Algún día tenía que llegar. Fue un jueves, 10 de octubre, de este 2024, mientras en el otro lado del mundo se disputa el Masters 1000 de Shanghai que jugó en ocho ocasiones, y en puertas de las Finales de la Copa Davis que en cinco oportunidades conquistó y que ahora, Rafael Nadal, eligió como el momento de su adiós.
El punto final a una carrera gloriosa, de veintidós años en la elite, con 92 títulos en su historial, veintidós del Grand Slam. Rafa Nadal dijo basta, hasta aquí. Había empezado a irse en el arranque del 2024, su año despedida. Desde que optó por inscribirse en el cartel del torneo de Brisbane, un evento menor, sin excesiva repercusión, que solo una vez antes había llegado a disputar como preparación para desafíos mayores, como el Australia Open, el primer Grand Slam de cada curso.
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Tampoco allí, en Brisbane, en el trasvase del 2023 al 2024, Nadal encontró la estabilidad física que buscaba. No halló el aliento que necesitaba después de un año en blanco. Porque salió mal parado de ese evento de categoría 250, punto de partida de nuevo, donde había logrado ganar dos partidos, con diferentes sensaciones, en medio de una expectación desaforada, ante Dominik Thiem y Jason Kubler y después fue eliminado, ante el australiano Jordan Thompson.
Caer y levantarse. Ha sido esa una constante en la carrera, sobre todo en el final, del mejor deportista español de todos los tiempos, de uno de los más reconocidos del mundo en la historia. Caer, levantarse y ganar. Ganar más que la mayoría, competir más que ninguno. Y, entre medias, acudir al diagnóstico y consejo del doctor Ángel Cotorro, al inicio de cualquier recuperación.
Rafael Nadal comenzó a despedirse
Cuando anunció Nadal en una multitudinaria rueda de prensa en su Academia de Manacor a primera hora de la tarde de ese 18 de mayo del 2023 que esa temporada no iba a jugar más y que fijaba su adiós en algún momento del 2024, inevitablemente ya había empezado a irse. Esa vez era una lesión en el psoas ilíaco lo que ponía freno a su intento de puesta a punto.
Empezó a ser un año habituado a anuncios de renuncias de los grandes eventos, uno tras otro, más que de éxitos que no llegaban. A esperas, a tiempos de baja, a expectativas de recuperación. Aquél anuncio definitivo acabó con los impacientes mientras apartaba a Rafa del foco competitivo, del ritmo del tour ATP.
La segunda mitad del 2023 el mundo del tenis se acostumbró a atravesar los eventos sin Nadal en el cartel. Vía libre para Novak Djokovic, sus desafíos y sus récords. Exclusivo del ‘big three’ que asume, igual que él, la invasión en sus vidas del tiempo que no perdona.
Salió airosa esta inigualable generación del acoso de un par de camadas, las inmediatamente sucesivas. Hasta que irrumpió en el circuito la prole que encabezan ahora Carlos Alcaraz y Jannik Sinner y que implantaron su bandera sobre la cancha con la determinación y la firmeza que no llegaron a hacer otros como Daniil Medvedev, Alexander Zverev, Stefanos Tsitsipas o Casper Ruud, aspirantes eternos, ganadores fugaces, intermitentes, sin la continuidad, desde luego, de sus predecesores pero tampoco la de sus descendientes.
Con la misma naturalidad con la que ha circulado siempre en su carrera, Nadal asumió su nuevo rol. Trasladó su leyenda de torneo en torneo con aire de despedida en este 2024. Directo de Brisbane hacia la tierra, su hábitat natural, donde durante tanto tiempo fue inaccesible a cada rival. Con Roland Garros, primero, y los Juegos Olímpicos después, como citas timbradas para encontrar una manera de una retirada al alza. En competición, en activo. Con la flecha hacia arriba. Con un reto claro, un desafío.
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Rafael Nadal se despide del tenis.
Sin privilegios, sin la condición de cabeza de serie que casi siempre le acompañó. Desde el principio, con un partido más que ellos y con el riesgo de tener enfrente un rival de máximo nivel, como ocurrió en más de una oportunidad. Nadal atravesó Barcelona, Madrid, Roma, París…. Solo con la idea de acumular minutos, de sumar partidos y partidos. De recuperar el tiempo que perdió. Y que el destino decidiera.
Como una leyenda, como un mito, fue recibido en cada club, en cada recinto, en cada torneo. Porque, como mencioné anteriormente, inevitablemente se vivía un clima de despedida en cada lugar. No es dado a las despedidas el balear de 38 años que solo asumió públicamente su punto y final en el Conde de Godó y en la Caja Mágica.
Entreabrió puertas en el Foro Itálico, donde tuvo una acogida sin igual, un reconocimiento inmenso, una respuesta popular sin parangón. Un cariño merecido, recogido. Apuntó a una posible vuelta a Roland Garros, después de caer, por primera vez en su carrera, en primera ronda.
Nadie o casi nadie. Pocos, muy pocos levantan una admiración, un profundo respeto, un entusiasmo y una fascinación como el español. El tipo que arrancó como profesional un 29 de abril del 2002, con 15 años y 330 días, en el torneo de Mallorca donde fue invitado, donde obtuvo su primer triunfo en un partido ante el paraguayo Ramón Delgado, por un doble 6-4, no había mostrado cambio alguno, sustancial, en su talante, más de dos décadas después.
Rafa atravesó la adolescencia, alcanzó la madurez, con igual y exactamente el mismo comportamiento. Distanciado del conflicto, amparado por una educación admirable, no asomó un mal gesto, un feo aspaviento o una negativa actitud en ningún momento. Siempre considerado con el rival, ningún reproche en la victoria, ninguna censura en la cancha; ninguna mueca que recriminar en la derrota. Impecable la actitud, inmejorable conducta.
Nadal se ganó un adiós a la carta. Una despedida a la altura. A su antojo en el día y en un escenario a su elección. A su gusto, a su manera. Y ha elegido la Copa Davis como su última parada, donde también triunfó, que hizo suya cinco veces. En noviembre, del 19 al 25, en Málaga. Allí será su punto final en la pista.
Tantas veces triunfador, irreductible, superviviente en partidos imposibles, domador en situaciones inalcanzables, no pudo el balear con el paso del tiempo ni con los implacables ataques de las lesiones con las que tuvo que convivir en gran parte de su carrera y que han terminado por precipitar su adiós.
El cuerpo le ha dicho basta. Por derribo, por desgaste. Por el tiempo que en su día enterró el trayecto de Roger Federer, que invade ahora a Nadal y que amenaza día a día el recorrido de Novak Djokovic.