En Uruguay hay más afrodescendientes que católicos que se consideren “practicantes” o “muy practicantes”. Hay más personas con discapacidad que fieles a la institución con centralidad en el Vaticano. Hay más trabajadores fuera de su localidad o departamento que devotos que siguen los rituales más allá de una misa ocasional. La lista puede seguir, porque solo uno de cada 10 uruguayos se percibe católico practicante.

Los datos del Latinobarómetro vienen mostrando cómo el catolicismo pierde pie con el correr de los años. Pero una repregunta en la última edición muestra que, además, entre quienes se consideran católicos los practicantes son menos de la tercera parte. El guarismo coincide con las también publicadas por la consultora local Cifra.

más Noticias

La caída del catolicismo no es nueva ni exclusiva de Uruguay. En la tardecita del 15 de abril de 2019 empezó a incendiarse la catedral de Notre Dame de París. El historiador italiano Andrea Riccardi, fundador de la comunidad de cristianos de Sant’Egidio, trazó una analogía con la marcha de la rama religiosa que era mayoritaria en occidente: “La Iglesia arde”.

La palabra “Iglesia” no la escribió en mayúscula de casualidad, sino que quiso hacer referencia a la institución. Quiso emular el concepto mismo de religión: para él el cristianismo (iba más allá de lo solo católico) estaba dejando atrás su base de “volver a unir”. Estaba separando.

En Uruguay, donde el laicismo a veces se confunde con anticlericalismo, por un momento se pensó que la baja de los devotos católicos (practicantes o no) era como consecuencia de los increyentes (ateos o agnósticos). Pero los datos del propio Latinobarómetro muestran que la caída se da con el alza de quienes no se identifican con ninguna religión (aunque puede que crean en una energía, algo espiritual o incluso sigan ritos fuera de las instituciones).

América Latina tiende a ser más católico que Uruguay. Pero hay países donde el catolicismo está en valores similares, como Honduras, con la diferencia que allí la religión mayoritaria son los evangélicos. De ahí la particularidad de Uruguay liderando el ranking de los “ninguna” religión.

Creer sin religión

En las escuelas públicas las maestras y los pedagogos suelen coincidir: las vacaciones de semana de Turismo caen demasiado temprano y corta el proceso de adaptación. Pero el calendario sigue teniendo la impronta religiosa, por más que se le haya cambiado el nombre y haya dejado de llamarse Santa en los registros oficiales.

El cristianismo conmemora el viernes Santo la crucifixión y muerte de Jesús. Según las normas de la Iglesia Católica, en señal de “penitencia” y “purificación” los devotos deben abstenerse de comer carne roja. La cuarta parte de los uruguayos (26,6%) dice no comer carne este día y alude a esta razón religiosa. Así consta en la encuesta que realizó El Observador, la Unidad de Métodos y Acceso a Datos de Ciencias Sociales (Udelar) y el docente de Estadística Juan Pablo Ferreira. Pero casi una idéntica cantidad de habitantes (23,9%) admite que se abstiene de alimentarse con carne el viernes Santo por tradición (y no por religión).

En esa línea, otra encuesta de El Observador y los académicos de la Udelar permite acercarse a una cuestión más perceptiva: no se pregunta por religión, sino por niveles de religiosidad con cierta explicación. Y estos son los resultados que se publican por primera vez:

¿Cómo es posible? En las Ciencias Sociales de la religión qué y cómo se pregunta puede cambiar la interpretación. El Observador accedió a un reciente artículo académico de la doctora en Estudios Sociales Valentina Pereira y la doctoranda en Ciencas Sociales Magdalena Milsev, da cuenta de que Uruguay “combina elementos de convergencia con marcos seculares europeos (como la temprana laicización estatal, el debilitamiento de las autoridades religiosas y la centralidad de valores republicanos) con dinámicas propias de América Latina, donde conviven pluralismos emergentes, prácticas híbridas y formas de creer autónomas, poco institucionalizadas”.

En los datos cuantitativos la realidad parece clara: es el país más secular de América Latina. En lo cualitativo eso se matiza. “Nos sucede incluso con los estudiantes universitarios, al hablar de estos temas, que suelen salir palabras como creen en el universo, una energía o hasta hacer turismo religioso”, explica Milsev, antropóloga de base.

Ella y su colega ven cómo la práctica es más compleja que la respuesta a una simple pregunta. “Es frecuente encontrarse población afro que suele hacerse una limpieza de energía, pero no se autodefinen de una religión concreta. O bien las peregrinaciones a San Expedito o la Virgen del Verdún congregan a gente que no se dice católica y tal vez nunca va a una misa”.

Buena parte de quienes hoy se declaran creyentes sin religión “relatan infancias marcadas por sacramentos, catequesis o educación en colegios católicos y, a la vez, un proceso posterior de distanciamiento que rara vez se narra como ruptura súbita; más bien aparece como una acumulación de ‘pequeñas incomodidades’ con doctrinas, prácticas o figuras de autoridad”, cuenta el artículo académico.

En Uruguay, incluso entre quienes se consideran católicos, aparecen con frecuencia historias de vida críticas con algunos pasos de la institución.

Está el que ante un hecho aberrante o un sufrimiento quiebra su creencia en un dios.

A eso se les suma las tendencias más espirituales, muy vinculadas con seguir una aventura muy personal, muy individual, y despojada de la puesta en común que implica la religión. El artículo da ejemplos: “Algunas prácticas habituales entre los creyentes sin religión uruguayos son agradecer antes de dormir, encender una vela en casa, meditar, realizar pequeños rituales personales con objetos significativos o acudir a terapias alternativas (reiki, flores de Bach, astrología, tarot) que funcionan como dispositivos de cuidado de sí y de gestión de las emociones”.

¿Cómo se explica entonces que la llegada del papa León XIV despierte tanta cobertura mediática? Milsev no lo ha estudiado, pero se le ocurre una respuesta: “La visita de un papa, se crea o no, se practique o no, suele ser histórica. Y la gente tiene la necesidad de pertenecer a un hecho histórico… por más que eso no se traduzca luego en números presencia en una misa concreta”.

Miguel Pastorino, doctor en Filosofía, da un paso más aunque entiende el hecho histórico y que no es tan frecuente la visita de un papa a Uruguay: “El uruguayo no importa qué crea, sabemos que vamos a salir en el mundo entero por un rato. Eso incide. A su vez, un líder espiritual que tiene cierta incidencia, como enfrentarse a las grandes tecnológicas en un reciente discurso, hace que sus palabras tienen peso en cuestiones morales no religiosas, en cuestiones de derechos humanos, de la paz”.

Temas:

Papa Uruguay católicos Religión León XIV

Seguí leyendo