La inmigración no es un problema, ni una solución
Más allá de la retórica política, el desafío de la inmigración debe abordarse como una política pública que debe gestionarse. Su impacto en la economía.
Más allá de la retórica política, el desafío de la inmigración debe abordarse como una política pública que debe gestionarse. Su impacto en la economía.
Por Luis Lehmann, politólogo migrante.
Las recientes declaraciones del presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, afirmando que "la inmigración supone riqueza, desarrollo y prosperidad", han generado un debate necesario sobre el verdadero impacto de la inmigración en la sociedad y la economía española.
Sin embargo, es fundamental debatir y matizar estas expresiones, reconociendo que la inmigración, por sí sola, no es una panacea para el desarrollo ni para evitar las inequidades.
De hecho, la evidencia sugiere que los beneficios económicos de la inmigración tienden a concentrarse en los estratos más altos de la sociedad, ampliando las desigualdades sociales.
El argumento de que la inmigración genera riqueza y desarrollo debe ser contextualizado.
Si bien es cierto que la llegada de migrantes puede contribuir al crecimiento económico, éste no se distribuye equitativamente entre todos los sectores de la sociedad.
Los datos indican que los beneficios económicos tienden a acumularse en los sectores más acomodados, como los empresarios y las familias acomodadas.
Estos grupos se benefician directamente de la disponibilidad de mano de obra más barata, lo que les permite reducir costos y aumentar sus márgenes de ganancia, ya sea por ejemplo a través de aumentar la demanda de productos y servicios que proveen en el caso de los primeros, o bien permitiendo que miembros de las familias puedan corar mayores sueldos a partir de “subcontratar” servicios cotidianos.
Por otro lado, y a pesar de que la entrada de trabajadores inmigrantes aumenta la competencia en el mercado laboral y puede ejercer una presión a la baja sobre los salarios en sectores como la agricultura, la sanidad, el empleo doméstico y la hostelería, lo cierto es que estos empleos no suelen, por la carencia de postulantes nativos, “robarse”, sino “cubrirse”.
La mayor parte de la inmigración en España proviene de la contratación activa de mano de obra, resultado de la colaboración, por acción o por omisión, entre gobiernos y empresarios que buscan satisfacer la demanda de ciertos sectores económicos como los indicados previamente.
Hein de Hass, catedrático de migración y autor del reciente libro “Los mitos de la inmigración”, desmonta el mito de que, y a pesar de que pueda parecer contraintuitivo, el desarrollo en los países pobres reducirá la migración.
Y lo fundamenta con estadísticas que indican que la migración aumenta a medida que los países pobres se vuelven más ricos, no al revés. Y esto porque es necesario juntar mucho capital para migrar.
Por otro lado, es esencial diferenciar entre otorgar “ciudadanía” y “permisos de residencia y trabajo”, reconociendo que la integración de los migrantes en la sociedad y su contribución al desarrollo económico depende de la implementación de políticas públicas bien diseñadas, en destino, pero también en origen.
Un paso importante en esta dirección es la reciente aprobación en junio pasado de la Propuesta de Ley de trabajo circular, impulsada por el Partido Popular en el Congreso de los Diputados.
Esta iniciativa plantea que el Gobierno desarrolle e impulse estrategias para gestionar los flujos migratorios, con el objetivo de ajustar la demanda de trabajo generada por el mercado laboral español con el perfil de la oferta de los extranjeros.
Este enfoque busca crear un sistema de migración circular, que sea temporal, renovable, legal y respetuoso con los derechos de los migrantes. Además, este sistema permitiría a los migrantes moverse libremente entre su país de origen y España durante un período determinado, asegurando una flexibilidad que responde a las necesidades tanto de los trabajadores como de los empleadores.
La inmigración es un fenómeno complejo que no debe reducirse a posiciones simplistas de "a favor o en contra".
No existen soluciones sencillas a problemas complejos, y la cuestión migratoria debe ser entendida como un tema de políticas públicas que requiere una gestión adecuada. Es necesario ir más allá de la retórica política y abordar la inmigración desde una perspectiva que reconozca tanto sus beneficios como sus desafíos.
Sin agotar el debate, mucho más amplio por supuesto, la inmigración no es un problema ni una solución en sí misma. Es una realidad que debe ser gestionada de manera responsable, con políticas que fomenten la cohesión social y el bienestar económico para todos.
Solo a través de un enfoque equilibrado y bien gestionado se podrá maximizar el potencial de la inmigración, mientras se mitigan sus posibles efectos adversos.