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El agónico partido entre Portugal y Croacia en el Mundial 2026 no se definió en los ojos del árbitro ni en las repeticiones de las cámaras de TV, sino en el centro exacto de la pelota. Cuando los croatas celebraban un empate milagroso, la tecnología de balón conectado (Connected Ball Technology) de la pelota Trionda detectó un roce milimétrico de Igor Matanovic. Un contacto invisible para el ojo humano que cambió el destino del encuentro al activar el sistema de fuera de juego semiautomatizado.

La FIFA dio sus explicaciones tras el compromiso luego de lo que fueron las críticas de los croatas a una jugada milimétrica y que, en cualquier otra competencia del mundo del fútbol, no se hubiera pitado, ya que no existe la tecnología que hay en la Copa del Mundo. Habían empatado en la hora los croatas ante Portugal de Cristiano Ronaldo, 2-2, pero luego de los festejos, el VAR y este chip, le impidieron el hecho de poder ir a un alargue, y ganaron los lusos 2-1.

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¿Cómo funciona este cerebro electrónico?

El secreto radica en un dispositivo de apenas 14 gramos suspendido y perfectamente equilibrado en el centro geométrico de la pelota Trionda mediante un complejo sistema de tensores elásticos.

El componente principal es una Unidad de Medición Inercial (IMU por su sigla en inglés) equipada con giroscopios y acelerómetros de alta precisión.

Este sensor rastrea el movimiento en los tres ejes espaciales y registra datos a una frecuencia de 500 Hz, lo que significa que analiza el estado de la pelota 500 veces por segundo.

Cada vez que el balón recibe un impacto -por más leve que sea- el microprocesador interno genera una marca de tiempo exacta en milisegundos.

Esta información se transmite en tiempo real mediante tecnología de Banda Ultraancha (UWB, por su sigla en inglés) a las antenas distribuidas por todo el estadio. En el VAR, el impacto se traduce visualmente en una gráfica similar a un latido cardíaco (un electrocardiograma del balón); si la línea se altera, hubo contacto.

Además de la IMU, el sistema cuenta con una microbatería que se recarga de forma inalámbrica por inducción antes de cada partido.

Toda esta ingeniería está diseñada para que el peso extra de 14 gramos se distribuya de manera idéntica en los cuatro paneles exteriores de la pelota, garantizando que el comportamiento aerodinámico y el rebote sean idénticos al de un balón convencional. Contra Portugal, este chip demostró que en el fútbol moderno el destino ya no se mide en jugadas, sino en milisegundos.

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