidente Harry Truman. Contribuyó de una manera decisiva a la rápida recuperación económica de una Europa devastada por el nazismo. Pero Trump no es Truman. Es la antítesis de aquel infravalorado presidente que sucedió al carismático Franklin Delano Roosevelt. Trump deshace los acuerdos transatlánticos que Truman, autentico líder del mundo libre, forjó.
Han sucedido tantas cosas desde que Trump, por segunda vez, tomó posesión de la presidencia en enero que a estas alturas apenas se recuerda que quería convertir a Canadá en el estado cincuenta y uno y anexionar Groenlandia. Dice y se desdice, aprieta y afloja, está constantemente con los medios y se prodiga en las redes sociales. Trump marca la agenda de cada ciclo de noticias y toda conversación se centra en él. Y con él no hay diálogo posible. Si no quieres café, pues dos tazas y, porque el matón se sale con la suya, acabas con el cáliz envenenado que se te ofreció.
Por eso es bienvenida la llegada de estío agosteño y la estampida de la masa, líderes políticos incluidos, hacia localidades vacacionales para evitar lo peor de la canícula. A poco que se aproveche el asueto, se podrá reflexionar sobre cómo se ha llegado a las puertas de lo que con grandilocuencia pero con precisión se llama un "nuevo orden global". ¿Qué papel jugará Europa?
Depresión encima
A ojo de buen cubero se dirá que muchísimos europeos están con la depresión encima porque no se fían unos de otros y, más que nada, porque no tienen a su Trump particular para que asegure sus fronteras, deporte a los indeseables, defienda sus empresas y haga Europa grande again. Están con la neurosis de que van camino de ser sumisos vasallos de Estados Unidos. El desaliento pasa a ser frustración y el desengaño crea odios y miedos que polarizan la sociedad.
Al escuchar a Trump quejarse a la muy correctamente "verde" Von del Leyen de que se habían levantado seis molinos de viento cerca del hoyo dieciocho de su maravilloso campo de golf, un amigo nacido y criado en Edimburgo, la cuna de Adam Smith, el padre del libre comercio que está enterrado en el jardín de una de sus iglesias, me contó su plan para descolocar al inquilino de la Casa Blanca y dueño del Turnberry golf resort.
El amigo propone bajarle los humos a Trump abriendo un fondo que invertirá en más energía eólica en los alrededores de los escénicos fairways que ha creado. Cuantos más sonoros molinos, mejor. Y, como la fantasía no tiene límites, piensa aprovechar las ayudas que Bruselas aporta para proyectos de rewilding, que son los de vuelta a la madre naturaleza. Su idea es soltar lobos, que por supuesto serán protegidos porque hubo muchos en tiempos de Adam Smith cuando no lo fueron y muchas cabras que hábilmente invadirán los greens.
Esto son tonterías pero el desprecio que mostró el presidente de Estados Unidos a la presidenta de la Comisión Europea el domingo no fue ninguna broma. Trump quiso humillar en público a Von der Leyen y ella no tuvo más remedio que dejarse avasallar. Si le planta cara, el coche alemán, el vino francés, el queso italiano y el aceite español serán prohibitivos para todos los americanos salvo el uno por ciento que constituyen Trump y sus amigos.
El histórico plató de humillaciones que fue el Compiègne Wagon estuvo expuesto durante un tiempo en Berlin junto a la puerta de Brandeburgo. Luego se escondió en el distrito de Gotha, Turingia.
En 1944 un avance de la tropa aliada lo destruyó. Por mucho que lo deseen gente como mi amigo el de las cabras y los molinos de viento, el Turnberry golf resort no correrá esa suerte.
FUENTE: RIPE - EXPANSIÓN TOM BURNS MARAÑÓN