El Observador Estados Unidos | Gastón Massari Copes

Por  Gastón Massari Copes

Vicepresidente Sénior y Director de Asuntos Latinoamericanos en RXN
1 de junio de 2026 8:47 hs

Hace años acuñé un término que entonces sonó a provocación literaria: datívoros. Lo usé para describir lo que veía emerger en la sociedad contemporánea: una especie nueva, no biológica sino civilizatoria, cuya función vital ya no era pensar, deliberar o crear, sino devorar datos. Consumir, procesar, descartar y volver a consumir. Una humanidad reducida a tracto digestivo de información.

Hoy, leyendo la encíclica que el papa León XIV acaba de firmar -un texto que, sin nombrarla, retrata punto por punto la mutación que algunos veníamos denunciando desde hace casi una década- confirmo que no exageré. Exageré poco. La pregunta ya no es si nos convertimos en datívoros. La pregunta es si todavía hay tiempo de no terminar siendo, nosotros mismos, el alimento.

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De devoradores a devorados

La tesis central del documento papal es contundente: la inteligencia artificial y la revolución digital "no son neutrales". Toman el rostro de quien las financia, las programa y las despliega. Y ese rostro, hoy, pertenece a un puñado de corporaciones transnacionales con más poder fáctico que la mayoría de los Estados. El Papa lo dice con una franqueza que sorprende viniendo de Roma: estamos ante una "nueva torre de Babel" levantada por intereses privados, opaca, ingobernable, y que avanza más rápido que la conciencia, las normas y las instituciones capaces de contenerla.

Mi diagnóstico es más crudo, porque parte de la economía real donde algunos trabajamos. El dativoro original -el que yo describí cuando lo vi nacer durante la pandemia- era todavía un sujeto activo: elegía qué consumir, aunque lo hiciera compulsivamente.

El datívoro 2.0, el de la era de los grandes modelos lingüísticos, ya no elige. Es alimentado. Recibe respuestas pre-cocinadas, opiniones pre-formateadas, "verdades" estadísticamente promediadas que un sistema le entrega antes de que termine de formular la pregunta. Ha dejado de ser sujeto para convertirse en hardware: una carcasa biológica cuya única función es metabolizar las salidas de un modelo.

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Trump busca prohibir la regulación estatal de la IA.

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Y aquí está el punto que la encíclica roza pero no termina de nombrar con la crudeza necesaria: cuando todos consumimos las mismas síntesis, los mismos resúmenes, las mismas "mejores respuestas" generadas por tres o cuatro modelos entrenados con corpus prácticamente idénticos, la comunicación humana ha dejado de existir. Lo que queda es un soliloquio: la IA hablándose a sí misma a través de millones de bocas que repiten su output.

Babel ya no es la confusión de las lenguas. Babel, en 2026, es exactamente lo contrario: una sola lengua, un solo pensamiento, una sola estética, una sola moral promedio, repetida hasta saturar el aire.

El borrado de la diferencia

Lo que se pierde en ese proceso no es trivial. Es, literalmente, lo único que nos hacía humanos: la diferencia. El acento de un pueblo, el sesgo de una región, la rareza de un autor, la herejía de un pensador local, la intuición de un ingeniero que aprendió a leer una veta de mineral como nadie más en el mundo. Todo eso -que en minería, en energía y en tecnología es capital intangible y ventaja competitiva real- se diluye en el promedio. La homogeneización no es un efecto colateral del modelo: es su producto principal.

El Papa lo enmarca en términos espirituales: la "magnífica humanidad" creada por Dios se está dejando aplanar. Yo prefiero decirlo en términos operativos: estamos destruyendo activamente el activo más valioso de cualquier organización, de cualquier país, de cualquier industria. La singularidad. El criterio. La voz propia. Y lo estamos haciendo voluntariamente, a cambio de ahorrarnos quince minutos al escribir un correo.

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Lo humano es divino -por creación o por error-

Aquí me permito una afirmación que sé que incomoda a creyentes y a ateos por igual: lo humano es sagrado. Si usted cree en Dios, lo es por creación. Si no cree, lo es por la improbabilidad estadística de que tres mil millones de años de evolución produjeran algo capaz de escribir el Magnificat, diseñar una turbina y enamorarse el mismo día. Da igual el origen. El estatuto es el mismo: lo humano no es reemplazable, no es optimizable y no es desechable. Cualquier modelo de negocio, cualquier política pública y cualquier arquitectura tecnológica que opere bajo el supuesto contrario está construyendo Babel, sépalo o no.

Refundar el pacto: cinco principios para no terminar de alimento

El Papa propone volver a Nehemías: reconstruir la ciudad piedra por piedra, con responsabilidad compartida. Traducido al lenguaje de quienes operamos en sectores estratégicos, eso exige un nuevo acuerdo social y empresarial sobre, al menos, cinco frentes:

Primero, la soberanía cognitiva. Ninguna empresa, ningún Estado, ninguna comunidad puede aceptar que su capacidad de decisión dependa de modelos cuyo código, datos de entrenamiento y criterios de alineación son secretos comerciales de un tercero ubicado a 10.000 kilómetros. La propiedad de los datos -especialmente los sanitarios, geológicos, energéticos y demográficos- es un bien estratégico, no una mercancía exportable.

Segundo, el derecho a la diferencia. Las industrias culturales, educativas y profesionales necesitan políticas activas que protejan -sí, que protejan, en el sentido proteccionista del término- la producción de pensamiento local, no como nostalgia sino como reserva estratégica de diversidad.

Tercero, la trazabilidad de la decisión. Toda decisión automatizada que afecte vidas humanas -crédito, empleo, acceso a servicios, evaluación ambiental, licencias mineras o energéticas- debe ser auditable, refutable y, en última instancia, revertible por una persona con nombre y apellido.

Cuarto, el desarme cognitivo. Tomo prestada la palabra del Papa porque es exacta: hay que desarmar la IA. Sustraerla a la lógica de la carrera armamentista entre potencias y entre corporaciones. Esto exige tratados internacionales con la misma seriedad que los nucleares.

Quinto, el primado del trabajo humano. Cada introducción de automatización debería ir acompañada, contractual y legalmente, de medidas verificables de protección, recualificación y participación de los trabajadores. No como concesión. Como condición.

El momento

La encíclica llega, quizas tarde, quizas a tiempo pero llega. Y lo hace en el único momento en que todavía es posible discutir esto sin que la discusión misma sea ya una alucinación de un gran modelo de lenguaje. La pregunta que los datívoros nunca se hicieron -¿qué estamos devorando, y qué nos está devorando a nosotros?- es hoy la pregunta política y empresarial central de la década.

Quienes operamos en minería, energía y tecnología sabemos algo que el resto suele olvidar: ningún recurso es infinito, y todos los recursos tienen dueño. La inteligencia humana también. Empecemos a tratarla como lo que es: el último bien estratégico que nos queda por defender.

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